La añoranza de los horizontes

Encierros | Por Laureano Quesada

Una vez, en la cima de una loma pequeña pero lo suficientemente alta como para ver todo el valle cordobés de Traslasierra en un ondulante horizonte de 360°, un baqueano del lugar me contó que los aborígenes comechingones acostumbraban a subir alturas como esa para entrenar su mente: “si te pones a pensar, en el llano y sobre todo en la ciudad, nunca tenés el horizonte a más de un par de metros. Si ves todo siempre a la misma distancia, la vista se te deteriora, y si ves siempre lo mismo, la mente también”.

Estos meses de encierro nos han demostrado que tenían algo de razón. Pocas situaciones son psicológicamente tan agobiantes como la monotonía de la reclusión y el aislamiento forzado, haciendo peligrar nuestra salud mental. Pero, en tiempos donde necesariamente debemos permanecer encerradxs entre cuatro paredes ¿qué oportunidades tenemos de ver distintos horizontes?

Sin dudas, esta necesidad no es nueva. Uno de los casos más notorios se dio durante el siglo XIX, durante el romanticismo. Una de las características de esta corriente de pensamiento fue la necesidad de contemplar la naturaleza como el único lugar donde se encuentra la esencia de “lo absoluto”, de lo divino, como un lugar místico, bello y abrumadoramente inabarcable. En los comienzos de esta época Kant explicaba, en su “Crítica del juicio”, que una de las formas de lo sublime era lo “absolutamente grande”, aunque esto no se refería al tamaño, sino a lo inabarcable para la imaginación, como por ejemplo el tratar de imaginar todas las estrellas del cielo. Obras como “El caminante sobre el mar de nubes”, de Caspar Friedrich, nos muestra de manera magistral esta idea: una figura solitaria frente a la inmensidad.

Sin embargo, escondida en esta obra hay una figura arquetípica, que podría brindarnos una solución: el ermitaño. Representado desde los albores de la humanidad, desde las prehistóricas estatuillas de arcilla que mostraban a los yoguis de las montañas, hasta las interpretaciones contemporáneas de artistas visuales sobre la carta número IX de los arcanos mayores del tarot, el ermitaño es la figura arquetípica de la introspección, de quién ha sabido encontrar la luz en la oscuridad del interior, y la sabiduría que en ella se esconde.

El lama tibetano Lobsang Rampa nos cuenta en su libro “La caverna de los antepasados” sobre un monje que pasó años solo, encerrado en una habitación de roca tan pequeña que no podía pararse, y tan oscura que, al salir, tuvo que permanecer con los ojos vendados para no quedar ciego a la luz del sol; en su encierro el monje había conocido cada rincón del planeta gracias a la proyección de su conciencia, producto de su profundo estado de meditación.

Es verdad que, a priori, estamos muy lejos de esto, pero en cierto sentido podemos optar por otras formas de meditación mas adaptadas a nuestras posibilidades, que podrían permitirnos disfrutar de horizontes lejanos sin movernos de casa. Imaginemos lo siguiente: un sillón cómodo, la luz tenue en la penumbra de la noche, la estufa caliente en el frio de los primeros días de invierno, la música suave de fondo, el café aromando la habitación, un buen libro entre manos. Bon voyage.

 
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