Las mudas milenarias

Reflexiones en pandemia | Por Silvia N. Barei

Historia primera

Los hermanos Heredia están enamorados de la misma mujer pero ella está casada con Daniel, el mayor de ambos. Cuando Daniel descubre la relación, amenaza a su mujer con matarla y sale a buscar a su hermano al trabajo, para desafiarlo a duelo. Horas más tarde, “un muchacho de 23 años, lastimado, ensangrentado, ingresó a pie, se paró frente a la barandilla del destacamento policial y relató al único oficial, lo que acababa de pasar: “- Con mi hermano pelamos y a él le fue peor que a mí”. Y luego marcó el lugar donde yacía ya sin vida su hermano más grande, Daniel Heredia (32)”.

Historia segunda

A los 13 años Juliana Burgos, “de tez morena y ojos rasgados”, es vendida por su madre a Cristian Nilsen quien vive con su hermano Eduardo en un pueblo llamado Tordera, cerca de Morón. Cuando la mujer, casi niña, llega a la casa donde viven los dos hermanos, se da cuenta de que no solo será la sirvienta y la cocinera, sino que la convivencia implica compartir la cama con los dos.
Con el tiempo, comienza entre ambos la tormenta de los celos y las rivalidades. Como forma de recuperar el amor fraternal, la matan y juntos la llevan a un descampado para que los caranchos acaben con el cuerpo. “Se abrazaron, casi llorando. Ahora los ataba otro vínculo: la mujer tristemente sacrificada y la obligación de olvidarla”.

Historia tercera

La misma Juliana del relato anterior, advierte que entre los dos hermanos hay una historia oculta que va más allá del simple amor fraternal. Ha sido abusada por ambos, ha sido llevada a un prostíbulo y luego recuperada, ha tenido una hija que deja al cuidado de su madre, no se resigna a vivir para siempre con los dos hermanos y empieza a pensar en su libertad.
Cree que el secreto de los Nilsen le servirá para ganarla y un día le dice a Cristian, el mayor, que en Morón se comenta que ambos son “manfloras”. Cristian, herido en su amor de macho que disimula, saca el cuchillo que siempre lleva a la cintura y la mata. Luego, le confiesa el crimen a su hermano Eduardo y ambos tiran el cadáver en campo abierto. “Ya no les importaba disimular su vínculo secreto al aire libre”.

Cuarta historia

Dos mujeres de casan con dos hermanos bastante acaudalados, de apellido Saluzzo, dueños de campos en la zona de Las Varillas, provincia de Córdoba. El primer matrimonio se deshace bastante rápidamente y los padres reprochan siempre a su hijo que, por culpa de ese divorcio, todos habían perdido mucho dinero. Cuando Verónica, la esposa del menor de los Saluzzo, pide el divorcio acusándolo de violencia física y psicológica, el marido se niega, argumentando diferencias económicas. El jueves 4 de junio, Veronica regresa de visitar a sus padres en Jesús María; en el camino se detiene a comprar un cachorro para regalarle a su hijito más pequeño, y se detiene una segunda vez a la vera del camino, cerca ya de Las Varillas, al recibir una llamada del marido. A las pocas horas encuentran el cuerpo de Verónica sin vida, incinerado dentro de la camioneta y dos testigos indican haber visto a “un gringo” apoyado en la camioneta con un bidón en la mano. “Eso sí, antes de prender fuego, el asesino salvó al perro, que fue encontrado en una caja, a un costado de la camioneta calcinada”.

Las historias primera y cuarta refieren hechos reales que he tomado de dos crónicas policiales, la primera publicada el 26 de agosto de 2014; la segunda, el domingo 14 de junio, es decir, a menos de un mes. La segunda y la tercera son ficciones, aunque los narradores de ambas historias insisten en que son ciertas y que les han sido referidas por testigos.

En 1966, en la segunda edición de “El Aleph”, Borges incluyó un relato que se llama “La intrusa”. Luego, habrá de repetirlo en “El informe de Brodie”, de 1970. Dice el narrador borgeano, usando una de sus más conocidas estrategias “que alguien la oyó de alguien, en el decurso de una larga noche perdida, entre mate y mate, y la repitió Santigo Dabove, por quien la supe”.

Marta Mercader publica en 1989 un libro de relatos titulado “El hambre de mi corazón”, donde incluye “Los intrusos”, una recuperación del relato de Borges pero con una vuelta de tuerca: todo es narrado por “una vieja loca”, amiga de la familia y que, a su modo, recompone esta historia ajena. “La escribo ahora -dice la narradora- porque en ella se cifra, si no me engaño, un breve y trágico cristal de la índole de nuestras antepasadas, las mudas milenarias”.

Las mudas milenarias: notable descripción de las mujeres de estas historias. No tienen voz. Y cuando la tienen, o quieren hacerse oír, las silencian, las invisibilizan, las amenazan o las matan. Todo lo que les ocurre está fuera del lenguaje, en un silencio involuntario que muestra cómo se les han sustraído las palabras, la posibilidad de argumentación y de defensa. A veces en la intimidad de una habitación, en una esquina cualquiera, en un aula o en una comisaría. Porque este es ampliamente un ejercicio de poder que no se quiebra solo con señalar a un culpable con nombre y apellido, sino que apunta de manera más profunda, a un silencio forjado por quienes históricamente han garantizado la voz del varón como voz única. Y allí donde no hay palabra plural hay omisión, acoso, abuso, violencia.

No llama la atención que en las cuatro historias predominan los lazos familiares (se sabe que son los hombres del círculo íntimo los que violan, abusan y matan en su gran mayoría), y la mujer aparece como en los bordes de esa estructura, como “la otra”, como “la intrusa”, lo cual descubre una concepción de índole no solo patriarcal de las relaciones, sino fundamentalmente atávica sobre las que se sostienen, para decirlo en términos de Rita Segato “las estructuras elementales de la violencia”.

Esa creencia profundamente arraigada constituye una ideología que sostiene que las mujeres somos inferiores a los hombres (tenemos menos fuerza y menos inteligencia); que la violencia contra las mujeres ocurre en las clases sociales bajas; que se controla y cela porque es una forma de demostrar que se quiere mucho; que a la mujer le gusta que le peguen; que los hombres violentos son adictos a las drogas o el alcohol y esto debe ser considerado un atenuante social y jurídico. Hasta hace muy pocos años el Diccionario de la RAE entendía lo “femenino” como “débil, endeble” y lo “masculino”, como “varonil, enérgico”. Y ello no es extraño, ya que la RAE ha sido siempre una institución predominantemente masculina: en los 300 años de su historia solo ha tenido ocho mujeres entre sus miembros, y entre sus 43 actuales solo hay siete.

Sin embargo, y desde los siglos XIX y XX, el protagonismo de las mujeres cambió la visión del mundo, justamente porque dejó atrás la mudez, tomó la palabra y enunció una serie de reclamos que se instalaron lenta pero inexorablemente en el debate público. El feminismo destruyó los mitos y los estereotipos, luchando por una verdadera liberación y atacando las estructuras sobre las que se asienta la dominación masculina al enarbolar sus propias demandas y al narrar su propia historia.

Hablar, discutir, cantar, gritar, manifestarse en público han devenido una forma de liberación, una performance de mujeres en la calle, en el reclamo, en la lucha. Porque como ha dicho Simone de Beauvoir, “el feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”.

Junto al “Nunca más” y al “Vivas nos queremos” se oye el “No es No”, el “Basta” y el “Yo te creo hermana”, y lo que se ha logrado hasta ahora es bastante, aunque no suficiente: educación sexual integral, asesoramiento jurídico gratuito para las denunciantes de violencias, ampliación de derechos sociales y reproductivos, lucha por la legalización del aborto con pañuelazos, vigilias y movilizaciones, paros de mujeres, disputa por el lenguaje inclusivo y denuncia de abusos en casos que antes no eran vistos como tales, mejores políticas de salud, reducción de las brechas en el mercado laboral, debate por una pedagogía de la igualdad.

Sin embargo, todo ello no ha disminuido la persistencia de los problemas ni la violencia de género y no hemos logrado torcer este rumbo, tal vez por lo que Raúl Zaffaroni explica como “el patrimonio negativo de nuestra especie”, contramandato ancestral que forma parte de la construcción de las culturas. Ese mismo que en su anverso reprime la violencia y ordena: “No matarás”.

Femicidio y feminicidio significan cosas parecidas aunque no lo mismo, insisten las teóricas feministas. El “femicidio”, es un término homólogo a “homicidio”, solo se refiere al asesinato de mujeres, mientras que “feminicidio”, incluye la variable de impunidad que suele estar detrás de estos crímenes, es decir, la indiferencia o desprotección estatal frente a la violencia hecha contra la mujer y otras diversidades sexo-sociales. Cada detalle de estos términos tiene su fuerza, su lógica y su existencia específica. Sin embargo, al mirar hacia atrás, cuando los términos ni siquiera existían y el común denominador era hablar de “crímenes pasionales”, se ven signos constantes a tener en cuenta: siguen presentes la invisibilizacion, los silencios y los des-tiempos para dar voz no sólo a los reclamos sino también, a las que han perdido la voz, a las que la violencia ha privado de expresión. La actualidad de las mudas milenarias espanta. Así como espantan los feminicidios en este estado especial que es la cuarentena.
Reparar (en el doble sentido de prestar atención y de arreglar) es poner el acento en una praxis de la resistencia que tiene sus genealogías y sus puntos luminosos afrontando el propio tiempo a contrapelo. Es enfrentar una cartografía del mundo cuestionable, desviarse del orden existente, proponer que algo sea diferente a esa mudez o en el mejor de los casos, a la falta de atención y frente a las cuales la poeta nos recuerda que “una tribu de palabras mutiladas/ busca asilo en la garganta/ para que no canten ellos/ los funestos, los dueños del silencio”. (Alejandra Pizarnik).

 
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