Alejandra Pizarnik, a 48 años de su muerte

Personajes | Por Manuel Sánchez Adam

Alejandra Pizarnik no podía adaptarse al mundo de lo ordinario, le resultaba inadecuado y gris. No era su labor ni su propósito. La poetisa y traductora argentina plasmó en su obra una subjetividad singular, rodeada de talento y oscuridad.

Perteneciente a la clase media baja de Avellaneda, la artista, tras cursar la educación secundaria, continuó sus estudios universitarios en la Facultad de Filosofía y Letras y, también, en la Escuela de Periodismo, pero solo duró poco tiempo. La mera idea de tener que ajustarse a un sistema de estudio, rezagando sus autores predilectos, la hicieron desistir.

Las formas e ideas vanguardistas que la caracterizaban traspasaban su época; años en los que la tradición indicaba un desplazo de la mujer hacia las tareas domésticas. Pizarnik, en cambio, como bien describe en su diario personal, no pertenecía a este sitio. Hecho que afirma en las siguientes líneas:

"¿Por qué no me ubico en un lugarcito tranquilo, y me caso y tengo hijos y voy al cine, a una confitería, al teatro? ¿Por qué no acepto esta realidad? ¿Por qué sufro y me martirizo con los espectros de fantasía? ¿Por qué insisto en el llamado”?

No obstante, entre tantos avatares, decidió emprender un viaje a París. Así fue que, de 1960 a 1964, vivió en Francia, vinculándose de cerca con la corriente existencialista, que tanto la había atraído en sus lecturas pasadas. Allí se desempeñó como traductora para importantes editoriales.

Estos años representaron su expansión como autora: entabló una fuerte amistad con Julio Cortázar, con quien, además, mantuvo una correspondencia ininterrumpida hasta su muerte; y con Octavio Paz, entre otros autores latinoamericanos. Sumado a estos vínculos, profundizó su inclinación por los escritores surrealistas, por Rimbaud, por Lautréamont.

Ya en 1968, Pizarnik emprende el regreso a Buenos Aires. El declive emocional de la escritora comenzó a pesarle cada vez más, agravando un estado de angustia y depresión que la atormentó durante gran parte de su vida.

En sus últimos escritos dejó entrever un inminente final. Un período en el que la necesidad de acabar con su sufrimiento se haría cada vez más repetido.

Tras estos acontecimientos que premeditaban una salida trágica, y luego de varias entradas al Hospital Pirovano, Alejandra Pizarnik se suicidó en su departamento el 25 de septiembre de 1972, a los 36 años de edad, dejando escritas las siguientes líneas: “No quiero ir, nada más, que hasta el fondo”.

Una mujer que vivió en su mundo, en el que solo cabía la poesía. En ella se escudaría como un modo de inserción, aunque siempre desde un costado marginal.

 
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