La última partida de Lee Sedol

Interrogantes | Por Roy Rodríguez

Tiempo después de su derrota, Lee Sedol, decidió retirarse de la práctica profesional. “Me doy cuenta que no estoy en la cima. Incluso si me vuelvo el número uno con esfuerzo frenético, hay una entidad que no puede ser derrotada.” Habla de una máquina como si hablara de dios.

Sedol fue durante años un reconocido maestro del “baduk”, tal como se conoce, en Corea, al “Go”. El origen del juego puede rastrearse en China hace milenios. En esas vastedades se lo denomina “weiqi”, mientras que en Japón y en el resto del mundo se lo conoce como Go. Un tablero de 19 cuadros por 19. Dos jugadores y, según los matemáticos, 10 a la 180 potencia de movimientos posibles: un número terminado en 180 ceros. Piedras blancas sobre piedras negras. Confucio habla de ellas en sus “Analectas”.

Algoritmos

La idea de un algoritmo capaz de resolver todos los movimientos del ajedrez, o del Go, surgió cuando los matemáticos comenzaron a trabajar en sobre la mínima cantidad de movimientos para resolver el cubo Rubik. Lo llamaron “algoritmo de dios”. Para llegar a un complejo matemático de las mismas características para el Go, las tecnologías aún no han logrado ordenadores lo suficientemente potentes. Ni los hombres hallaron las fórmulas capaces de señalar el camino.

Sin embargo, Lee Sedol era uno de los cuatro mejores jugadores del mundo de Go, cuando un ordenador de DeepMind lo venció, casi dos décadas después de que DeepBlue derrotara a Garrí Kaspárov, entonces campeón mundial de ajedrez.

Después de 4.000 años de historia, el juego llegaba a su punto de quiebre. La compañía DeepMind, una subsidiaria de Alphanet (dueña de Google) trabajaba en sus proyectos de máquinas cuyas redes neuronales, creadas por el hombre, fueran capaces de generar autoaprendizajes en determinadas áreas del conocimiento y alcanzar nuevas maneras de entendimiento sobrehumanas. AlphaZero, una de las primeras versiones, logró aprender a jugar al ajedrez en solo cuatro horas; y se convirtió además en una entidad invencible.

Con esos pergaminos, AlphaGo y los ingenieros de DeepMind llegaron a Seúl para desafiar a Sedol. Las primeras tres partidas confirmaron lo que muchos analistas preveían: AlphaGo se imponía 3 a 0, en un match pactado a cinco. Entonces ocurrió una especie de milagro. En el cuarto encuentro, las piedras de Sedol atacaron, jugada maestra. Y la máquina se equivocó. Movimiento 78. Minutos después, la partida se definía a favor del maestro coreano. Las reproducciones de la partida en YouTube se cuentan por millones. Y no falta Netflix para contar la historia. Fue la única vez que Lee Sedol pudo ganar. Y lo que era una derrota se convirtió en hazaña.

El encuentro de Sedol con AlphaGo es un camino de milenios que une dos leyendas: la de la creación del juego como una herramienta para educar al heredero del emperador Yao, allá por el 2200 antes de Cristo; y la del hombre que, al menos una vez, venció a la máquina, un cercano día de 2015 después de Cristo. Y que, sin embargo, decidió retirarse aun cuando su idea de quedar al costado del camino fuera en contra de las milenarias enseñanzas de Confucio: “No se puede abandonar la senda ni un instante. Si pudiese ser abandonada no sería senda”.

Las hazañas de AlphaGo merecieron dos portadas de la revista “Science”. DeepMind integra un grupo de empresas dispuestas a generar códigos éticos en torno al uso de la inteligencia artificial, pues, reconocen que si bien los ordenadores pueden ser útiles en muchos aspectos, también “podrían manipular a las personas de manera inadvertida o deliberada e influir en sus opiniones”.

Futuros

Ante la incertidumbre, consulto a Álvaro de Ruiz Mendarozqueta, escritor y especialista en software. Le pregunto por el futuro. “No tengo la menor idea de qué sería semejarse a dios, pero en esa clase de problemas no parece que sea algo más que descifrar un algoritmo que, por complejo, no se diferencia demasiado de uno más pequeño, más que en la cantidad de elementos y combinaciones. En todo caso, podríamos recurrir a Borges y su idea de la Biblioteca Total”. Sugiere también un libro de Raymond Kurzweil.

Leo a Kurzweil. Es uno de los investigadores estrella de Google, también filósofo. Reflexiona acerca de cómo las máquinas, a través del autoaprendizaje, podrían tomar conciencia de sí. Es decir, de alguna manera, tener espíritu.

Confucio elaboró una doctrina que, como muchas religiones, a través de indicaciones simples, suelen hacer las veces de sistemas operativos en base a los cuales los humanos elaboramos nuestros pensamientos por siglos.  Kurzweil afirma que, para 2030, será difícil discernir entre inteligencia artificial e inteligencia humana. Miro una foto de Sedol, en la soledad del tablero. Su mirada perdida se asemeja al vacío. Acaso quien escribe tampoco vea la senda. Resuenan las palabras de Confucio.

Dice Borges: “Uno de los hábitos de la mente es la invención de imaginaciones horribles. (…) Yo he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo confunden como una divinidad que delira.”

 
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