Quince ficciones rabiosas, antología cordobesa de relatos

Con el misterio entre los dientes | Por Nicolás Jozami

Lo primero que quiero decir: es una paradójica alegría saber que, en épocas como estas, de encierro, sin encuentros físicos, de distancia social para cuidarse y cuidar del otro, aparezcan libros como éste (que puede descargarse libremente desde la web de Casa Ciudadana), producto de un concurso literario, pero cuyo trasfondo es una especie de fábrica, donde cada trabajador de la cultura en este caso, desde Casa Ciudadana, con el escritor curador del concurso Fabio Martínez a la cabeza, coopera para llegar a un resultado, a un producto del que todos obtienen lo mismo: el placer de una gustosa lectura.

Lo segundo, ya entrando en “Quince ficciones rabiosas”: en el prólogo Sebastián Pons instaura un modo de leer, o más bien una invitación al viaje. Es ilustrativa la imagen del “aire intermedio” que formula para recorrer esta antología, en un contexto donde el aire real compartido se torna peligroso, sabemos todos por qué. Sentencia Pons sobre los cuentos que “la furia, desplegada o contenida, los recorre como un esquirlado sendero de sangre entre dos decapitaciones”. Ese sendero entre el paréntesis pandémico es el que los lectores pueden atravesar, con la vacuna de salud regenerativa que regalan las historias bien contadas. 

De una brevedad marcada, los relatos acompasan una musculatura que se ejercita en la voz, que se codea con los fulgores del coloquialismo elevado a potencia creadora. En el primer cuento, Cebrero triangula el sentido que existe en la rajadura que cruza el frente de una casa, con la amistad profunda de adolescentes y una enfermedad letal que corroe y raja a un ser querido. Con anécdotas diferentes, los cuentos de Maninno y Lippi apelan a ese golpe sorpresa (corte, debería decir), uno aéreo y uno navideño, que cierran un coro en torno a una boda y un castigo merecido a un niño malicioso, pero inocente al fin.

En “La resistencia”, cuento de Rodríguez, hay una redención, una “tranche de vie”: “La verdad es que estaba pensando que nunca me habían besado así, o quizás nunca me había sentido así con un beso”. Asimismo, hay redención (previa decadencia) en “Mis puños, mis reglas”, de Colombetti, y en “Reconversión de Laureano Gómez Acuña”, de Manuel Esnaola (también columnista habitual de HOY DÍA CÓRDOBA) donde la justificación del aniquilamiento a cierta bondad elusiva es el eje del fluir de conciencia del narrador.     

Me gusta pensar que Luján, Aguilera, López, Funes Peralta y Riobó escriben historias “mínimas”. Construyen voces desde un lugar que oblitera cierto discurso macizo sobre el argumento titánico, sobre la carnadura del suceso contado por protagonistas sin fisuras en la perspectiva, (traigo otra vez el prólogo de Pons, su detenimiento en el modo en que Ana Karenina describía las orejas de su marido, Alejo Alexandróvitch, y el malestar imposible que ello le generaba). Así, Luján narra el puntiagudo ascenso de miembros del mundo del hampa citadino, con sus estrategias, sus secretos y sus venganzas. En el cuento de Aguilera, titulado “Cardozo” y ásperamente poético, vaya si hay voz e historia mínima, una que nos sumerge en el fango de lo que hemos construido: “Cardozo quiere robarle la desnudez, lo único que tiene, y que contenía a todos”, escribe.

Con “La de Messi”, López confecciona una escenografía condensada desde una mochila con carnada. En “Los debutantes”, Funes Peralta se acerca a esas historias minúsculas, de un pretendido -no diría ascenso social, sino un buscar sacar el cuello fuera del agua- donde entreveo una tradición fértil que viene desde Arlt (volvamos al título de la antología, con ese adjetivo “rabiosas”), hasta el icónico “La madre de Ernesto”, de Castillo. Gabriel Riobó adelanta en su cuento “Todo va a estar bien” una polifonía luctuosa de un hecho trascendente para la cultura cordobesa, aunque nuevamente desde voces mínimas y hasta silenciadas; se permite remedar en el poeta Lucas Tejerina y le hace escribir: “Yo, Lucas Tejerina, / ciudadano ilustre / etiqueta negra / deseante impuro y líbido / sentado siempre a la izquierda de lo que sea / alma de barro y alambre de espinas: / juro por estos sagrados evangelios cuarteteros / que tomaré y derramaré tu santo nombre en vino / y multiplicaré tus discos…”

El texto de Bawden teoriza, hipotetiza y resuelve, desde el pulso policial, un caso resonante, que tuvo en vilo a investigadores y a la policía, quienes no lograban comprender cómo había sucedido el crimen, ya que “los tiempos no daban”; en tanto Enseñat, en “La escalera”, donde noto semejanzas con el cuento de Maninno, dosifica la nostalgia con una realidad abrumadora, de la que el personaje quiere escapar, en una prosa que marcha como una ilusión inconclusa, como un hijo sin nombre. Esta sensación lectora bien vale para el cuento de Bonetto, “Estación de servicio”, que es una “tragedia atragantada”, y que comienza así: “Suena la vida de la casa. Hay puertas abiertas y algunas penumbras en los rincones. Es temprano, pero todos ya están despiertos. Lo primero que intentás hacer es fracasar, fracasar como madre, como esposa, como periodista, como escritora, como contadora, como amante. Después cortás cuatro naranjas por la mitad y las exprimís. El resultado es un jugo que demuestra que en algo tan fácil de hacer no podés fracasar. La ilusión vuelve de nuevo”. Finalmente, el de Canard, “1 AM”, busca unir eslabones de tiempo, mediados por una tragedia acontecida a un personaje cuya música es el hilo conductor de lo que se busca reestablecer.

Vuelvo a la frase transcripta del prólogo de Pons: “la furia, desplegada o contenida, los recorre como un esquirlado sendero de sangre entre dos decapitaciones”; los cuentos de “Quince ficciones rabiosas” palpan ese sendero esquirlado de sangre, de melancolía, de pérdida, de revancha, de ajuste con el pasado, de infamia y pasión. Lo hacen con un trabajo sobre la lengua masticada en el aire cotidiano, que el jurado del concurso -Mariela Laudecina y Hernán Tejerina- supo escuchar y valorar. Ficciones rabiosas que no pueden más que husmear en esos tiernos demonios de nuestro sociólogo de almas, Roberto Arlt, en sus personajes avivados, funestos, tiernos, ¿impunes?, clasemedieros, traidores y bastante más. Recuerdo a Ergueta quien, en “Los siete locos”, cuando Erdosain va a pedirle plata, responde: “Te pensás que porque leo la Biblia soy un gil”. Entiendo que, en esos extremos, en ese sendero aparentemente distante, entre la Biblia y la calle, entre las dos decapitaciones, se origina y desenvuelve el aire puro y sano de las narraciones de este volumen.  

 
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