Cartas y mensajes en botellas

Epistolarios | Por Silvia N. Barei

Está circulando en estos días en las redes una carta que el actor italiano Roberto Begnini escribe al poeta Dante Alighieri después de leer la “Divina Comedia”. La carta es bella, sentida, profunda y de una gran maestría literaria. La forma de leer de Begnini es la de un tano enloquecido que hace de la carta objeto de risa superficial, como si fuera una epístola satírica de Quevedo, lo que juega en contra de lo que él mismo ha escrito con tanto sentimiento. Entre mis amigas hay quienes dicen que escritura y recitado se corresponden perfectamente, quienes prefieren el recitado a la escritura y quien sostiene que la carta es muy larga y ni falta que hacía leerla en voz alta. Todas cuestiones opinables porque ya se sabe “en cuestión de gustos no hay nada escrito”. O hay escritos muchos tratados sobre el gusto que -a pesar de los esfuerzos de Hume, de Kant y, entre nosotros, de Raúl Dorra- nos han llevado a más preguntas que conclusiones.

Ya sabemos que el género epistolar está profundamente arraigado en nuestra tradición, y basta pasar por una ceremonia religiosa para enterarse enseguida de alguna epístola de Pedro, Pablo, o Juan, a los discípulos. O volverse al mundo latino para encontrar las cartas de Horacio, de Ovidio o de Cicerón. En la antigua Roma no existía el Correo, menos aún el Correo Argentino privatizado, para suerte de esos tiempos, pero existían esclavos mensajeros llamados “tabellareii”: llevaban la correspondencia y no siempre sospechaban que esa misiva podía pedir la cabeza del portador.

La Edad Media inventó una retórica llamada “ars dictandi”, que imponía los modelos para las cartas de las cancillerías y las cortes. Una regla oficial que surge junto a lo que hoy llamamos “correo sentimental” y que es producto de la genialidad de una mujer, Eloísa. En el otoño de 1114, todo Paris hablaba de ella (o chusmeaba, mejor dicho) y de su relación con el cura Abelardo. Ellos inician una correspondencia con el pretexto de recibir e impartir clases, constituyendo un medio de seducción anclado en la conversación, los saberes de la época y la galantería. Las misivas del profesor son copiadas por Eloísa y las conocemos como “Cartas de los dos amantes”. Las alusiones íntimas están disfrazadas de referencias teológicas, nada nuevo desde “El cantar de los cantares”. De allí en más, toda una historia de la literatura podría escribirse repasando el género epistolar: desde “Las relaciones peligrosas”, de Laclos; las “Últimas cartas de Iaccopo Ortis”, de Foscolo; “El Joven Werther”, de Goethe; hasta las “Cartas literarias a una mujer”, de Becquer.

Si me hicieran elegir dentro la literatura contemporánea, me quedo con las cartas ficcionales que John Berger incluye en “De A para X”, es decir, las cartas que Aida escribe a Xavier, un preso político condenado a cadena perpetua, por ser sospechado de terrorista. Cruzando los muros de la prision, las cartas hacen política contando nimiedades, como para reforzar la idea de que no solo la historia de la gente, sino sobre todo la historia de algunos sucesos afortunados o infelices del mundo está cifrada en cartas que, aún en su fragmentariedad, son memorables. Porque son parte de la memoria de una cultura.

Recordemos si no una de las cartas que Chicha Mariani escribe a su nieta secuestrada y desaparecida: “Clara Anahí, mi chiquita, hoy 12 de agosto es tu cumpleaños. Cumples 5 años mi vida y yo solo puedo imaginarte. El espanto, el horror, aquel 24 de noviembre de 1976. Los tiros, la muerte y desapareciste. Te llevaron solita. Tenías tres meses. El tiempo se detuvo. Nunca más la vida. Te he buscado, mi Anahí, sin descanso.” Chicha Mariani murió el 20 de agosto de 2018 sin haber encontrado a Clara Anahí. Coleccionaba para ella mariposas, símbolo de la Asociación Clara Anahí tomado del legado azteca: cuando muere un guerrero se convierte en mariposa para seguir, desde el aire, ayudando a sus compañeros.

Bastante menos posibilidades de convertirse en mariposas tienen las comunidades indígenas de Salta, que recientemente mandaron al Presidente una carta que hace un repaso de la situación de los pueblos originarios, las dificultades históricas para acceder a salud, educación, agua y ambiente sanos, el estado de vulnerabilidad que suman para enfrentar la pandemia del Covid-19: "Estos últimos días lamentamos la pérdida de la vida no solo de la niña de nueve meses, sino de seis personas más en el municipio de Santa Victoria. Le pedimos que no asista indiferente a un genocidio que se edifica lentamente como consecuencia de una política económica, social y sanitaria criminal, cada una de nuestras vidas debe ser irrenunciable: somos presente y futuro”, dicen los wichis denunciando el abandono, la codicia y la destrucción de sus tierras.

Algo similar decía la carta del jefe Sealth, líder guerrero de los suquamish, dirigida al entonces presidente de los Estados Unidos ante la oferta de compra de las tierras, en 1855: “El hombre blanco roba de la tierra aquello que sería de sus hijos y no le importa. Trata a su madre, a la tierra, a su hermano y al cielo como cosas que puedan ser compradas, saqueadas, vendidas como carneros o adornos coloridos. Su apetito devorará la tierra, dejando atrás solamente un desierto”.

Sin conocerlo, parece haberle dictado a Franz Kafka algunas de las frases que escribió en sus cartas a Milena Jesenska: “Así me es imposible vivir una vida humana entre los hombres”.

Por eso mismo, volviendo a la carta con la que iniciamos, bien escrita y mal leída, asombra la actualidad que Begnini le atribuye en sus elogios al Dante, a tal punto que en algún momento no sabemos (claro, nos hemos vuelto obsesivos) si está hablando de la “Divina Comedia” o de la pandemia (ahora llamada también sindemia) que arrasa al mundo: “Me hiciste ir a la cama aterrorizado/ Entraste en mi vida como una tromba/ Me hiciste sentir esa sensación tremenda de que/ tú y yo somos iguales a todos./ Nos hiciste entender: Que no se miran más las personas distraídamente/ Que la vida es mucho más que cuanto podamos entender, y por eso resiste;/ que nadie es tan extraño que no pueda ser comprendido;/ que se puede hablar de los otros cuando hablamos de nosotros;/ qué cosa nos hace felices;/ que cosa amamos y odiamos en serio;/ que todo es digno de ser salvado;/ Que hasta el caos tiene su calendario y la Nada su propia historia;/ Que cada persona es el héroe de su propia historia, aunque sus días y sus noches no parezcan excepcionales a ninguno”.

Es cierto que, en estos días, tenemos esa percepción ambivalente: la de no comprender y la de ser el guerrero de su propia historia. Pero también es importante recordar que hay todos los días héroes/heroínas que hacen historia, aunque el caos haya impuesto un calendario difícil de entender. Que hay médicos y bomberos, enfermeros, camilleros, choferes de ambulancias y de hidroaviones, cuidadores de salud y del ambiente, todos y todas por encima de cualquiera de nosotros, encerrados en nuestras casas, posibles enfermos o en riesgo.

A un amigo le gustaba repetirme la frase de Galeno: “Los médicos solo somos ayudantes de la naturaleza”. Y agreguemos a los bomberos y a los voluntarios que los acompañan como salvadores de la naturaleza. También circula en las redes la carta que un médico agonizante dicta a una colega: “Si mañana no me despierto, diles que no tuve miedo, que fui consciente del riesgo que corría pero nunca abandoné mi puesto de batalla. Lo bueno de luchar contra la muerte es que le puedes ganar muchas veces, pero ella te gana solo una”. Y la carta pública que los infectólogos argentinos han difundido: “Vemos con preocupación el riesgo de que las diferencias comiencen a enturbiar la política sanitaria, situación que pondría en grave riesgo la respuesta a la pandemia. El virus no es oficialista ni opositor. La estrategia para enfrentarlo, tampoco”.

Eso dice la fotografía que vimos hace unos días en todos los medios, del cuerpo exhausto de un médico en el piso de la UTI.  Como a ese Coronel que no tiene quien le escriba, a mí me gustaría leerle a ese médico la bella y doliente carta que Juan Gelman escribe a su madre desde el exilio, cuando se entera de su muerte en la lejana patria. Allí, el poeta le dice “todavía recojo azucenas que habrás dejado aquí/ para que mire el doble rostro de tu amor”. A ese doble rostro lo vemos cada día cuando alguien se pone alas. Es decir, suma alas de pájaro, o de mariposa, al traje, al barbijo, los guantes, el casco y el cansancio infinito, y sale a apagar todos los incendios que hemos prendido aquí y allá, en los montes y en las calles de las ciudades, recordándonos que “todo es digno de ser salvado”. Hasta los que parecen no querer salvarse.

 
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