Ingenierito

Cuentos de verano | Por Joseph Grand 

Santos acelera para adelantar a una máquina de vialidad, antes del cruce del arroyo en el empalme de la 41 con la 37, se le inunda de blanco el parabrisas polvoriento con las luces de una chata blanca que ni amaga con aminorar. Se tiene que tirar a la izquierda, colgarse del volante para no terminar en la zanja, levantando barro y champa a lo pavote y volantear de nuevo para no darse vuelta. En ese microsegundo sólo atina a pensar que no tiene que frenar: si pisa el freno se va a la mierda sin remedio. Se ve hundido hasta la ventanilla, llamando a un auxilio, explicándose a Martínez, llamando a Claudia, vaya a saber cómo si ahí no hay una puta barrita de señal, para avisarle que va a llegar tarde. Todo eso en esa fracción de un instante.

La Ford se frena, los chillidos de loros y teros se entrecruzan con la puteada de los de la camioneta blanca que lo rebasa por su derecha. Está inmóvil, empapado en sudor en un momento, volante y brazo son una misma cosa. Sus propios latidos le retumban en los oídos. Al ratito pasa a su lado la máquina de vialidad y por el rabillo del ojo ve que lo miran sin decirle nada. Burlándose mudos del ingenierito. Ese silencio le duele más que las puteadas; arranca y sale arando, antes que la retroexcavadora lo rebase del todo, como si huyera de un crimen.

Ya en el camino a Virasoro, a ver a Claudia que viene por primera vez a visitarlo en meses, empieza a putearse él. Por pelotudo, por pelotudo le pasan estas cosas. Por apurado. Por ansioso como le decía su viejo. Siempre lo mismo. No quiere ni imaginarse tener que explicarle a Martínez que necesita que le manden un auxilio a sacar la chata porque… Igualmente lo visualiza y le corre un escalofrío peor que el de casi haberse dado vuelta. Sí, Martínez es peor. Ya suficiente con tener que explicarle los informes del mes pasado, que los promedios de metros cúbicos son menores a lo previsto en cuatro de cinco lotes, que la resina recolectada no va a llegar a ser… Se lo imagina, imagina esos ojos casi grises, de rabia muda como las burlas de los de vialidad, “la mirada laser” como le dice Cabanillas. Sí, Martínez es peor.

Acelera, va a andar bien, no cree que el bondi de Claudia llegue a horario tampoco, no va a tener que esperarlo mucho. Seguro llega muy cansada, 11 horas y pico desde Capital y luego una hora y media para volver al campamento. Sería mejor dormir aunque sea una noche en Virasoro y regresar a la mañana. Pero ¿Y si llama Martínez? Si pregunta: ¿Adónde anda el ingenierito, Cabanillas? Se fue al pueblo a buscar a la novia, Don Martínez.

Tiene la excusa de ir a buscar el fertilizante, los repuestos para el grupo electrógeno y las baterías nuevas. ¿Y para los informes de abril que excusas tiene? Pero él avisó que el Eucalyptusacaciiformis no iba a dar los resultados que ellos pretenden con el suelo de Corrientes a menos que…

Lo cruza otra chata, blanca como la primera, son gente de Longo, que vendrán de recoger resina del lote 5, alza una palma a modo de saludo sin recibir respuesta. Por el retrovisor ve asomarse de la caja abierta de la chata la cola de un yacaré. Uno grande. Otro más.

Ya se ve recibiendo las recriminaciones de los guarda parques. Como si dependiera de él. Como si le fueran a dar bola. “la madera es la madre de muchos males…” “…monocultivo, reducción de la biodiversidad, degradación de…” pero también los daños colaterales de la explotación…” Vea ingenierito, a usted capaz no le interesa un carajo porque en un año, dieciocho meses a más tardar ya se habrá ido y mandarán otro que...”

Ojalá, pensaba. Ojalá en un año lo pudieran trasladar de acá. Sacalo de acá. A las explotaciones de Santa Fe o Entre Ríos. Uruguay incluso, quedaba mucho más cerca de Capital, lejos de Martínez, mucho más cerca de Claudia.

El sol casi termina de desaparecer a su derecha. Siente el tufo que le dejó la banquinada y baja la ventanilla. Acelera en un tramo bien apisonado y se cruza ahora con los faros de la F-100 de los guarda parques que lo rebasa en dirección contraria. Esta vez ni amaga un saludo. Siente las miradas de quienes lo ven como parte de un mismo problema, del mismo mal, como dicen los ambientalistas. Pero casi al final, le levantan una mano, como reconociéndole, quiere pensar él, una diferencia, un matiz.

Pobre Claudia, debe estar fundida, si por esas casualidades el micro llegó en horario debe estar en el bar de la estación, llamándolo a lo mejor. Falta menos. Se decidió a venir. Se cansó de esperar y…

Cortando esos pensamientos, la luz alta se topa con una figura difusa en medio del camino. Un tipo que bien podría haber salido de otro tiempo, de otra época, le hace señas desesperado. Martin frena, se baja y trata de hablarle, de entender a este hombre que le balbucea en rudimentos de un castellano mezclado con guaraní, como si los hubiera aprendido hace un rato, como si no hubiera hablado nunca, _“…mi mujer”

—¿Y gor, llegaste?

—Sí, estoy hace horas acá.

—¿Acá dónde, estás con tu ingeniero?

—No, en el bar de esta terminal inmunda.

—¡¿No te buscó Martín?!

—Callate boluda, ni me hables. Sobre que llegó atrasadísimo este colectivo del orto, no estaba. Tengo el cuello a la miseria. ¡No quiero tocar nada acá es un mar de moscas esto!

—¿Cómo que no te buscó? ¿Pero no era que…?

—No sé, no sé. Me mando un mensaje de no sé qué problema con una gente de acá, unos campesinos supongo, que lleva al hospital… No sé, mirá. Hace un montón que me insiste que lo venga a ver, me como este viaje de mierda y ni aparece. Según él esto iba a ser por unos meses, como para poner en el currículum, pero ya no sé la verdad.

—Te dije que eso no va a ningún lado Clau yo que vos…

—Sí sí… ya sé, que Gusti…

—Y sí boluda, no sé qué la pensás tanto si ya…

_No quiero pensar ahora Lau. Me quiero ir de acá urgente.

_Al pedo te fuiste hasta allá si ya sabías que…

_Sí, tenes razón al pedo me vine hasta acá…

Martín sigue a este hombre angustiadísimo a una tapera miserable, invisible a metros del camino por el que ha pasado docenas de veces desde que llegó, casi recién parido de la facultad de Agronomía. Entra en medio de una nube de perros flacos que gruñen y chillan. El tipo le señala un catre vetusto en el que una mujer de edad indescifrable, sentada con la espalda apoyada en el adobe de la pared, de ojos desorbitados, jadeante, petrificada en un rictus de dolor lo mira si verlo. Entre sus piernas asoma, inerte, un bracito morado.

 
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