Güemes: de guerrillero maldito a líder popular

Por Javier H. Giletta

Héroe de la independencia nacional y de la emancipación americana, el salteño hizo de la guerra gaucha y las tácticas guerrilleras los instrumentos de liberación del norte argentino. Al cumplirse este año el bicentenario de su muerte, se impone recordar a esta figura fundamental de nuestra historia, que durante largas décadas fue injustamente olvidado por la historiografía oficial.

Martín Miguel de Güemes nació en Salta el 8 de febrero de 1785 y siendo muy joven (a los 14 años) ingresó a la carrera militar. Participó en la defensa de Buenos Aires durante las invasiones inglesas, como edecán de Santiago de Liniers. Y tras la Revolución de Mayo, se incorporó al ejército al Alto Perú y formó parte de las tropas victoriosas en Suipacha.

Desde 1814 Güemes se había puesto al frente de una partida cada vez más nutrida de gauchos que les hacían la vida imposible a los ejércitos españoles. El 3 de agosto de aquel año los “infernales” (así llamados por su bravura y por el color rojo de sus ponchos) a su mando obligaron al jefe realista, Joaquín de la Pezuela, a evacuar Salta y emprender la retirada hacia el Alto Perú. Güemes y sus hombres los persiguieron hasta La Quiaca y lograron capturar para la causa patriota 100 fusiles, 260 bayonetas y 373 lanzas.

El 30 de octubre de 1814, el general Rondeau, a cargo del Ejército del Norte, lo designó jefe militar de una amplia zona comprendida entre Tucumán y Tarija, incorporándolo junto a unos 1.000 “infernales” a la vanguardia de sus tropas. Meses después, Güemes y sus gauchos lograron sorprender al enemigo en Puesto del Marqués y lo derrotaron el 14 de abril de 1815. Ese día los realistas sufrieron 120 bajas y un número similar de soldados fueron tomados como prisioneros.

Aquel triunfo aumentó notoriamente el prestigio de Güemes en Salta. Por eso, el 6 de mayo el Cabildo local lo nombró Gobernador de la Provincia. Gracias a su experiencia pudo organizar militarmente al pueblo salteño para resistir y frenar el avance de los ejércitos del rey Fernando VII. Machetes, lanzas, azadas, boleadoras y unos cuantos fusiles y carabinas eras las armas con las que contaba aquel pueblo que pronto comprendió que tendría que arreglárselas solo para enfrentar al ejército que acababa de vencer en Europa a Napoleón.

Las penurias que pasaban eran incontables. Güemes sabía que sus gauchos ya estaban “amigados con la escasez”, pero también que lo poco que tenían lo entregaban desinteresadamente a la causa. En carta a Belgrano, del 10 de octubre de 1816, le confesaba: “Yo no tengo un peso que darles, ni como proporcionarlo, porque este pueblo es hoy un esqueleto descarnado, sin giro ni comercio”.

El general San Martín -único jefe que reconocía Güemes- tenía permanente expresiones de elogio y gratitud para con él y sus valientes “infernales”. Es que su tarea de distracción y contención de las tropas españolas resultó vital para encarar el cruce de los Andes y desarrollar con éxito la campaña libertadora en Chile y Perú. A principios de 1817, Güemes tomó conocimiento que el mariscal De la Serna, con una fuerza de 3.500 soldados, preparaba una gran invasión sobre Salta. Entonces, organizó una verdadera milicia popular, con más de 300 partidas de no más de 20 gauchos cada una. El 1 de marzo recuperó Humahuaca y se dispuso a esperar la invasión. A esa altura los realistas ya habían recibido refuerzos y sumaban 5.400 hombres. La estrategia del salteño consistió en aparentar una retirada con tierra arrasada, hostigando al enemigo con tácticas propias de la guerrilla. Las fuerzas de De la Serna ingresaron a Salta el 16 de abril y sufrieron innúmeros ataques relámpagos. En tanto, desde Chile llegaban noticias que confirmaban el triunfo de San Martín, en Chacabuco. Contrariado y con sus tropas desmoralizadas, el mariscal español decidió emprender la retirada hacia el Alto Perú. El 25 de mayo Güemes pudo comunicarle con orgullo a Belgrano que “el miércoles 21 quedó enteramente evacuada esta plaza de los tiranos que la han oprimido por espacio de cinco meses”.

El 5 de abril de 1818 San Martín obtuvo un histórico triunfo en Maipú, y liberó Chile. La situación era propicia para encarar una ofensiva común contra el ejército realista, pero ésta no se concretó. Es que las autoridades nacionales centraban sus energías en la defensa de los intereses y límites de la provincia de Buenos Aires más que en la causa libertadora. La prioridad para Rondeau, nuevo Director de las Provincias Unidas, era terminar con el modelo artiguista en la Banda Oriental. Incluso el general Belgrano había sido convocado para combatir contra los artiguistas, abandonándose a Güemes a su propia suerte.

En 1820, los caudillos federales del litoral derrotaron a las fuerzas directoriales en Cepeda. Había caído finalmente el Directorio y comenzaba así un prolongado período de guerra civil. En ese marco, se produjo una nueva invasión española en el Norte; en febrero, el general José Canterac ocupó Jujuy y a fines de mayo logró tomar la ciudad de Salta. Desde Chile, el Libertador le pidió a Güemes que resistiera y le ratificó su absoluta confianza. A puro coraje, los “infernales” lucharon hasta repeler, una vez más, la avanzada realista.

Aquel año fue muy difícil para Güemes. A la amenaza española se sumaban los problemas derivados de la guerra civil. Por ello, deberá atender dos frentes militares: al norte, los españoles; y al sur, el gobernador tucumano Bernabé Aráoz que, aliado a los terratenientes salteños, lo hostigará permanentemente.

Era evidente que la oligarquía local, que defendía pura y exclusivamente sus intereses económicos, no le perdonaba su política de reparto de tierras, haber aumentado los impuestos y liberado del pago del arriendo a aquellas familias que tenían a alguno de sus miembros comprometidos con la guerra gaucha (seguramente, hoy esas medidas serían tildadas de “populistas”).

A su vez, el Cabildo de Salta, integrado por las “clases decentes” de la ciudad (poderosos hacendados y ricos comerciantes), le negaba fondos y todo tipo de colaboración, y no dejó de trabajar para derrocarlo, lo que finalmente logró el 24 de mayo de 1821, en aquel golpe conocido como la “Revolución del Comercio”. Pero Güemes recuperó rápidamente el poder y el día 31 de mayo ingresó a la ciudad con 200 de sus hombres más fieles, mientras la gente pobre abandonaba sus labores para apoyarlo y acompañarlo en el triunfo hasta la plaza principal. Los miembros de la oligarquía estaban lejos de aceptarlo, se complotaron con el enemigo y apoyaron a las fuerzas conducidas por José María Valdés (“el Barbarucho”), hasta que lograron ocupar Salta el 7 de junio de 1821. Ante ello, Güemes se refugió en casa de su hermana Magdalena Güemes de Tejada, “Macacha”; y mientras escribía una carta, escuchó disparos y se aprestó a salir por la puerta trasera, logrando montar y emprender el galope, cuando recibió un balazo en la espalda. Gravemente herido llegó a su campamento en Chamical, con la intención de preparar una nueva defensa de Salta, lo que no pudo hacer. Sus últimos diez días los pasó en la Cañada de la Horqueta, donde falleció el 17 de junio de 1821. Aquella jornada los pobres de Salta habían perdido a su líder.

Hijo de su pueblo y caudillo legítimo de la gauchada, Güemes murió en el que fuera el último avance realista en territorio argentino. Enfrentó al poder español y a la oligarquía salteña, siendo víctima de constantes traiciones por parte de las clases dominantes de aquella provincia. Y esto le costó su vida. Por ello, no fue casual que durante un siglo su nombre fuese olvidado; recién en las primeras décadas del siglo XX, su principal biógrafo, el salteño Bernardo Frías, y el poeta Leopoldo Lugones (en su libro “La guerra gaucha”), lo rescatarán del ostracismo al que lo habían condenado sus enemigos políticos.

Guerrillero maldito para los poderosos de Salta; reducido al papel de defensor de la frontera norte por los historiadores liberales; y líder popular para los revisionistas del siglo XX. Hoy es tiempo de reivindicar a Martín Miguel de Güemes como lo que realmente fue: un caudillo americano, protagonista y hacedor de nuestra Patria grande.

 
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