La literatura no es una lotería

Acerca de “El brillo gemelo”, de Nicolás Jozami

Por Raúl Vidal

Me gustó advertir que “La soledad no es una lotería” es una frase que puede gregorsamsiarse en La literatura no es una lotería, pues qué otra cosa que una soledad es la literatura para quien la escribe sin cálculos ni automatismos. Allí, cuando la escritura se torna una tibia amenaza para uno mismo, el juego que más me gusta se nubla de una inquietante extrañeza que agradezco. Y es que algunos escritores estamos un poco agotados de movernos y aparecer solo “cuando no hay nadie”; entonces, sucede que decidimos leer lo que otros escritores menos ocultos entre el centeno nos envían. Hace poco más de medio año, sucedió de nuevo: Nicolás Jozami me envió su libro de cuentos “El brillo gemelo”. Mientras lo leía pensé en otros. Está claro: uno siempre lee con otras lecturas en la cabeza. Tal vez sea un artificio lecturario para evitar que las letras cumplan su función de “seres olvidados, todos sin su pareja o acompañante”, una y otra vez, una y otra vez, y una vez más... y otra más.

Sumergirme en el primer cuento me condujo, lúdico, hacia un berlinés leyendo a un praguense, pues la mascota del relato se me volvió el animal en Kafka: tan imposible arreglárselas sin ellos, sin esas formas que se encargan de corporizar el olvido: “Pero dado que la extrañeza más olvidada es nuestro cuerpo -el cuerpo propio-, se entiende por qué Kafka ha llamado «el animal» a la tos que se habría paso desde su interior. La tos era el puesto más avanzado de la gran manada.” [W. Benjamin, Franz Kafka, En el décimo aniversario de su muerte (1934)]. Luego, como es evidente que un libro también puede ser una especie de Odradek, no fue olvido el tiempo que me demoré en leer esta narrativa de Jozami, donde se erige un maravilloso uso de la puntuación, como una respiración siempre aceitada por la luz de las crueles provincias. No, no fue olvido sino encarnada memoria de aquella cardinal espera en toparnos con el hallazgo, ya que “el hombre no es el «animal que posee el lenguaje», sino más bien el animal que está privado del lenguaje y que por ello debe recibirlo del exterior.” [G. Agamben, Historia e Infancia].

Homo ludens el que lee: ¿sería posible jugar hasta dejar de pensar? Tal vez sí, si hacemos de los detalles “envueltos en bolsitas pequeñas con gomitas” preciosos restos que indican un estilo, una voz singular para lograr hablar de lo irremediablemente perdido para siempre.

Una “piel asolada” es lo que cubre con “ruidos presagiosos” el segundo cuento del libro, como un tegumento entretejido por lo siniestro y lo familiar que, como es sabido, son casi la misma usina de fantasmagorías. Aquí, el lector ya ha sido raptado, la cabeza metida en el cuerpo del relato, si bien con las orejas afuera... como lo exige la lectura en voz alta.

La numeración me obligó a continuar por el tercer cuento. “En algún lugar del destino” está escrito que un libro sucede. Pero me gusta considerar que, aunque sucede no se sucede; es decir, no forma parte de una sucesión. Por supuesto, como me suele ocurrir cuando logro atravesar esa especie de rito de pasaje que exijo a todo libro para recién ahí, lanzados mis ojos hacia adelante, no soltarlo hasta culminarlo, más temprano que tarde (en la página 31) “me olvidé de ese feliz inconveniente”. A partir de allí, tanto como al narrador, los indicios comenzaron a hablarme al oído. Y poco faltó para presentir que quien leía, tanto como el narrador, sin darse cuenta ya había muerto.

Se puede apoyar “el oído a la pared durante más de media hora” para espiar con las orejas a nuestro sosía, aquel doble que algunos, solo algunos, tienen la buena suerte de tener en el otro extremo del mundo. Lo descubrí al leer el cuarto cuento. Y no me asustó como una pesadilla o un milagro, más bien lo tomé cual una revelación que al dejar el velo por el suelo hacía crecer la esperanza en “que todos somos iguales, y nadie está por encima del otro”.

¿Cuándo sobrevendrá el día que los adultos enseñemos a los niños a perderse? ¿Por qué manía absurda “el sentido de la pérdida” se suele rellenar de vanos significados en manos del educador, a contracara de tan solo indicar una dirección? El quinto cuento, posiblemente sin darse cuenta, busca responder estas preguntas, remontándolas “en el iluso juego de querer llegar a las nubes”.

Luego, tenía que llegar el momento en el que Jozami me hiciera sonreír. Y tenía que acontecer en ese “domingo ácimo, donde quizás sabrías, como yo”, Nicolás, que en el sexto cuento, no antes, no después, hay una “limpidez del texto” que artesanea una pulcra y nada fútil burla a la Academia (ese “mastodonte” que nunca termina de extinguirse... como el odio). El hambre en un niño arrinconado detrás del desencuentro entre papá y mamá, suele ser un apetito insaciable de secretos finamente desenmascarados; mientras allá, en la vereda contraria, están los niños felices que crecen sin importarles darse cuenta que “estar juntos, jugar y pelearse” es saludable: agraciados chiquillos que, triste evidencia de un sol gris “escondiendo la cabeza abajo de la almohada”, en el séptimo cuento siempre parecen chivatear del otro lado de la ventana de eso que se hace llamar una gran familia. Medirse, mensurarse como quien raya sobre el marco de una puerta los centímetros que sobrevienen, primero hacia arriba, después hacia abajo, “invalida el vacío que corroe a toda idea humana con pretensiones de expresión”. No hay que mirarse crecer.

Que el desciframiento sobrevenga sin preaviso es de una sutil presencia en el octavo cuento. Lo que vale es una enseñanza: “la absoluta imprecisión de cada uno de los elementos que componen este misterioso universo” es lo que nos nutre como artistas. El último cuento es eso, la voluptuosidad de lo último; y la mano extendida al lector que se despide hasta la próxima mientras ve “desaparecer el punto de luz trasero”, preparándose para retornar a la realidad envuelto en una delgada capa de sensualidad que, de improviso, combina con sus propias letras sobre la pantalla.

¿Vieron cuando se desea que un escritor te lea?... Bueno, eso me pasó al terminar de leer “El brillo gemelo”

 
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