Trata de mujeres, desde Margot hasta Marita Verón

Por Sofía Jalil

“Abordar la trata de personas con fines de explotación sexual implica ingresar al macabro terreno del ser humano como mercancía, una “industria” que en muchos casos se encuentra más naturalizada que la conciencia por la integridad de las víctimas de este delito”, dice la política cordobesa Cecilia Merchán en el prólogo del libro “Se trata de nosotras”, una aproximación a la trata y prostitución forzada en Argentina.

Traer las palabras de Merchán en estos días es recordar que cada 23 de septiembre se conmemora el Día Internacional contra la Explotación Sexual y el Tráfico de Mujeres, Niños y Niñas.

La fecha fue consensuada en una conferencia mundial, en 1999, y elegida entre la comunidad internacional a raíz de un hecho sin precedentes que aconteció en nuestro país. En 1913 se sancionó la primera norma legal en el mundo destinada a luchar contra la explotación sexual, principalmente de menores.

Es la ley N° 9.143, conocida como “Ley Palacios”. Lleva el nombre el diputado Alfredo Palacios, socialista, quien llevó al Congreso de la Nación temas relacionados sobre los derechos de las mujeres, entre ellos el voto femenino por el que venían luchando feministas como Alicia Moreau de Justo, Elvira Rawson, Carolina Muzzilli, Fenia Chertkoff, más otras.

La “Ley Palacios” fue revolucionaria para la época. Vale recordar que en los comienzos del siglo XX, con el aluvión de inmigrantes también hubo un gran tráfico de personas especialmente de mujeres provenientes de Europa del Este quienes fueron víctimas de redes que las forzaron a la prostitución. Una de las más grandes y conocidas, con sede en los puertos de Buenos Aires y Rosario, fue la “Zwi Migdal”.

Esta red conformada principalmente por polacos forzaba a la prostitución a jóvenes mujeres de Europa Oriental, judías en su mayoría. Una de sus víctimas fue Raquel Liberman quien denunció su funcionamiento, entre 1929 y 1930, logrando el conocimiento público del flagelo que vivían las inmigrantes.

Margot

Todo hecho social queda plasmado en algún movimiento cultural, y en el caso de la trata es en el tango. En algunas letras, desde 1910 hasta poco más de 1930, se narran historias de mujeres prostituidas por cafishios y cafiolos (proxenetas).

En la ciudad de Buenos Aires la cantidad de prostíbulos legales prácticamente se triplicó pasando de 290 en 1920 a más de 950 en 1925. Allí estaban las “francesas”, las “polacas” y las “criollas”. Como explica Felipe Pigna en su libro “Mujeres tenían que ser”, esta división más que una connotación de nacionalidad es una especificación de “nivel” y de “tarifa”.

En los tangos se pueden escuchar historias, narradas por varones, de mujeres que quisieron “afrancesarse” - una manera de llamar a la prostitución que se ofrecía en cabaretes lujosos “entre bacanes y magnantes” de la época. El tango Margot (1919), de Celedonio Flores y musicalizado por José Ricardo y Carlos Gardel, se centra en una arrabalera que al prostituirse por sus “berretines de bacana”, se “afrancesa” en el ambiente de los cabarets de la “high life”. Dice: “Hasta el nombre te han cambiado/ ya no sos mi Margarita, ahora te llaman Margot (...) berretines de bacana que tenías en la mente desde el día que un magnate de yuguillo te afiló…”

¿Es ”berretín” -capricho, en lunfardo- o sometimiento? Sobre el tema de la “arrabalera afrancesada” se insiste en otros tangos como “Mano a mano” (de Flores, Gardel y Razzano, de 1918), “Flor de fango” (de Pascual Contursi y Augusto Gentile, también de 1918), “Milonguera” (de José María Aguilar, 1925) o “Muñeca brava” (de Enrique Cadícamo y Luis Visca, 1928).

Ninguno escrito por una mujer que cuente otra historia: sus historias. Ellas son cuerpos, jóvenes y vírgenes, entregadas y cosificadas para enriquecer a otros dejando sus vidas, deseos y sueños. Sin dudas, un negocio lucrativo, hoy y siempre.

Sky Rojo

Después del tráfico de drogas y de armas, la trata de personas constituye el delito transnacional más lucrativo. Condensa todas las violaciones a los derechos humanos. El psicoanalista Juan Carlos Volnovich en su libro “Ir de putas” propone que el acento debe estar en los consumidores, especialmente varones.

“¿Cuáles son las condiciones sociales y determinaciones subjetivas que convierten a los varones en prostituidores? ¿Qué los lleva a alquilar cuerpos?”, se pregunta y responde aludiendo a varios fenómenos para considerar desde la globalización (con la precariedad social y falta de igualdad de oportunidades) hasta la interpelación al poder patriarcal que hacen actualmente las mujeres en conquista por sus derechos, avanzando en los espacios públicos.

Muchas feministas alegan que sin clientes no hay trata. Ya metiendose en el fango del trabajo sexual, otras tantas buscan su legalización. Un debate que al momento no encuentra puerto certero donde anclar, y que ciertos productos culturales toman como tema de ficción. Tal es el caso de los creadores de La Casa de Papel, que llevaron a la pantalla la historia de tres mujeres -dos víctimas de trata- que luchan por liberarse de su proxeneta. Lleva por nombre “Sky Rojo”, con la participación de la argentina Lali Espósito y generó más cuestionamientos que aplausos al mostrar el tráfico de personas en altos tacos.

Marita

Hablar de trata en Argentina es recordar a Marita Verón y la valiente búsqueda, imparable, de su madre Susana Trimarco.

Marita tenía poco más de 20 años cuando fue secuestrada, en 2002, en Tucumán. Aún, casi dos décadas después, nada se sabe de ella. Lo que sí brilla con fuerza es que su vida se transformó en un signo de lucha por los derechos, por el derecho a la vida, y movió el tablero de la Justicia.

En 2011 la entonces presidenta Cristina Fernández prohibió por decreto los anuncios de oferta sexual en diarios y periódicos, por ser considerados un delito. Si bien en 2012 los 13 imputados e imputadas por su secuestro fueron absueltos, las calles se hicieron eco del repudio al fallo. En esos años se aceleró la sanción de una nueva ley para la “Prevnción y Sanción de la Trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas”.

Es la ley 26.842 que aumentó las penas, eliminó el “consentimiento” como argumento y obliga al Estado en la asistencia médica y psicológica para víctimas. Mucho más de lo que pudieron recibir las inmigrantes cien años atrás, y mucho más es lo que se espera por una sociedad en libertad.

 
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