El Curro y las novelas de westerns

Por Roy Rodríguez

El hombre murió en 1984, pero, cada tanto, un libro nuevo lleva su firma. Quizás ya no los escriba. O sí. Difícil saberlo. Manchego de nacimiento, sus personajes cabalgan desiertos polvorientos donde ni siquiera trashuman pastores. Llevan un Colt en la cintura y botas. Pelean contra los enemigos de siempre, acaso encerrados en un mundo circular, donde los trenes vuelven a pasar y las puertas vaivén de los bares apenas encierran cierto misterio.

Antes de comenzar a escribir sobre un rollo de papel higiénico, Antonio Marcial Lafuente Estefanía fue concejal por la Confederación Nacional del Trabajo. Ingeniero industrial y anarquista, peleó por el Ejército republicano. En 1940, encarcelado y juzgado en el bando de los vencidos de la Guerra Civil española, sobrevivir al franquismo requería cambiar de vida. “No tenía cuartillas, no tenía pluma; entonces decidí utilizar el lápiz y el papel de retrete. Estaba en una sala quinta de uno de los hoteles en los que me recluyó el gobierno”, contó alguna vez.

Los vencidos eran, por esa época, muertos en vida. Habían esquivado el pelotón de fusilamiento, pero no la prohibición de volver a ejercer sus antiguos oficios. Entonces fueron muchos los que encontraron en la escritura a destajo de novelas populares un medio de vida. Una novela por semana. Que se vendía por un par de pesetas. Nacían los primeros representantes del Pulp Fiction ibérico.

“Ahora sabemos que la cultura popular del franquismo era muy poco franquista. Era el refugio al que, cautivo y desarmado, había ido a parar lo que sobrevivió del Ejército republicano. Los vencedores se quedaron con las editoriales y las academias, y a los perdedores solo les dejaron los quioscos; y allí se parapetaron, protegidos con seudónimos”, escribe Miguel Anxo Murado. Son decenas. Hombres y mujeres que, bajo otros nombres, producían novelas del Oeste, o comic de aventuras. Héroes de papel de diario. Una manera de sobrevivir. A la censura y a la derrota.

“Capitán Trueno”, “El Guerrero del Antifaz”, “Haxtur”, acaso ganaban las batallas que sus autores habían perdido.

Fueron cerca de 200.000 las muertes que, a lo largo de más de 40 años de escritura, atravesaron las páginas de las novelas de Marcial Lafuente. Apenas la quinta parte de los muertos por la Guerra Civil. En la primera cifra hay acuerdo. La segunda parece ser una cuestión difícil de zanjar.

Su primera novela, “La Mascota de la pradera”, llevaba la firma de Dan Lewis. Eran 92 páginas de papel áspero. Pronto se convirtió en un éxito. Marcial Lafuente escribiría 2.600 novelas de vaqueros, según la despedida póstuma que le hizo el diario El País. Aunque algunos especialistas hablan de más de 3.000. Jóvenes y no tan jóvenes se juntaban en los quioscos para cambiarlas y comprarlas como figuritas.

Una guía telefónica norteamericana -para bautizar a sus personajes-, un viejo atlas con mapas y referencias de antiguos pueblos del oeste, y un libro de historia de los Estados Unidos eran todo el material de consulta de Marcial Lafuente. Con el tiempo creó su propio mundo. Otro Oeste. Western. Hombres rubios y altos, botas tejanas. Personajes de pocas palabras, violentos y machistas a los que al final de la trama esperaba una mujer hermosa, con una gran fortuna y la posibilidad de formar una familia. Eterna felicidad.

En Texas, Estados Unidos, uno de los espacios predilectos de los westerns de Marcial Lafuente, realidad y ficción se confunden. Cuenta la historia que una universidad local solicitaba libros a la editorial para grabarlos en audios destinados a personas ciegas. Y tal era la popularidad de sus novelas que se las llamaba simplemente “estefanías”.

“Buscando el olvido/ se dio a la bebida,/ al mus, las quinielas.../ Y en horas perdidas/ se leyó enterito/ a don Marcial Lafuente/ por no ir tras su paso/ como un penitente”, escribe Joan Manuel Serrat en el “Romance del Curro del Palmo”. Es posible que “la del guardarropas del Tablao del Lacio”, haya esperado por siempre al príncipe azul de las novelas de Corín Tellado.

Modelos de masculinidades y femineidades de dictaduras hechos cultura popular.

Fueron unos seis millones de libros que la editorial Bruguera vendió a lo largo de más de 50 años. Con tiradas, que, en los años 50 y 60, llegaron a los 100.000 ejemplares. La llegada de la televisión, el cable y las redes sociales trajeron el ocaso de la editorial. No de Lafuente Estefanía. Sus hijos siguieron escribiendo con su nombre. Y con editorial propia: Cíes. El legado de la novela de westerns llegó incluso a los nietos de Marcial. Como si fuera imposible evadir los mandatos ancestrales de una escritura llena de clisés y destinada al olvido.

Cuenta Rodolfo Mateos que una hoja cualquiera de una novela de Estefanía, tiene un punto y aparte cada 10 palabras. 25 puntos y aparte por página. Casi un modelo de escritura algorítmica pensado para redes sociales. La derrota definitiva. La simplificación absurda de la vida. Una condena sin tapas ajadas ni canciones que recuerden a los millones de Curros del Palmo que seguirán muriendo frente a las pantallas.

 
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