Arrepentidos

#21AñosHDC 

La ciudad / Hora cero

J. Emilio Graglia

En la Argentina actual, esa es la palabra de moda, la que más se repite en los medios de comunicación, tanto escritos como radiales y televisivos. También en las redes sociales. En medio de la crisis económica y social que sufre el país, de la inflación y la recesión, la gran mayoría de los argentinos habla de los “arrepentidos”. Algunos se sorprenden. Otros, en cambio, ratifican lo que sospechaban desde hace muchos años.

Cuando el tema eran los “aportantes truchos” a las campañas políticas de María Eugenia Vidal y de Elisa Carrió, de pronto, una investigación de la Justicia Federal puso sobre el tapete una inusitada trama de corrupción política y económica, con el protagonismo de exfuncionarios kirchneristas y grandes empresarios. El Fiscal Carlos Stornelli y el Juez Claudio Bonadio ordenaron una inesperada serie de citaciones, detenciones y allanamientos.

Llamativamente, la investigación judicial se dio a partir de las fotocopias de unos cuadernos escritos por el chofer del secretario de coordinación del Ministerio de Planificación Federal. El mismísimo ministerio que tuvo a su cargo el otrora todopoderoso Julio de Vido, mandamás de la obra pública durante los 12 años del kirchnerismo en el poder. Vale recordar que De Vido ya había sido desaforado de la Cámara de Diputados de la Nación y apresado.

Esos cuadernos daban cuenta, prolija y minuciosamente, de las coimas que iban y venían entre funcionarios y empresarios. Los originales nunca aparecieron. Un sinfín de contradicciones puso en duda su existencia y procedencia. Sin embargo, no hicieron falta. Los más importantes empresarios implicados reconocieron los hechos casi instantáneamente, declarándose “arrepentidos”.

La verdad sea dicha, no se trata de un arrepentimiento ético ni mucho menos. Los llamados “empresarios arrepentidos” son imputados colaboradores, es decir, individuos que han reconocido la comisión de delitos y delatan a otros para aminorar sus penas. Podría decirse que son coimeros confesos tratando de zafar de condenas más severas. Hace falta aclararlo porque no son víctimas sino victimarios del coimeo.

Si el arrepentimiento fuera el resultado de un examen de conciencia, estos grandes empresarios deberían poner a disposición de la justicia lo que ganaron indebidamente. Porque, gracias a las coimas que pagaron sin chistar, estos empresarios ganaron mucho dinero. Ninguno de ellos habla de devolver lo mal ganado. Ni ellos ni los gerentes de sus empresas. Se trata, pues, de una estrategia procesal penal, nada más.

La investigación judicial en marcha ha puesto en evidencia que la corrupción tiene dos patas. De un lado, están los funcionarios que reciben las coimas y, del otro, están los empresarios que las dan. Siempre ha sido de esa manera. Sin embargo, nunca se había conocido y reconocido tan claramente. Para que haya un funcionario coimeado, debe haber un empresario coimero. Así de fácil.

La coima en la obra pública no es un invento del kirchnerismo. Sin embargo, por estos días se ven las caras al descubierto y las manos esposadas de conspicuos empresarios. Los mismos que, hasta ahora, gozaban de la cómoda impunidad del anonimato o del falso prestigio de ser generadores de riqueza y puestos de trabajo. Algunos ilustres integrantes de la “patria contratista”, infaltables en las galas oficiales, hoy están presos o delatando a sus socios.

De Cristina o de Mauricio

Más allá de los empresarios que han confesado sus delitos, la realidad política argentina muestra otros grupos de “arrepentidos”. No son ni fueron funcionarios o empresarios. Se trata de aquellos ciudadanos comunes y silvestres que se arrepienten del voto que pusieron a la hora de elegir a sus representantes. Esos que hicieron Presidenta a Cristina Fernández en 2007 y 2011 u optaron por Mauricio Macri en 2015.

De ambos lados de la grieta política que divide a kirchneristas y macristas y que tanto mal nos hace como sociedad, hay negadores seriales, es verdad. Son los denominados “núcleos duros” que sostienen a unos y otros. Son aquellos fanáticos que se niegan a ver la realidad. Hay fundamentalistas del lado del kirchnerismo y del macrismo. Con la misma necedad, miran la paja en el ojo ajeno y no ven la viga en el propio ojo.

Algunos kirchneristas creen que esta investigación judicial se trata de una gran operación política para perjudicar a Cristina Fernández y, de esa manera, impedir que ella vuelva a la Casa Rosada. Algunos macristas creen que la corrupción durante los gobiernos kirchneristas puede tapar los errores de una gestión que ha endeudado al país, ha devaluado la moneda nacional y ha ajustado ferozmente el poder adquisitivo de los salarios.

Hay defensores a ultranza del “modelo nacional y popular” que propusieron Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Nadie les pide que renieguen de los logros de dichas gestiones. Pero una cosa es tatuarse “no fue magia” y otra cosa, muy distinta, es no reconocer o, mucho peor, justificar la corrupción estructural que hubo durante las esas gestiones y hoy salta a la vista.

También hay defensores a ultranza del “cambio” que propuso Mauricio Macri durante la campaña presidencial del año 2015. Nadie les pide que renieguen de ese entusiasmo. Pero una cosa es gritar “sí-se-puede” y otra cosa, muy distinta, es ignorar que las promesas de las campañas electorales siguen incumplidas y que los pronósticos del gobierno han fracasado uno tras otro.

Podría decirse que cada grupo tiene sus incondicionales. Pero hay una mayoría silenciosa que está arrepentida de haber votado a Cristina Fernández o a Mauricio Macri. Son los decepcionados o los engañados por el relato progresista o el marketing pragmático. Quien fuera presidenta y quien es presidente de los argentinos, llegaron con el apoyo de la mayoría del electorado. Hoy, ambos tienen una imagen mayormente negativa.

Algunos votaron al Frente para la Victoria porque confiaron en los ideales y las consignas que enarbolaron. Se movilizaron y creyeron lo que se les dijo: “La patria es el otro”. Otros votaron a Cambiemos porque quisieron deshacerse del kirchnerismo. También se movilizaron y creyeron lo se les dijo: “La revolución de la alegría” venía para quedarse, sin inflación ni recesión, sin ajustes y con pobreza cero. Todos tienen razones para arrepentirse.

A ambos lados de la grieta hay fanáticos y fundamentalistas de Cristina Fernández o de Mauricio Macri. Al medio, hay arrepentidos de haberlos votado. Gente común y silvestre, ciudadanos de a pie que quieren un país mejor, gobernantes honestos e idóneos. Los incondicionales no son capaces de aceptar que alguna vez se equivocaron ellos y que otra vez se equivocaron los otros. Los votantes arrepentidos, en silencio, esperan algo más y mejor.

10 Septiembre 2018
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