En la emergencia, hace falta liderazgo

Editorial

El presidente de la Nación, Mauricio Macri, se dirigió a todos los argentinos el lunes pasado. De acuerdo con el formato de comunicación política que ha adoptado su gobierno, fue un mensaje grabado, editado y reproducido por las redes sociales y, luego, por los medios masivos de comunicación. Algo diferente a aquellas cadenas nacionales a las que apelaba la ex presidenta Cristina Kirchner.

Después de un fin de semana cargado de rumores y versiones sobre las medidas económicas y, particularmente, sobre los cambios en el gabinete, la palabra del Presidente era muy esperada. Sobre todo considerando el error comunicacional que había cometido en su mensaje del jueves de la semana anterior; en aquella oportunidad, Macri trató de calmar a los mercados y anunció un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que ni siquiera había empezado a negociarse. Ese brevísimo mensaje produjo un efecto contraproducente: el peso siguió devaluándose y, en el camino, se devaluó la palabra presidencial.

Esta vez, el mensaje fue de unos 25 minutos y trató de explicar por qué el gradualismo inicial devino en la emergencia actual. En el oficialismo, nadie había usado semejante término para definir la situación argentina. Sin embargo, la palabra no resulta exagerada y debe valorarse que el primer mandatario se haya atrevido a mencionarla.

Efectivamente, el país está en emergencia, y reconocerlo es un buen punto de partida, inusual para cualquier gobernante. Si las negociaciones que el ministro de Economía, Nicolás Dujovne, inició con Christine Lagarde fracasaran, el país estaría a las puertas de un nuevo default. Un panorama catastrófico para la economía argentina, autogenerado por las propias medidas implementadas por el gobierno que ahora reconocer la emergencia.

Sin embargo, en este reconocimiento oficial, el jefe de Estado adjudicó la emergencia a causas pasadas o externas. Desde la remanida “herencia recibida” hasta la economía mundial, pasando por la inmadurez de la sociedad, las políticas económicas de otros países, como China y Estados Unidos, o las crisis de Turquía y Brasil. Ninguna de esas motivaciones son irreales, negarlas sería ignorancia o mala fe. Pero, a pesar de que el Presidente las obvie, también existen causas actuales e internas. Y de eso no se habló: autocrítica cero.

“Ha pasado lo peor”, dijo el Presidente en –al menos- seis oportunidades en los últimos meses, en cambio ahora dice “son los peores cinco meses de mi vida después de mi secuestro” (en referencia a un controversial hecho de su vida sucedido hace 27 años). Pero para salir de la emergencia que ha reconocido, hace falta un líder que conduzca. No alcanza con alguien que comparta su sufrimiento.

10 Septiembre 2018
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