Francisco es confiable

Editorial

Jorge Mario Bergoglio fue el Arzobispo de Buenos Aires durante los años 1998 y 2013. Desde ese lugar, vio el fin de la década menemista, la llegada a la Casa Rosada de Fernando de la Rúa, la crisis del 2001, las gestiones inconclusas de Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde. También vio los orígenes y el desarrollo del kirchnerismo. Siempre fue un pastor preocupado por las personas con menos recursos. A la vez, fue un destacado actor de y en la vida institucional argentina: sus opiniones y actuaciones respecto al país y la ciudad de Buenos Aires, se caracterizaron por su compromiso social a favor de la justicia, muy propio de su formación jesuita, y nunca fácil para los oficialismos de turno.

El 13 de marzo de 2013, después de la renuncia del papa Benedicto XVI, Bergoglio se convirtió en el obispo de Roma y, por lo tanto, en el jefe de la iglesia católica. Desde ese día Bergoglio es el papa Francisco. Después de 265 antecesores, él es primer papa latinoamericano y, además, jesuita. Es, también, un jefe de Estado: el Vaticano.

La semana pasada se conoció que, de acuerdo con los resultados de la Encuesta Mundial Anual de Gallup Internacional, el papa Francisco es el líder mejor valorado en el mundo. La misma encuesta, que es realizada en 57 países, ubica en el otro extremo al presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump. Nada es casual.

El papa Francisco es el líder más confiable del planeta. En una época donde todos los liderazgos (incluidos los políticos) están en crisis, el dato no puede ni debe pasar desapercibido. No se trata de una encuesta entre los católicos, cristianos o creyentes. Su liderazgo ha trascendido las fronteras de las instituciones y los credos religiosos.Su “opción preferencial por los pobres” es la clave de semejante valoración a escala mundial. En el marco de una globalización de la economía y las finanzas, que se caracteriza por la creciente desigualdad entre pocos ricos, cada vez más ricos, y muchos pobres, cada vez más pobres, alguien levanta la voz para denunciar esta injusticia planetaria.

Lamentablemente, en su tierra, la distancia política entre los extremistas del macrismo y el kirchnerismo trata de tragarse la imagen de este líder mundial. Sin entender que sus palabras y gestos tienen una misión pastoral y una repercusión mundial, algunos políticos y periodistas argentinos manipulan lo que Francisco dice o hace, deja de decir o deja de hacer.

Los argentinos, tan divididos y peleados entre nosotros, deberíamos atender el mensaje que el papa Francisco predica a diario, para unirnos y reconciliarnos. No dejarnos confundir por los malintencionados que, de cualquier lado de la grieta, tratan de usarlo para beneficiarse o perjudicar a otros. Nos vendría bien confiar en alguien como él.

 
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