La política no es el fracaso ajeno

Editorial

La dirigencia política argentina sufre una decadencia que es pública y notoria. No es un fenómeno nuevo. Desde la recuperación de la democracia representativa y republicana, aquel 10 de diciembre de 1983, las instituciones han perdido la confianza de la ciudadanía. La desconfianza en el gobierno, en el Congreso y en el Poder Judicial ha aumentado.

Según la medición de Latinobarómetro (2018), en Argentina, apenas el 22 % confía en el gobierno, el 26 % en el Congreso y el 24 % en el Poder Judicial. A esa desconfianza en los tres poderes del Estado, debe sumarse que apenas el 14 % confía en los partidos políticos y el 22 % en las instituciones electorales.

Vale la pena destacar, además, que apenas el 15 % de los argentinos considera que “se gobierna para bien de todo el pueblo” y el 11 % estima que “el país está progresando”. Finalmente, el 56 % opina que “la corrupción ha aumentado desde el año pasado”. 

Los datos no son mucho mejores para la mayoría de los países de América latina. Se puede decir que es un mal generalizado, más allá de las ideologías. Sin embargo, esto no debe servirnos de consuelo. Todo lo contrario, debe motivarnos para indagar sobre las causas de semejante crisis de confianza en las instituciones y en los gobernantes de turno.

Frente a esta realidad, se impone un replanteo amplio y profundo. Un replanteo que debe incluir al oficialismo del macrismo y sus aliados y, también, a la oposición del justicialismo, kirchnerista y no kirchnerista. Es difícil que esto suceda en un año electoral, cargado de estratagemas para ganar un voto. Pero debe hacerse.

El gobierno de Cambiemos debe hacer una autocrítica. A más de tres años de mandato, no puede seguir repitiendo que todos los males habidos y por haber son por culpa de la “herencia recibida”. El presidente de la Nación, Mauricio Macri, no puede limitarse a decir que fue demasiado optimista o repetir que “no hay otro camino”.

La oposición del justicialismo y, particularmente, del kirchnerismo, no puede criticar al gobierno como si nada tuviera que ver con la realidad actual del país. Cuando la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner dice “no me arrepiento de nada”, cae en la misma soberbia que tantos daños provocó durante su gestión.

La dirigencia política argentina debe entender que el éxito propio no puede basarse en el fracaso ajeno. No se trata del resultado de una elección, sino del futuro del país. Si compiten para mostrar que los otros son peores, más ineptos o más corruptos, entonces, el porvenir de los argentinos será mucho más sombrío, gane quien gane y pierda quien pierda.

 
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