Venezuela debe votar

Editorial

Venezuela sufre una gravísima crisis económica y social. La estrambótica inflación del país bate cualquier récord y hunde en la pobreza a millones de personas. Esta realidad no se puede negar ni disimular. El gigantesco éxodo de millones de venezolanos que huyen de su país buscando alguna oportunidad de sobrevivir en el extranjero, es un ejemplo contundente.

Muy lejos quedaron los tiempos de la bonanza económica y los progresos sociales que, otrora, puso en marcha Hugo Chávez y la “revolución bolivariana”. Su sucesor, Nicolás Maduro, ha sido incapaz de mantener la economía y las finanzas dentro de parámetros relativamente normales.

A esa crisis socioeconómica, se ha sumado una crisis política e institucional de imprevisibles conclusiones. Frente al supuesto incumplimiento de un requisito formal referido a la juramentación del presidente ante la Asamblea Nacional, este organismo (controlado por la oposición y desconocido por el oficialismo) ha decidido proclamar como presidente “interino” a su titular, Juan Guaidó.

Los Estados Unidos de Donald Trump apoyaron inmediatamente al presidente “interino”. A continuación, la Organización de Estados Americanos (OEA) y los países latinoamericanos integrantes del llamado “grupo de Lima”, se sumaron a la iniciativa estadounidense. Cualquier aficionado a la política internacional podría concluir que la jugada de Trump y sus seguidores no es la consecuencia, sino la causa de la autoproclamación de Guaidó.

Como si fuera una remake de la Guerra Fría, la respuesta de la Rusia de Vladimir Putin no se hizo esperar. Tampoco la contestación de la China de Xi Jinping. Ambas potencias, más que apoyar al gobierno de Maduro, dejaron en claro que la prepotencia de Trump no puede darse puertas afueras como pretende hacerlo al interior de su país.

La Unión Europea y algunos países latinoamericanos, como México y Uruguay, han demostrado un prudente equilibrio. Al igual que el papa Francisco, de visita en Panamá. En nada ayuda sumarse a la acción de Estados Unidos y sus aliados ni a la reacción de Rusia, China y los suyos.

Así las cosas, las alternativas no son más que dos. En un extremo, una guerra civil, con miles de muertos, usando a Venezuela como teatro de operaciones de un conflicto entre las grandes potencias del mundo actual. En el otro, un proceso de mediación que garantice elecciones libres y el funcionamiento de las instituciones.

Lamentablemente, la política exterior del gobierno argentino ha demostrado, otra vez, un seguimiento incondicional a los mandatos de Estados Unidos, tan indecoroso como peligroso. Ponerse de uno de los bandos no ayuda a solucionar la crisis venezolana. En la Argentina maniquea que vivimos, esto es válido para oficialistas y opositores.

28 Enero 2019
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