La riqueza de los pares en la vejez

Porota

Falta muy poco para que termine el año. Tan poco que a veces me pellizco. El tiempo pasó muy, muy rápido. Su velocidad me da vértigo. Hace poco estuve compartiendo un fin de semana con otras personas mayores como yo y en una tardecita fresca de mates y reposeras mirando el atardecer una de ellas suspiró: “¡qué efímero el ocaso! como mi vida. ¿En qué momento se me filtró? ¡De madre, esposa, directora de escuela a vieja en excursión de jubilados!”, todos reímos entre nostálgicos y resignados.

Un sesgo de tristeza tiñó el oeste.

“¡Para mi jubilarme fue muy duro! Estuve deprimido más de un año. Al punto de tentar a mi esposa -desde hace 45 años- a separarse. Redefinirme y hallar un nuevo proyecto de vida ¡fue tan difícil!”, compartió uno de los pocos hombres del grupo.

“De golpe y porrazo quedé desdibujado. El primer año de jubilado me levanté a la misma hora y me fui de casa desde las 8 hasta las 18. Reparé en mi locura cuando el joven del cine me advirtió que había visto tres veces seguida la misma película”, contó el otro hombre de la manada de viejos y viejas.

Y así, llegaron de manera espontánea aquellas anécdotas que nos acercaron a la cotidianeidad más absoluta, casi de manual. Y si bien, a veces me siento única e irrepetible, saberme tan común me alegra y alivia. Saberme acompañada por experiencias similares es una caricia al alma. Literalmente… ¡una caricia!

¡Qué haría sin mis pares! sin esas personas que me comprenden, no tanto por la amistad que nos une, sino por esa compatibilidad que nos identifica sólo por pertenecer al mismo grupo etario. Estar con amigos y amigas de la edad me revitaliza. Conocer sus historias y el modo en que se reinventaron tras jubilarse, enviudar, dejar de criar hijos, separarse o seguir juntos tras 40 años de matrimonio… me contagian el deseo de disfrutar de la vida. Ya lo esboza Ricardo Iacub en su libro “Todo lo que usted siempre quiso saber sobre su jubilación y nunca se animó a preguntar”: “…se ha demostrado que realizar actividades sociales, cualesquiera que sean, supone un incremento del bienestar en la salud siempre, en cualquier momento de la vida, pero especialmente en este momento de transición en el que muchas veces puede aumentar la sensación de pérdida, de soledad, de sinsentido y de inutilidad”.

Definitivamente el bienestar social y personal es la vara con la que se puede medir la felicidad. Por eso, ¡gracias sexagenarios! Gracias a todas las personas que me rodean y me abren la puerta de la felicidad a través de algo tan sencillo como un simple momento para compartir.

Y así cierro mi aporte de hoy, sencillo, pequeño, cotidiano, pero tan potente como los objetivos, metas e ideales que nos ayudan a sentirnos útiles, satisfechos, plenos y con autoestima en la vejez.

Parafraseando a Leonardo Boff “para ser feliz a lo largo del tiempo se necesita invención y sabiduría práctica. Invención es la capacidad de romper la rutina: visitar a un amigo, ir al teatro, inventar un programa. Sabiduría práctica es saber desproblematizar las cuestiones, aceptar los límites con levedad, saber rimar dolor con amor. Si no se hace eso, se es infeliz toda la vida”.

Porota.
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09 Noviembre 2018
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