La abuelidad que me habita

Porota

Tengo amigos que jamás se imaginaron siendo abuelos y hoy disfrutan de su rol de un modo irreconocible.

Otros se resisten a que los llamen “abuelos”, “nonos”, “yayos”, y circunscriben su relación a los eventos familiares en los que sólo responden si es por el nombre.

Algunos sucumben a la idea de tener que permanecer muchas horas con niños u adolescentes pero, sin embargo, el poco tiempo juntos es de disfrute, juego y muchas risas.

Están los que cuidan día y noche. Los que ayudan en horas críticas. Los que viven y conviven. Los que acunan y alivianan la paternidad y maternidad de sus hijos.

También existen los que aparecen en la pantalla por Skype, Wasap o alguna video-llamada.

Y por supuesto, los que niegan de cuajo su condición y no la asumen ni en las fechas familiares más estrictas del calendario.

Sólo conocí a una abuela. A la mamá de mi mamá. Ella vivió a la vuelta de casa. Disfrutarla fue un derecho que me acompañó durante mucho tiempo. Gracias a ella lucí los vestidos más hermosos, degusté las tortas más deliciosas y disfruté de los pulóveres más prolijos y abrigados. La abuela fue ese hombro en el que reposé en mis momentos más difíciles y la cómplice más inimputable de mis travesuras y mentiras. Teníamos una relación tan profunda que hasta mi madre llegó a envidiarla. ¡Ay! mi madre. Por supuesto que con ella no había sido tan benévola. La vida le había dado una segunda oportunidad conmigo y a mi mamá eso le dolía.

Mi abuela se llamaba Emilia como la de Teresa Parodi. Aún recuerdo cómo lloré el día que escuché la canción que le escribió Teresa a su Emilia.

“(…) Aquí la esperanza no me ha abandonado
pero ando extrañando charlar con usted
recuerdo que el día que nos despedimos
la oí repetirme que todo irá bien”.
“Todo irá bien” me repitió al oído cuando me fui de luna de miel. Fue lo último que me dijo. Emilia falleció en mi ausencia. La lloré muchos años. Y hoy la recuerdo, la siento y la impulso desde mi propia abuelidad.

“Si ahora pudiera iría volando
a verla y quedarme a su lado otra vez
y oír que me cuenta de nuevo los cuentos
junto a la ventana como en la niñez”.

La abuelidad nos muestra, en la gran mayoría de los casos, el paso del tiempo. La incipiente vejez que se asoma de diversas maneras y que me ha llevado a vivir los momentos más hermosos y amorosos de mi vida. Aparecen niños llenos de genealogía: los ojos de la abuela Emilia, la boca de mi esposo Pompeyo, el pelo de la consuegra y el carácter justiciero de mi hija. Un cocoliche de perfección que lo hace único, irrepetible, diverso y a su vez tan especial.

Elegir ser abuelo o abuela es un derecho. Ejercer la abuelidad es una opción. Ya no le temo a la intrascendencia y al olvido, porque sé que en mí habitan muchos muertos que me necesitan para recordarlos como yo necesitaré de mi nietos para ser recordada.

“Recuérdeme abuela, no olvide que espero
que riegue sus plantas y vuelva a coser
aquí mi nostalgia se cura tan sólo
si yo la imagino tal cual la dejé”.

Porota.
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16 Enero 2019
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