Marcos

El ojo de Horus

Marcos
El espantoso crimen de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell hunde, inevitablemente, sus antecedentes en el barrio cordobés Cerro de Las Rosas, cuando varios jóvenes hicieron exactamente lo mismo con Marcos Spedale de solo 16 años. Fue el 8 de enero del año 2005, cuando los agresores patearon y golpearon a Marcos durante al menos dos minutos, y tapándole la cara con la remera para que no pudiera defenderse. Los acusados, que en su mayoría pertenecían a familias acomodadas de Córdoba, fueron bautizados como “la patota de los chicos bien”.

En líneas generales, la Justicia local fue bastante contemplativa demostrando una vez más que no siempre es pareja para todos. La condena mayor fue para Ramiro Pelliza, a 15 años de prisión por homicidio simple. Sin embargo, antes de tiempo fue beneficiado con la libertad condicional. También tres menores fueron condenados a 6 años pero dejados en libertad. Uno de ellos luego fue condenado por agredir a su pareja y provocarle un aborto. En cambio, el imputado Federico Carranza resultó absuelto.

Es imborrable el recuerdo de los padres de Marcos, Héctor y Silvina (ya fallecida), con sus rostros quebrados por el dolor y la desilusión con las “condenas” y absoluciones que lejos estuvieron de reparar aquella locura. Hace pocos días se cumplieron ya quince años del “caso Spedale”… de aquella madrugada enferma en la que unos “chicos bien” se cobraron la vida de Marcos.

Boxitracio
El exponencial crecimiento de los hechos de violencia urbana comienza a encender las últimas alarmas en una sociedad que mezcla altas dosis de mezquindad, indiferencia y prepotencia, con una singular contribución de las redes sociales y los medios que en la mayoría de los casos no hacen más que echar nafta al fuego. Claro que buena parte de los disturbios se producen en zonas marginales o cuasi periféricas en todo sentido. Allí las muertes por balazos o armas blancas son el común denominador. Sin embargo, la ‘señora violencia’ también atraviesa a los “medios y altos”.

En estos casos, el producto de las refriegas desemboca en lesiones por golpes y patadas. De tanto en tanto, algún joven muere como en Villa Gesell y entonces les preguntamos, horrorizados, a nuestros hijos y nietos si estas mismas trifulcas suceden en las fiestas a las que acuden ellos. Según parece, las dinámicas psicológicas de los grupos se siguen rigiendo por la voracidad del más ‘carteludo’. Dicho de otro modo, quienes más se las bancan son los que mandan.

Hace algunos días, un entrenador de boxeo relataba sobre las consultas de jóvenes que quieren aprender a tirar los guantes sin mayores pretensiones. Dicen: “Es por las dudas, por si me tengo que defender”. Así como el canguro boxeador de las Aventuras de Hijitus, no pocos adolescentes buscan ganar confianza por si alguien los apura y –en ese apriete- poder responder como lo hacía el querido Boxitracio.

 
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