Crónica de Babasónicos: jóvenes y pecadores

Agitador cultural, por Alejandro Eloy Rodríguez (Especial para HDC)

A la música argentina del siglo XXI le debemos varios sucesos: Charly García tirándose a la pileta por la ventana de un noveno piso; el regreso de Charly García a los escenarios en 2009, resurgiendo como un fénix perpetuamente inmortal; la emotiva caravana de despedida a Pappo en el cementerio de Chacarita; el Flaco Spinetta cumpliéndole el sueño a Gustavo Cerati en la noche de las Bandas Eternas; la despedida de Soda Stereo en River; la maduración de Divididos en su aplanadora formidable; el gol sinfónico en el último minuto de Messi a Irán en el mundial de Brasil. Una exuberancia de acontecimientos según el recorte singular de cada quien. Pero sobre todas las cosas, le debemos a este siglo de rock argentino el disco ‘Jessico’, de Babasónicos.

El festival la Nueva Generación, en su edición otoño, se desarrolló en la Plaza de la Música la semana pasada y tuvo como artista principal a Babasonicos. Vale recordar a ‘Jessico’ como un disco fundamental no solamente para la discografía de esta banda, sino también para la cultura argentina de las últimas décadas. De la crisis argentina de comienzo de siglo surgieron dos productos culturales musicales que supieron expresar el clamor de las calles. Uno de ellos fue ‘Presión’, de Callejeros: con poco ingenio en el plano musical o el gusto estético, Callejeros sin embargo supo traducir en este disco toda la atmósfera de la crisis argentina en sus letras, de una forma cruda y sincera, sin vueltas. De ahí un principio que puede explicar su éxito de masas o la interpelación de Patricio Fontanet con una generación entera. Distinto fue el camino que realizó ‘Jessico’, el otro producto musical surgido de aquellas entrañas: con una estética pop-rock, y algunas canciones que ya son parte de la cultura argentina, supo exponer con ironía y sarcasmo aquellos años infames, exhibiendo incluso la idiosincrasia argentina más allá de la época.

Después de ese disco trascendental del pop-rock nacional, y que marcó un punto de quiebre para Babasónicos, la banda siguió buscando aquel estilo y produciendo discos notables. Lo quiero decir: posiblemente Babasónicos sea una de las mejores bandas argentinas del siglo XXI. Aquella noche en la Plaza de la Música la banda realizó un repaso por toda su discografía. Adrián Dárgelos, líder y cantante del grupo musical, salió al escenario con su novedosa barba de Karl Marx y el paso sosegado de quienes ya son emblemas de una cultura.

Babasónicos es una banda seductora que despierta el romanticismo, y en aquel trance, en aquella satisfacción, nos preguntamos sobre las imposiciones, sobre las libertades y las prohibiciones. El romanticismo es pasión y es libertad, y el espíritu se enfrenta no solamente a los sentimientos contradictorios, sino también a las injusticas y las infamias sociales. La intuición es que somos una nueva generación de jóvenes empujados a la moledora de un futuro cada vez más difícil. Somos culpables de ser felices, somos culpables de crear, de construir, de hacer música, de escribir, de viajar, somos culpables de soñar. Nos han cambiado la doctrina, la culpa no es el castigo del pecado, sino de la felicidad.

Qué inocencia pensar que nosotros estábamos acá para la recreación y el goce. Nosotros, estas masas de jóvenes huérfanos de las instituciones del siglo XX, los que tendríamos que estar trabajando por un sueldo de miseria, para poder pagarles a empresas privadas los servicios públicos, para poder pagar las deudas ajenas como si fueran nuestras; los que mañana tendremos que trabajar más y cobrar menos, porque es lo que corresponde, porque es lo que los meritocráticos dicen que debemos hacer para ser como ellos. A la mitad del recital, Dárgelos interactuó por única vez con el público con un aviso agridulce: “Se viene un futuro difícil… pero no importa, nosotros vamos a estar acá para hacer y regalarles la mejor música”. Dárgelos ofrece los minutos de felicidad necesarios para hacernos olvidar, por solo un momento, que afuera la sociedad se cae a pedazos, que afuera de la Plaza de la Música los predicadores de la meritocracia nos estarán esperando con un perro y una biblia en cada mano.

Dárgelos y su banda, todos pecadores. Pecadores los que son felices, pecadores los que se atreven a soñar sin tener un techo propio, pecadores los jóvenes que se preguntan por el futuro, aquella tierra parida y estéril. Dárgelos lo sabe, siempre lo supo, lo sabía cuando grababa ‘Jessico’, ‘Miami’, ‘Infame’, y cualquiera de sus discos. Babasónicos ha marcado una época larga y dilatada, que parece no terminar nunca. Quizás la historia argentina no sea otra cosa que un laberinto memorizado por nuestra idiosincrasia terca y salvaje.

Lo sabían, y nos lo decían así, con el gusto dulce de la ironía, con los colores simples del sarcasmo. Que debíamos gozar, porque el futuro no era otra cosa que una tabla perdida en medio del mar, que debíamos salir a la calles del barrio desfachatados, como quien sale a pasear por las avenidas de Miami, totalmente despreocupados. Que debíamos hacernos la chupina del colegio para irnos a la plaza de la vuelta a fumarnos un porrito. Pecadores, les gusta vernos reír. No, Dárgelos es una aberración, debemos aspirar a otra cosa, a trabajar nueve horas en una oficina, a bajar la mirada cuando caminamos por la calle, a respetar al señor oficial, al señor periodista, al señor juez. A mostrarnos indiferentes cada vez que alguien pronuncia una mentira, a retirarnos cada vez que un joven es asesinado a la vista de todos, a callarnos, especialmente a callarnos siempre.

Para ser joven hace falta no perder la rebeldía. Cómanse a besos esta noche, hagan el amor y la revolución, prendan fuego y díganle a la compañera que la extrañan. ¿Debe arrepentirse Dárgelos? ¿Debemos arrepentirnos nosotros, por defender la bandera del amor y la justicia? No, nunca. Jamás nos avergonzaremos de nuestras pasiones.

29 Mayo 2018
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