No City for Young People / No hay ciudad para jóvenes

Manhattan follies | Por Esteban Maturin

Nueva York ha alimentado siempre su aura de eterna juventud. Esta idea-fuerza ha sido alimentada desde varias vertientes: la del arte -porque la última tendencia es la que se muestra en las galerías de Manhattan-; la de la moda, por lo mismo; la de los medios de comunicación y las tecnologías; la de las más audaces fórmulas financieras; etcétera. Pero todas estas vertientes se han apoyado en un dato demográfico objetivo: la ciudad ha sido desde siempre una meca para la gente joven.

Desde todo ese país-continente que son los Estados Unidos, los colectivos de migrantes jóvenes hacia la ciudad fueron la principal batería energética del dinamismo neoyorquino, con su carga de creatividad y ganas de hacer (a la par, en tantos de ellos, de una desaforada ambición y hambre de enriquecerse rápidamente). Este flujo migratorio fue una constante, con picos de aceleración en determinados momentos, como la segunda posguerra, en la mitad del siglo XX, o los períodos inmediatamente posteriores a la gran recesión. En esos momentos la llegada y el asentamiento de jóvenes se aceleraron, pero en las “cuentas largas” la tendencia receptiva nunca se frenó. Hasta ahora: la segunda década del siglo XXI ve, con cierto grado de azoramiento, cómo aquella fuerza mengua año a año. Manhattan sigue siendo la meca de la juventud norteamericana (y de buena parte del resto del mundo), pero los que llegan tienen cada vez más difícil encontrar dónde residir; y esa dificultad está empujando tanto, que la misma tendencia de llegada se está frenando.

Los altos –altísimos- precios en el alquiler de vivienda (ya que la adquisición directamente es prohibitiva por los valores inmobiliarios que se manejan) está reorientando la tendencia demográfica y, en un plazo relativamente breve para una ciudad que vive aceleradamente, impactará en dos campos: la reducción en el número de habitantes permanentes, y en su gentrificación. La “gentrificación” designa al proceso, común hoy en las grandes ciudades, de transformación de un espacio a partir de la rehabilitación de edificios deteriorados, agregándoles alturas. O sea, menos calidad de vida a un coste habitacional mayor: la carcoma de la vejez estructural que invade a las metrópolis.

Desde el cambio de siglo, Nueva York se achica en jóvenes entre sus residentes permanentes. En 2018 su población se redujo en 40.000 habitantes más, que se suman a cifras similares de los años anteriores. Y la tendencia ideológica dominante en este tiempo no ayuda: además de que los precios de los alquileres hacen que cada vez más gente se desplaza a lugares –inclusive distantes a horas del centro- donde la mensualidad sea pagable, la política anti-inmigratoria del gobierno de Donald Trump ha frenado en seco los aportes de las barriadas latinas, que tanto aportaron siempre al crecimiento y a la renovación demográfica de Manhattan. Porque los inmigrantes que llegan desde los países hispanos suelen ser muy jóvenes, además de prolíficos: aportan unos cinco hijos por pareja, un índice de nacimientos muy por arriba de la media norteamericana y que incide en la inyección de dinamismo urbano.

Nueva York, la mayor urbe de los Estados Unidos y símbolo del “sueño americano”, ahora expulsa a la fuerza motriz con que ese sueño se viabiliza. Los datos oficiales censan a 8.400.000 habitantes permanentes en la ciudad, y en baja. Las barriadas que han sufrido la mayor pérdida de vecinos son Queens, Brooklyn, y el Bronx.

Que Nueva York esté dejando de ser una ciudad joven y para jóvenes no es sólo un dato cultural, sino que tendrá consecuencias económicas. Quizás cuando estos efectos comiencen a sentirse en las grandes cuentas comiencen a bajar los alquileres...

16 Mayo 2019
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