Jaime Roos, el mejor costumbrista

Música | Por José Emilio Ortega

Para generalidad de los historiadores uruguayos contemporáneos, entre los años 1945 a 1955 transcurre el ciclo del “país feliz” u “optimista”, aprovechando un tranquilo devenir socioeconómico, afirmando el modelo integrador batllista -una ciudadanía involucrada, educada, tolerante-; construyendo una idiosincrasia más atenta a Europa que a América latina, mientras crecía una convicción: “Como el Uruguay no hay” y una seguridad: “país de excepción”. El Maracanazo de 1950, corona aquella sensación de gloria y disfrute.

En ese contexto, que traumáticos acontecimientos desgastarán, nace en 1953 el único hijo de René -francés, descendiente de holandeses- y Catalina -nacida en el Uruguay profundo-. Jaime Andrés no conocerá hermanos o primos, criándose entre grandes que ejercieron sobre él sensible influencia. Sus primeras andanzas se remontan a la Ciudad Vieja montevideana, sobre la calle Convención a la que, más maduro, le dedicará una semblanza. Se entrena en la estrechez del suburbio; pero paladea los últimos tramos de una estirpe familiar -la de los Roos- cuyo bastión, un departamento sobre la céntrica Plaza de Cagancha, es recordado por el artista como su origen. Y mientras pule su francés e inglés, se empapa de años 60, encontrando su primera referencia: The Beatles, a los que considera generadores de una revolución mundial.

Jaime se debate, como tantos inconscientes hacedores de la nueva ola cultural americana de los 70, entre un cursus honorum de clase media o romper lazos lanzándose a lo desconocido. Bandas de covers lo afinan como bajista -aunque tomará habitualmente la guitarra en grabaciones y conciertos-. Absorbiendo diferentes movidas artísticas -literarias, teatrales, cinéfilas, musicales- y abrevando en las corrientes rockeras post Beatles o Stones, a diferencia de otros jóvenes de su tiempo, no profundiza su compromiso político salvo en acompañar el fin del bipartidismo en la controvertida elección de 1971, votando el lema del Partido Socialista dentro del naciente Frente Amplio-. En un país desengañado, que se estrujaba irremediablemente, abrazará la vocación artística por sobre la carrera de contador. Integra los grupos Patria Libre y Canciones para dormir la siesta, largándose en 1975 a la aventura europea.

Dónde fuimos a parar

En perspectiva, define su emigración al Viejo Mundo como necesaria. Pasará por España, donde seguirá con Patria Libre, y llegará a París, capital que lo hace definitivamente parte del mundo adulto. Serán años largos, en una Europa menos conectada y transitando la crisis que en paralelo impulsa en varias capitales el contestatario movimiento punk. Jaime se gana la vida y se enamora; extraña pero no es tiempo de retornos. Como tantos pudo ver mejor al Uruguay -y a Latinoamérica toda- desde el otro lado del charco. Posiblemente, comenzaba a ubicarse intuitivamente en un sitio exacto; aunque faltaba tiempo para concretarlo. Sus experiencias como sesionista se entremezclan con el grupo Sumampa y el ballet folclórico Los Indianos. Se viene otro volantazo: graba una maqueta con cuatro temas (1976) y se lanza a un viaje, desde México DF a Montevideo. Experiencia volcada en su álbum debut, “Candome del 31” (1977), de buena crítica aunque escasa repercusión inmediata. La posterior carrera de Jaime lo recupera; clásicos como “Cometa de la Farola”, “Candombe del 31”, “Y es así” o “Carta a Poste Restante” fueron grabados en aquel ambiente tan austero como enrarecido.
Instalado en Ámsterdam, continúa como sesionista, concibiendo “Para espantar el sueño” (1978, Francia; 1979, Uruguay), que lo sigue instalando con canciones como “Sí sísí”, “Duérmase la mamá” o “Retirada”. Su capacidad creativa se afirma en “Aquello” (1981), grabado en Francia en 1980, mostrando gran forma lírica y musical. Treinta y tres (valga la paradoja) minutos de excelencia, con numerosos invitados, destacándose “Tu laberinto” o “Los olímpicos”.

Roos incursiona sin complejos en el rock o la murga. Sus letras son postales costumbristas: el amor, la noche, el fútbol, los tablados montevideanos; la soledad, la emigración típica de entonces, incertidumbres personales, la rambla o el río. En 1982 es turno de “Siempre son las cuatro” y más canciones: “Hermano te estoy hablando”, “Adiós juventud”, “Nadie me dijo nada” o “Desde aquí se ve”. “El tren que pasaba el martes / las vías abandonaba” reza profético y en 1983, sorteando un conflicto con la dictadura que se iba, se instala en su país para nunca abandonarlo. Llega el exitoso “Mediocampo” (1984) en el que vuelve a combinar corrientes contemporáneas, entre ellas candombe, rock y pop. Conforma la banda Repique (graban en 1984) y tras “Mujer de Sal junto a un hombre vuelto carbón” (1985) se consagra con “Brindis por Pierrot” (1985), sumando a la reconocida murga “Falta y Resto” y su voz solista, Canario Luna, con quien inicia una exitosa como accidentada relación artística. En plena transición hacia la democracia, la canción incluye un brindis por Zelmar Michelini, asesinado en Buenos Aires (1976, Plan Cóndor). Ya es definitivamente Jaime, a secas. Su onda se expande y cruza el río más ancho del mundo.

La leyenda

En la cima desde entonces, Roos editó alrededor de cincuenta discos más -entre obras nuevas y recopilaciones- entre los que sobresalen “7 y 3” (1986), “Si me voy antes que vos” (1996), “Contraseña” (2000) o producciones en vivo como “Concierto aniversario” (1998) o “Hermano te estoy hablando” (2009). Canciones como “La hermana de la coneja”, “Lo que no te di”, “Amándote”, “Te hizo vivir”, “Si me voy antes que vos”, “Los murguistas”, “Amor profundo”, “Cuando juega Uruguay” son parte de un colectivo enriquecido por artistas invitados que por él conocemos mejor -Mateo, Rada, Fattoruso o el mismo Canario, entre tantos-, cancionero que Roos, sin saturar, revisita, aunque realizó enteros conciertos advirtiendo que no tocaría sus hits. Reiteró cambios de banda -“La doble uruguaya”, “Contraseña”, etc.- procurando no estacionarse. Caminó muchas veces el Uruguay entero, y fue embajador oriental en diversos festivales internacionales. Autores como Rubén Blades o Mercedes Sosa grabaron sus temas. Incursionó en música para teatro o películas, con numerosos premios. Se animó al documental, produciendo junto a su hijo Yamandú el aclamado “3 Millones” (recordando la participación de “la celeste” en el Mundial de Sudáfrica). Es un reconocido productor de muchas bandas y solistas, desde Adriana Varela hasta los Trostky Vengarán o La Vela Puerca. Solo en Uruguay obtuvo más de ochenta oros y platinos. Si bien no escribió libros, se publicaron sobre él no menos de diez trabajos, sobresaliendo los de Milita Alfaro: “Jaime Roos/El sonido de la calle” (1987, agotado) y “El Montevideano” (2012). En Argentina, valorado por la crítica y público -recorrió el país de punta a punta-, obtuvo premios Gardel y ACE.

Todavía joven, pero muy trajinado, Roos le toma el pulso a internet mientras, retirado temporalmente de los escenarios -se dice- ordena “su laberinto”. Sabemos que “cuando se vio puesto en un papel” decidió la “hora de cambiar su pesada piel” (Vida Número Dos, “Fuera de ambiente”, 2006). En tanto, húsares “de su ejército endiablado” le seguiremos pidiendo “que no se apague nunca el eco los bombos” (Colombina, de “Estamos Rodeados”, 1991). Jaime, cuánto nos diste. ¡Y todavía queremos más!

16 Mayo 2019
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