Besos a la hierba

La calle de las librerías | Por Sebastián Menegaz

Esta era una de esas librerías a las que se va para visitar a un libro caro. Como si se visitara a una novia. Relaciones largas (mantuve una con el Joyce de Ellmann durante años) que la inflación –como una biografía paralela del deseo– melancoliza. Quiero decir: relaciones que se abarcan en la ilusión de haberse tenido alguna vez al alcance de la mano; como si cortejar la distancia fuera una manera de rozarse –como los verbos– en la insolvencia. ¡Asja Lascis en Moscú! Esa pasión más o menos secreta que efectúa la ruina y nos convierte en la materia del gasto. “Cuando para evitar una pelea quise abandonar su habitación, ella me agarró con fuerza y me pasó las manos por el pelo.

También dice con frecuencia mi nombre. Uno de estos días me dijo que era únicamente culpa mía que ahora no estuviésemos viviendo en una “isla desierta” y tuviésemos ya dos hijos. Hay algo de verdad en ese punto. Directa o indirectamente son ya tres o cuatro las ocasiones en las que me evadí de un futuro junto a ella: cuando no “hui” con ella en Capri (¿cómo hacerlo?); cuando me negué a acompañarla, desde Roma, a Assisi y a Orvieto; cuando en el verano de 1925 no quise irme con ella a Letonia; y aquel invierno en el que no quise comprometerme a esperarla en Berlín”.

Walter Benjamin va completando su Diario de Moscú como contempla los cuadros de la Galería Tretiakov: “En una de las primeras salas me detuve largo rato frente a dos cuadros de Shchedrin: uno del puerto de Sorrento y otro de un paisaje de la misma zona; en ambos se veía la indescriptible silueta de Capri, que para mí siempre estará ligada a Asja. […] Esa inmersión de su persona en mi mente cuando apenas iniciaba la visita al museo determinó también el espíritu de mi contemplación posterior”. (Que incluyó –entre otros– un retrato de Dostoievski.)

Todo esto con una enmienda: es el rito (el régimen de visita) el que circunscribe el templo. Todas las librerías pueden ser esta, y todas también pueden no serlo, siendo a su vez la misma; solo basta con pasar de largo por el estante adecuado. (Volver a Capri y no visitar a la condensa de Gneisenau –y ser, ahora, Rilke–.)

Por cierto: no era este el caso cuando alguien invocó a Vicente Luy. [El libro caro que visito aquí trae cosida una cintita azul de raso que escala, se desplaza –desde el verano– entre sus páginas gruesitas sin que nadie lo advierta]. Luy frecuentaba esta librería. “Era amigo, sí… qué se le va a hacer”. En la respuesta del librero, como una licencia del ritmo, el borde esférico (el filo inaferrable) de los poetas suicidas. El que hacía preguntas trataba de impresionar a otro, superior en jerarquía –un Man off Letters de paso en la ciudad para asistir al Congreso de la Lengua–, de quien aparentaba o aspiraba a ser su sherpa. ¡Sus ditirambos inundaron el local! (Conforme el aludido, como sin oír, absorbido por la mesa, contaba en silencio cuántas editoriales indies habían publicado este mes a Wislawa Szymborska). En esta librería no hay un anaquel de escritores suicidas (como sucede en el subsuelo secreto de alguna otra), pero caí en la cuenta –en parte porque en un momento el Man off Letters lo hizo a un lado para llegar a alguna parte– que de haberlo habido Édouard Levé y Vicente Luy debieran haber ido juntos. O a lo sumo separados por Lugones. O unidos por Malcolm Lowry (nunca lo sabremos: según qué se interprete como salto al vacío.)

“Hacer de la vida y la muerte una experiencia tan acoplada a la obra como las dos mitades de un lenguado”, escribía Jesús Ferrero en una faja, a propósito de Levé. Lo hice a un lado para llegar a la siguiente aseveración: escribir un libro sobre el suicidio, titularlo Suicidio, entregarlo a un editor y suicidarse, solo puede –un programa así– coronar un acto poético sublime si el que se suicida es el editor. (O si el manuscrito no se ajusta al catálogo). Hacer pensar a los escritores como editores, ¿no es esta una de las astucias más refinadas de los segundos? (Llamar Zeitgeist a la tautología temeraria suele ser otra). Richard Holmes –en otro libro caro– se pregunta si acaso en los manuscritos de Nerval no se esconderá su nota suicida, y se lanza a un Griffith last minute rescue dispuesto a llegar siempre un minuto tarde. “Me incliné dos veces hacia adelante, y no sé qué fuerza me empujó hacia atrás; todavía estaba vivo, encima de la hierba, que besé”. (La hierba de los acantilados de Posilippo, frente al mar de Nápoles). Nerval se ahorcó en la rue de la Vieille Lanterne el 25 de enero de 1855, junto al Sena. Gautier dijo que en los bolsillos del abrigo traía las pruebas a medio corregir de la segunda parte de Aurelia; el registro del depósito de cadáveres de París mostró que ni siquiera traía abrigo (Gautier, además de su amigo, era su editor.)

Roberto Bolaño también besó la hierba de los acantilados de Posilippo. Habían cobrado la forma de una carta de Enrique Lihn (quien quiso editarlo –antes que nadie– pero no pudo). La nota suicida de Benjamin –que por cierto es otra– tampoco anula una salvación: “Nos dijimos adiós, ella desde la plataforma del tranvía y yo quedándome atrás, intentando decidir si debía seguirla, saltar hacia el tranvía con ella o no”. (El Diario de Moscú es una oferta irresistible.)

22 Mayo 2019
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