New Old South (2) / Nuevo viejo sur (2)

Manhattan follies | Por Esteban Maturin

Cuando se baja de las terminales ferroviarias múltiples que se concentran en el “Oculus” de Calatrava, se aterriza en esta punta sur de Manhattan que es, a la vez, tan vieja y tan nueva.

Para respirar del peso de las moles de cemento, conviene llegarse un rato hasta el más hermoso de los recreos verdes del barrio antiguo, que junto con el Central Park del corazón de la isla conforman el diálogo de parques armados para oxigenar el peso del concreto de NYC: Battery Park, donde siglos atrás los holandeses primero, y los británicos después, protegieron el puerto y la ciudad naciente con una batería de artillería que hoy, al verla con las dimensiones que ha alcanzado la tecnología de la guerra, parece apenas de juguete, elemental, primaria. Y más cuando se la mira vecina de la calesita de temas marinos del Sea Glass Carousel (creada por Warrie Price en 2015): así como los cañones de las viejas baterías militares evocan un pasado duro, metálico y guerrero, la calesita, con toda la tecnología visual puesta al servicio de la fantasía, gira hacia un hipotético futuro blando, acuático y pacífico.

En la costa del Battery Park se encuentran los muelles de donde parten los barquitos y el ferry hacia la Estatua de la Libertad y hacia la isla Ellis; los tickets para los botes (que incluyen las entradas a los museos) se compran en el Castillo Clinton, el fuerte construido para la guerra de 1812 que también es un monumento nacional.

Con estos ferrys, en unos minutos se puede circunnavegar por todos sus lados a Liberty, aquel regalo de Francia a todos los Estados Unidos, pero que ha devenido en el símbolo más icónico de la ciudad. Si se elige descender en la isla, el museo dedicado a su construcción, traslado, instalación e historia resulta entretenido y anecdótico, aunque en las temporadas la cantidad de turistas puede ser agobiante.

Y antes de volver a Battery Park y al puerto del Castillo Clinton, la ruta del ferry comunica también a la isla Ellis, que ha pasado a la historia por haber sido el primer puerto de desembarco de las grandes oleadas inmigratorias europeas de los siglos XIX y XX. El antiguo edificio de la inmigración, abierto precisamente con el cambio de siglo, en 1900, funciona como museo fotográfico y de artefactos, además de exhibiciones interactivas y relatos orales que resumen las cargas de aquellos viajes, las condiciones desastrosas que empujaron a las expulsiones en masa desde los países de origen, y las peripecias de un viaje que era aún, en gran parte, una apuesta a lo desconocido y a un sueño de imágenes vagas. Uno de los puntos de atractivo más reclamado está en el Centro de la Historia de la Inmigración de la Familia Americana, donde se pueden ubicar los nombres de parientes o conocidos arribados a América por esta puerta de entrada.

Una vez vueltos a Manhattan, los mismos muelles funcionan como paradas fluviales del New York Water Taxi, unas lanchas cómodas (y rápidas) que son una excelente opción, si se ha ido hasta el barrio bajo con tiempo y en plan pick-nic, para darle otra mirada, con la distancia panorámica de un recorrido frente a las costas del East River y del Hudson.

Si este paseo fluvial y marítimo aún les deja fuerzas (y ganas), el Lower Manhattan tiene algunos obligados lugares “terrestres” por los que pasar, como tomarse un vaso de cerveza tibia en la Fraunces Tavern, ininterrumpidamente abierta desde 1750, acodados en los mismos mostradores de madera donde se apoyaban George Washington y sus amigos del ejército revolucionario. Se los cuento el jueves que viene.

23 Mayo 2019
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