Furia de invierno de Perla Suez

El centinela ciego | Por Leandro Calle

Con su estilo característico, un lenguaje ceñido y óseo, la escritora Perla Suez toma por las solapas al género negro, lo sacude, lo acorrala y lo hace hablar de manera impecable.

Claro, una reseña de un libro policial, tiene siempre sus complicaciones. Me viene a la memoria el viejo cuento del acomodador de cine. Sí, porque antes, cuando uno llegaba tarde y la película había comenzado, aparecía la figura del acomodador que con una linternita te mostraba el asiento donde podías ubicarte. En el caso de los adultos era como natural y lógico dejarle una propina. El cuento refiere que un hombre tacaño va a ver una película policial, llega tarde y no le deja propina al acomodador. Éste, en venganza y después de haberlo dejado en la butaca correspondiente, se le acerca al oído y le susurra: “el asesino es el mayordomo”. Pues bien, no quisiera yo ser el acomodador y develar la historia. Aquí reside la complejidad de las reseñas de las novelas policiales y/o de género negro. Ya con esto, voy diciéndole al lector que la novela de Perla Suez tiene un final sorprendente, una vuelta de tuerca inesperada y al mismo tiempo una perfecta coherencia entre la trama, el argumento y el desenlace. Pero como dije antes, no voy a caer en los vicios de acomodadores rencorosos o vengativos. Me limitaré entonces a prender la linterna e iluminar algunos aspectos que persuadan al lector a zambullirse de cabeza en esta nueva novela de Edhasa.

El personaje principal se llama Luque y Luque, huye, huye desesperadamente de Buenos Aires y recala en Paraguay. La novela tiene tres partes que corresponden a tres cronotopías. Un Buenos Aires de 1979; Ciudad del este en 1983 y otra vez Buenos Aires en 1994. Ni las fechas ni los espacios están puestos al azar. Bueno, ya lo sabe el lector, con Perla Suez, nada está escrito al azar. Perla construye una arquitectura de palabras que hilvana de manera precisa. Cada elemento, cada palabra incluso cada espacio y silencio de la novela, pareciera estar largamente pensado, medido. Como decía Maupassant “el talento es una larga paciencia”. Talento y trabajo caracterizan la narrativa de Suez.

Luque, como bien lo señala la contratapa del libro, es enigmático y oscuro y por eso mismo atrae. Luque huye, vive, se instala en otro lado, vuelve. Luque es de algún modo un Ulises oscuro. Si como decía Leopoldo Marechal, todas las novelas tienen detrás o la marca de la Odisea (viaje y travesía) o la marca de la Ilíada (lucha y guerra), en el caso de “Furia de invierno” estamos ante la travesía, el itinerario, el viaje. Pero a diferencia de Ulises u Odiseo, el célebre guerrero “politropos” término que se traduce como ingenioso, fecundo en ardides, astuto, etcétera, Luque es un oscuro fugitivo. ¿Tal vez un antihéroe? ¿Un maldito? En algo coinciden Ulises y Luque: en el destino. No son ellos los que fraguan su andar, hay un movimiento celestial y olímpico, una lucha de dioses y de diosas donde a la manera griega los hombres son juguetes de las divinidades. Claro, en el caso de Luque, no existe esta tensión digamos “celeste” pero si encontrará el lector un nubarrón de oscuros designios, una masa desconocida y anónima que toma decisiones, que dirige de algún modo los posibles destinos de algunos seres humanos. En el capítulo 13 de La Odisea, Ulises habla: “Así errante vagué, desgarrado en dolores mi pecho, hasta el tiempo en que términoa ello pusieron los dioses…”. Luque no vaga, Luque huye hasta que la mano del destino lo hace volver: Rita (personaje fuerte y siniestro de la novela) le dice: “Tengo un trabajo perfecto para vos, sé que me vas a responder. Sos un tipo capaz, no podés ser un simple pasero toda tu vida”. Ahí, Luque regresa a esa Ítaca a la cual no debería haber vuelto. Pensando en Luque, (Ulises), no sé por qué me estalló en la cabeza el mundo griego y apareció Kavafis con su poema “La ciudad”: “No hallarás sitios nuevos, no hallarás otros mares. La ciudad te seguirá. Darás vuelta por las mismas calles… Siempre llegarás a esta ciudad. Para otra parte –no lo esperes- no hay barco para ti, no hay camino. Al arruinar tu vida aquí, en este pequeño rincón, en toda la tierra la arruinaste”. La traducción es de Horacio Castillo. Y creo que el poema o mejor dicho esos versos del poema, son una advertencia o tal vez una lamentación porque el destino ya ha fijado la proa del barco hacia su destino final. Luque conduce una camioneta. Luque que antes huía de Buenos Aires, ahora vuelve conduciendo una camioneta. Pero no es él quien conduce su destino, otros/as han decidido el qué, el cómo, el cuándo y el dónde.

Perla Suez, lejos de la candidez de Penélope en la Odisea, es ciertamente una Penélope aguda y astuta que teje y desteje la trama y el argumento de esta novela negropolicial. La imagino calibrando palabra por palabra, silencio a silencio para pesar y sopesar la estricta armonía, la arquitectura colosal y la precisión de relojería que podemos encontrar en “Furia de invierno”. Nosotros, los lectores, también somos Ulises. Navegamos en la novela, huimos como Luque y nos trasladamos al país de las letras. Perla Suez, teje y desteje allí nuestro destino. Penélope o Palas Atenea, la escritora nos aguarda con un final contundente, una vuelta de tuerca magistral que nos hará volver hasta los epígrafes iniciales de la novela y ver cómo todo, estrictamente todo, está planificado desde un comienzo. Le aseguro que no se sentirá engañado, al contrario, sentirá admiración por una trama verdaderamente brillante.

23 Mayo 2019
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