New Old South (3) / Nuevo viejo sur (3)

Manhattan follies | Por Esteban Maturin

Si el viaje fluvial y marítimo cuyas coordenadas relatamos los jueves anteriores en esta columna no los ha agotado y prefieren seguir andando, el Lower Manhattan terrestre tiene una ruta por demás interesante. Las paradas sugeridas, en un territorio pobladísimo de referencias viejas, nuevas (y hasta futuras), a nuestro criterio son: el Puerto de South Street; el Museo Nacional de los Indios Americanos; la Fraunces Tavern; un sandwich en alguno de los carritos alimentarios que pueblan Wall Street; subir las escalinatas del Federal Hall National Memorial; y hacer una pausa en la penumbra neogótica de la Iglesia de la Trinidad, antes de comenzar la caminata hacia los barrios que coronan la punta sur de Manhattan (Chinatown, Little Italy, Soho, y Tribeca).

Cuando se desciende de los ferry que vienen de las islas en Battery Park, se puede hacer una transición entre el mar y la selva de cemento recorriendo algunos tramos del antiguo puerto, hoy Distrito Histórico del Puerto de South Street, que abarca unas diez manzanas alrededor de la calle que le da nombre y Fulton St. El Museo del Puerto recorre la historia del proyecto original de la ciudad: ser un enclave de paso, una intersección comercial entre las rutas marítimas. Las transformaciones en las comunicaciones, y luego la emergencia de la economía financiera, terminaron por desplazar la jerarquía de aquel proyecto; aún así, pueden verse en el museo miles de modelos de barcos en miniatura, en tamaño medio, y hasta grandes embarcaciones de vela (como el fantástico buque Peking, un gran velero de cuatro mástiles de principios del siglo XX) amarrados en los Muelles 15 y 16 del distrito.

Junto al puerto, con entrada por la gran rotonda de la Aduana, está el Museo Nacional de los Indios Americanos, una construcción y un homenaje que no pueden terminar de ocultar el sentimiento de culpa por la destrucción cultural que la aplanadora de la conquista pasó por estas tierras. Por eso, quizás, el Museo tiene permanentemente las puertas abiertas y la entrada sin cargo, a diferencia de casi todos sus colegas de Manhattan. Es parte del Instituto Smithsoniano y se encuentra en el Centro George Gustav Heye, que ocupa dos pisos del edificio de la Aduana, un hermoso Beaux Arts construido en 1907. Hay exposiciones permanentes y temporarias de literatura, idiomas, historia, arte, y todo lo que puede relacionarse con los indios que ocupaban las praderas y las costas de América del Norte al momento de la llegada de los europeos. Son impresionantes los fondos de imágenes: unas 325.000 fotografías, en todos los soportes y de todas las épocas, algunas de ellas expuestas en gran formato en la rotonda elíptica, iluminadas naturalmente desde la una claraboya de cristal que –dice el cartelito informativo- pesa 127 toneladas: el peso de la luz.

La Fraunces Tavern (54 Pearl St.) es uno de los edificios más antiguo de la ciudad, y como también tiene categoría de museo, han logrado conservarlo con alguna autenticidad: está abierta desde 1760. Alguna vez fue el cuartel general de George Washington y sus muchachos, que se nombraban a sí mismos como Hijos de la Libertad. Hace un contrapunto interesante con el Museo de los Indios vecino, y mezcla partes de historia de la Revolución americana y una buena dosis de gastronomía y cervezas contemporáneas: el bar del sótano es una sucursal de la Irish Porterhouse Brewing Company, el pastel de carne que sirven es exquisito, y una de las tantas cervezas, la oyster stout, hecha con el fruto del lento hervor de ostras en el tanque cervecero, es una experiencia recomendable. También hay, en una especie de parque temático, galerías de pinturas de fines del XVIII; recreaciones de habitaciones posrevolucionarias; proto-oficinas gubernamentales de los primeros años de la emancipación; unas 200 banderas que ondearon en las batallas revolucionarias y –nadie sabe bien por qué- también unos mechones del pelo de George Washington y uno de sus dientes postizos. Creer, o morder.

Si estos elementos de muestra de su humanidad han hecho descender un tanto la consideración del ilustre Washington, la misma vuelve a alzarse al subir la larga escalinata que da acceso al Federal Hall (26 Wall St.), y ubicarse durante algunos segundos junto a su inmensa estatua de bronce, plantada sobre el lugar exacto donde fue investido como primer presidente de los Estados Unidos de América en 1789. Recuperada la mística y el respeto, se entra al pequeño edificio circular y neoclásico: aquí funcionó el primer Capitolio y se reunió en primer Congreso; sorprende su reducida dimensión (apenas el del estar de una casa de familia) al proyectarlo sobre el gigantesco tamaño de las instituciones de hoy.

Y tanto ajetreo merece una pausa. Nada mejor que sentarse bajo las arcadas neogóticas de la Iglesia de la Trinidad, en la intersección de Wall Street con Broadway, para recuperar fuerzas. Porque, luego, la caminata hasta Chinatown es larga.

06 Junio 2019
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