Matteo perdió el empleo

Literaturas lusófanas | Por Miguel Alberto Koleff

No es una novedad que la noción de contactos esté provocando importantes cambios en nuestras relaciones cotidianas. Muchos de los nombres de nuestra libreta de direcciones son eternos desconocidos que –por uno u otro motivo- hemos ido incorporando a nuestro almacén de datos. Su presencia en las redes sociales es un seguro contra la incomodidad ya que un posteo indeseado los condena a desaparición. Es decir que, en la medida en que no perturban nuestras ideas y/o pensamientos, anidan tranquilos y hociquean a discreción las actividades que realizamos y las opiniones que tenemos sobre el mundo. Curiosamente, el destino de aquellos que sí conocemos y con los que compartimos el día a día, se les asemeja bastante, lo que opaca –de alguna manera- el tenor de la experiencia. En el muro de Facebook no se aceptan imposturas y por lo tanto aceptar, reciclar, bloquear personas y volver a aceptar no pasa de ser un hábito corriente.

Acerca de estas cuestiones, el filósofo italiano Giorgio Agamben formuló algunas ideas interesantes para traer a colación. En un breve artículo denominado “Identidad sin persona” traza la historia de la identidad humana remontándose al inicio mismo de la existencia. Su punto de partida radica en el estatuto de la valoración ya que “es sólo a través del reconocimiento de los otros que el hombre puede constituirse como persona”. Esta verdad que no puede ser replicada así nomás, fue puesta en duda por la historia, sin embargo, cuando se hizo necesario identificar delincuentes de manera objetiva y sin apelar a criterios intersubjetivos. De esta manera, a las propias declaraciones y a las de los demás, se sumaron diferentes técnicas biométricas (como la fotografía, la huella dactilar y la firma) que coadyuvaron a la tarea de dar entidad a las personas. Resulta curioso –claro- que un procedimiento nacido con este fin, se generalizara y se instituyera como obligatorio para todos los ciudadanos como sucedió en el siglo XX en que, a través del DNI, le cedimos a la exterioridad el derecho de hablar en nuestro nombre. La novedad que aporta el siglo XXI a este debate -con las redes sociales a todo vapor- no deja de ser curiosa también: la identidad personal ha pasado a convalidarse sólo por elementos extrínsecos poco importando en realidad quienes verdaderamente somos.

La propuesta de Agamben va a contrapelo de esta materialidad impune ya que él se pregunta por “la figura de lo humano” que debemos buscar más allá “de la facies biométrica” con la intención de recuperar la impronta originaria. Pero, al formularla, no deja de exponer una paradoja que tiene que ver con la impunidad que supone el hecho de poseer una identidad pública que resguarda –al mismo tiempo- la íntima.

Un libro de Gonçalo Tavares, de alto impacto para aproximarnos a esta problemática virtual, es Matteo perdeu o emprego [Mateo perdió el empleo] que salió a la luz en 2010 en una impecable edición de la Porto Editora acompañado de fotografías de maniquíes dispuestos en serie. La ilustración funciona como un claro paratexto que brinda una importante pista: no va a concentrarse en seres humanos de carne y hueso cuanto en contactos y funciones, es decir, acciones realizadas por sujetos desprovistos de biografía que tejen relaciones con sus pares a partir de circunstancias que los entrecruzan pero que no dejan inscripta ninguna huella en el vínculo. El libro está formado por 25 episodios encadenados a partir de la lógica del nombre propio del protagonista de ocasión, que cede paso –en el capítulo siguiente- a uno nuevo mencionado en el anterior, y con negrita, a modo de hipervínculo. Ese otro vive su experiencia puntual sin verse siquiera afectado por el encuentro precedente, como si solo pasara la posta y siguiera adelante. La narrativa que progresa implacablemente hacia el final –con la inclusión de un último texto- vuelve en realidad sobre sus propios pasos, errándose en un círculo disruptivo.

Antes de abocarnos a esa fractura, ejemplifiquemos el mecanismo tomando como argumento el primer caso denominado “Aaronson y la primera rotonda”. Deparamos allí con un joven que –entre los 27 y 30 años de edad- corre diariamente por una rotonda desafiando el peligro que significa la presencia de automóviles a gran velocidad durante el inicio de la mañana. El circuito impuesto por el personaje es de 300 vueltas que debe cumplir sin ningún titubeo. Pese a que el texto no explicita ninguna motivación ni personal ni social que explique tal circunstancia, lo cierto es que al cumplir los 31 años el protagonista decide alterar el rumbo habitual que y correr en sentido inverso al de los coches, situación esta que le provoca la muerte en la primera vuelta ya que el Sr. Ashley no puede esquivarlo. Interrumpido por algunos minutos el tránsito hasta, la trama se recompone con un nuevo episodio que incluye al conductor como agente de la acción que se sucede, relevando como único dato el tiempo perdido debido al incidente.

La situación, así reseñada, es clara en lo que a contactos se refiere porque nada une a los personajes en cuestión más allá de la visceralidad del mundo propio en el que están contenidos y que se toca sólo por azar con el del otro. El conjunto textual que sigue se ordena conforme esta lógica, excepto el último relato que –como ya advertimos- quiebra el dispositivo narrativo porque altera su modus operandi. El personaje de Matteo que gana fuerza en esa oportunidad, no cumple una función como el resto; tiene un empleo, y este le exige una envergadura emocional de contundencia para la que no está preparado. A él le cabe asistir a los discapacitados en las tareas que le son impedidas por no poseer brazos o piernas, y esta actividad –quiera o no- le implica una empatía con el otro que ya no practica. Tanto es así que no puede menos que sucumbir a su exigencia, debiendo abandonarlo. De este modo, se queda sin trabajo y se presenta a nuestros ojos más invalidado que aquellos otros que -en lugar de vivir- se mueven como autómatas.

Con esta brillante resolución, el escritor portugués le devuelve carnadura humana a su personaje (a quien homenajea en el título) y no lo reduce a un nombre más de una larga lista. Sin embargo, no puede protegerlo de los peligros que esa vulnerabilidad le provoca. Al fin y al cabo, el rostro más allá de la máscara “nos sobresalta de improviso en nuestras andanzas y en nuestro sueños, en nuestras inconsciencias y en nuestra lucidez” al decir de Giorgio Agamben por más que le cueste a la cédula de identidad y a nuestra biodata en las redes sociales.

06 Junio 2019
Whatsapp
© 1997 - 2019 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar