Últimos atardeceres en Poniente

TENDENCIAS EN LA RED | Por Pablo Natale 

Yo también extraño a Game of thrones (GOT). Es algo que pasaba todo los años pero que ahora parece tener una respuesta indeclinable: se acabó. Debe ser algo que está en el ADN epocal: este fanatismo por las mitologías espectaculares, por las historias de mundos paralelos. Restos arqueológicos de las últimas décadas: la máscara de Darth Vader, la casa Simpson, Gollum correteando con un anillo, las arremetidas robóticas de Messi, esos dragones ominosos.

Yo, también, imaginé un final distinto (en el mío los White walkers no desaparecían). Dejé de darle rosca a eso desde que el final industrial ya estaba sellado. Me di cuenta de una cosa obvia: GOT era la única serie basada en una saga escrita inacabada, y ese detalle primigenio la distingue del mar de series posibles. Justamente eso habilitó que fans del reino de los inagotablemente insatisfechos hiciera una solicitada irrisoria en la web y que reinara cierto tipo de indignación tierna, ese tipo de pataleta social que a veces amerita que se le cobre impuestos.

Es cierto: se le puede criticar a ese final su velocidad, su falta de sutilezas y el abuso de referencias a nuestro mundo. A saber: deux ex democracia, la lamentable cópula moralista entre fascismo y crítica al sistema imperante, Arya transformada en una especie de Cristobalita Colón copada. ¿Pero de qué piensan que está hecha una serie que dura tantas temporadas si no es de la erosión de las complejidades, de la presión financiera que la produce y de la salida más conveniente posible dado las preferencias morales del público cautivado?

Hay que decirlo: GOT no fue una serie sino dos. La primera estaba basada en los libros de Mr. Martin. La segunda fue directamente ‘fan fiction’ fogoneada por el público realizada con el fondo monetario serial, y producida con y también contra el deseo y el tiempo. La primera GOT tuvo su momento más emocionante y cardíaco en la boda roja. La segunda GOT tuvo su cima emocional en el asesinato del Lord Walker. Piénselo un rato: de un lado, la sorpresiva masacre de los buenitos. Del otro, la calculada muerte del más monstruoso (aquel con quien no podemos empatizar). En esa escena misma están, como si fuera poco, los problemas del salto temporal y la velocidad, retratados fielmente en el salto en largo de Arya.

Es que desde la sexta temporada pareció como si hubiesen llevado la teletransportación a Poniente. Teletransportación y teletranspostración. Toda obra esconde su mano y esconder es una forma sutil de mostrar. La mano de esa serie llamada GOT (I) fue Meñique. Meñique era el guionista secreto, quien orquestaba los movimientos que llevaban a la pasión y al colapso. En GOT (II) el guionista resultó ser Bran, ese adolescente en que se movía de manera metafísica, insondable, rimbaudiana.

Quizás el punto de inflexión fue ese gran capítulo donde Hodor sostiene una puerta. ¿Fue esa la puerta por la que dejaron de pasar ciertas cosas y comenzaron a pasar otras? ¿Es ahí donde lo que podía ser dejó de ser y lo que estaba siendo, sería? Los personajes de los White walkers: qué manera tan snob de desaparecer. ¿Alguien vio, en esas miradas entre Bran y Lord White walker, una canción de amor?

Hablando de últimas palabras y de canción de amor: ahí está la huella ‘fan fiction’ que los guionistas de la segunda GOT supieron reconocer en uno de sus gestos de honestidad tronal: Lady Brianne reescribiendo una parte de la historia, ella, que fue tan fanática que hasta aceptó adaptarse el rol estereotipado de seducida y abandonada. Va un gesto de honestidad tronal más: que en ese final tan a la europea y tan a la modernizadora se nos recordara de qué era la serie realmente, algo que siempre supimos y que constantemente votamos por olvidar: mucho menos la historia de varias familias que la ascendencia al poder (épica y shakesperiana) de una de ellas, llegando al extremo casi obsceno de soltar a cada uno de sus sobrevivientes a un punto territorial del poder y aduciendo, además, que el nuevo rey era el portador del conocimiento histórico total.

Y sin embargo: ¿por qué aceptar las reglas del juego de tronos, por qué no hacer como el dragón y quemar la rueda, por qué aceptar esa versión del relato en donde el final spoileriento modifica todo lo que está antes y, sencillamente o nos satisface o nos desencanta? ¡Dracarys!

Hay otras series posibles. Hay otras melancolías posibles. Hay otras emociones reinantes posibles, hay miles de artículos más que por hartazgo nadie ya va a escribir y hubo muchísimas muertes y capítulos antes de que enloquecieran a un par de reinas. Me quedo con un posteo de Facebook que decía algo así: “no entiendo cómo hay gente que desprecia a una serie que pone a un puto gordo y pelado, una chica negra, un enano que mató a su padre, a una ex víctima de trata convertida en reina y a tres dragones mala onda al frente de una flota de barquitos. La misma serie en la que una mujer de pelo corto hace volar por los cielos una iglesia mientras se toma un vinito y donde una nena es más sabia y valiente que una horda de viejos”.

Yo, también, sostuve fielmente esa puerta. Ahora sí, estas han sido las últimas palabras. Rueda, decapitada, mi cabeza GOT.

11 Junio 2019
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