Distancia que trae distancia

Laboratorio de Padres | Por Arturo Perrè

La distancia, al igual que el error, es relativa a quien la mire: en qué momento se vuelve insoportable dependerá de cómo la interpreten cada uno de los extremos de la línea recta. Siempre la distancia es una línea recta. Para algunos, será mínima: una videollamada o un mensaje de WhatsApp bastará para aflojar y unir las dos puntas de esa soga tirante por unos segundos y llenar rápidamente la barrita en sus cerebros que tiene el rótulo Mamá y Papá. Para otros, en general los padres, la distancia será inconmensurable ¿Es una regla que los hijos sufren menos las distancias que sus padres? Seguramente no.

Un día, paseando junto a mi amigo y padre por excelencia, coincidimos en que sería todo un desafío vivir alejado de un hijo. Un ser que toda su vida te demandó presencia un día decide alejarse sin más, por amor, por trabajo, o porque se le canta. Los dos concluimos que lo mejor sería no claudicar en nuestra tarea de ser un padre intenso y mudarnos cerca de sus paraderos, cerca, pero lo suficientemente lejos como para no asfixiarlos.

Por caso, ella -yo tengo solo hijas- se muda a Alemania para vivir y transitar su anhelo de refugiada chic y yo me mudaría cerquita para estar ahí, en cinco minutos, acomodándole los cartones cuando esté durmiendo. Todo el mundo sabe que los trenes teutones son veloces y puntuales.

Para ser más gráfico, ya que esta es una columna de divulgación científica, ¿a cuántas canchas de ‘football’ un padre puede vivir alejado de sus hijos? Quizás el quiebre radical de la distancia sea el momento en que las canchas de footballestén tapadas por el océano.

Palabras claves: distancia, libertad, necesidad.

Los hijos vienen al mundo y, a fuerza de pañales y berrinches, se hacen lugar en nuestras vidas. Minuto a minuto te marcan la cancha y te dicen: “Che, acá estoy, dame bola porque si no se pudre todo”.

Ansiamos el momento en que tengan libertad y nos dejen respirar o ir al baño en paz, pero con el paso del tiempo esa libertad se vuelve una amenaza y puede llegar a su punto más polémico cuando deciden viajar y “probar suerte” ¿Pero por qué tememos por el bienestar de nuestros hijos? ¿Acaso no tienen todas las herramientas para afrontar y decidir sobre esa pequeñísima porción de la vida que los seres humanos manejamos o creemos manejar? ¿O en el fondo tememos por nuestras propias vidas? ¿Algún día los vamos a necesitar?

En regiones de pobreza extrema de África o India hay grupos de personas que subsisten sólo gracias a su propia fuerza física aplicada a un pedazo de tierra seco y cansado. En estas latitudes, el plan hijos, más allá del amor y la realización personal, también es sinónimo de subsistencia ya que la fuerza y la vigorosidad disminuirán inevitablemente con los años. La pensión o la jubilación no están ni siquiera entre los anhelos. No hay médicos ni tampoco drogas diseñadas para tener una vejez apacible y alejada de padecimientos. La decisión de un hijo de irse a la ciudad no sólo pone en riesgo su propia vida, sino que fundamentalmente arriesga la subsistencia de sus padres y abuelos, que quedarán sujetos a sus propios cuerpos extenuados.

En Argentina ocurre lo mismo ¿Cuántos abuelos aún dependen de las changas que puedan hacer para seguir viviendo? ¿Hasta qué edad alguien puede hacer changas?

Conclusión: ¡Feliz día del padre!

12 Junio 2019
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