El espíritu de la ola

Libros | Pablo Black

Comentario sobre “El cerebro: un hisopo”, de Daniel Groisman

Tal como lo imagino, Daniel Groisman es una suerte de Pierre Menard o, mejor, de Bill Murray en El día de la marmota, es decir un tipo obstinado, incesante, alguien que sabe ponerle el pecho a la repetición.

Escuchen si no este texto de El cerebro: un hisopo.

“Anoche tuve un sueño en el que un equipo de comunicación audiovisual me contrataba para hacer una publicidad de laxantes. Me daban plena libertad de expresión, pero un tiempo máximo de 5 segundos. Al despertarme del sueño anoté la fórmula que estaba dispuesto a venderles. Un slogan que buscaría penetrar hasta en los individuos más reacios al marketing de nuestra población intelectual: ‘Andá de cuerpo, no seas de mente’ ”.

¿Notan lo que digo? La repetición está en todas partes. Deconstruyamos el pequeño texto. Para empezar, se trata del relato de un sueño y, como sabemos desde que Freud metiera su cuchara, el sueño es la forma más transparente de retorno de lo reprimido. Para seguir, está el tema sobre el que versa el sueño, es decir, la mierda. Y podríamos preguntarnos, ¿existe acaso un elemento más elocuente, más a mano de todos al momento de figurarnos la repetición, que la mierda? Si hasta la usamos como metáfora universal de aquella: la misma mierda, decimos por ejemplo, y ya enseguida nos entendemos. Pero hay más. Está también lo que podríamos identificar como el objetivo o el deseo que se persigue en el sueño, es decir, el slogan, algo, el slogan, cualquier slogan, cuya naturaleza, cuya razón de ser, reside precisamente en machacar, en volver una y otra vez hasta parasitarnos. Por último, pero no menos importante, habría que mencionar el regreso, por enésima vez en la historia de la humanidad, de la tensión entre cuerpo y alma, o entre cuerpo y mente, o soma y psique, o como prefieran decirlo, un problema de vieja data que Groisman, con su contundente slogan, pone sobre la mesa como si fuera la primera vez: “Andá de cuerpo, no seas de mente”.

Pero no será esta la única oportunidad en que regrese al tema del cuerpo y la psique. En realidad, no deja de ajustar cuentas con ese asunto, sobre todo en la primera parte del libro. Va otro poema: “Las neuronas son multiplicidades sin consistencia que (…) sólo la adquieren cuando el neurólogo tiene una erección. Esa conexión íntima entre consistencia y erección es y será el punto ciego de toda neurología”.

Me encanta este poema. Me encanta porquenos lleva a concluir que es una acción del cuerpo, es decir la erección del pene, lo que suscita la presencia del alma, o sea esa consistencia que adquieren las neuronas. No hay oposición entre uno y otra, ni siquiera límites claros: nada más espirituoso que el cuerpo, ni más animal que el alma.

Incluso, siguiendo la conexión secreta entre alma y erección que propone Groisman, podríamos decir que el problema de la erección del pene dio pruebas de la existencia del inconsciente mucho antes de que Freud osara abrir su bocota. El inconsciente es el pene, porque el pene es lo evasivo.

En tiempos de agonía del machirulo, salta a la luz toda la mentira y exageración que durante siglos hemos fraguado en torno a ese simpático apéndice. Como dicen desde el colectivo Mujeres Creando, “un pene, cualquier pene, no es más que una miniatura”. Y en el fondo siempre lo supimos. Antes que un emblema de poder, de fuerza, de soberanía, el pene es una expresión de la impotencia, de aquello que escapa a nuestro dominio y voluntad. El pene es incierto, el pene siempre puede dejarnos en ridículo.

Pero retomemos la idea inicial. Decía que, en virtud de lo que se lee en El cerebro: un hisopo, imagino a Daniel Groisman como alguien obstinado, absorbido por un toma y daca permanente con el flagelo de la repetición. Pero ahora me gustaría ampliar la idea, quizás sofisticarla un poco, en todo caso reformularla y decir que, tal como lo imagino, Daniel Groisman es un tipo cautivado por la insistencia, extremadamente sensible a ella, casi como si se tratara de un mal o de un maleficio.

Esa sensibilidad, ese mal, probablemente sea lo que lo llevó a iniciar su libro con este precioso minipoema: “En el mar veo a mi padre devuelto en olas. Reconstruido por la insistencia”.
El mal de la insistencia o el espíritu de la ola, sería el diagnóstico de Groisman, tal como lo imagino. Lo que siempre vuelve, pero distinto cada vez.

Tanta es la insistencia que aqueja al pobre Groisman, que ni siquiera en vacaciones lo dejan en paz los retornos. Algunas páginas más adelante, vuelve a la carga aquel primer poema: “En el mar está mi padre”, dice, “En el mar está mi padre, devuelto por las olas. Reconstruido por la insistencia. Mientras camino ensoñado por la playa, siento que esto es Elsinor trasladado al Brasil de hoy. Con otros tamaños y otras consecuencias estéticas. Hamlet observa el litoral, transpira, nunca hasta ahora sufrió el sol sudamericano. Claudio atiende un bar y junta reales para irse con Gertrudis a Rio de Janeiro…”
Y no es casual que vuelva Shakespeare, me refiero a que no es casual la procedencia literaria de esta insistencia. Hay, y no me pregunten por qué, pero hay, una afinidad mórbida entre literatura e insistencia, como si la literatura fuera un medio ambiente perfecto para su desarrollo. Siendo honestos, sí podemos darnos una idea del porqué de dicha afinidad, solo que resulta un tanto engorroso de explicar. Igual vamos a intentarlo. Sería así: la literatura, una historia, por ejemplo, que quiere ser contada o que ya lo fue, al igual que los fantasmas, los traumas y demás cosas por el estilo, no posee tanto una existencia como una insistencia, su razón de ser no reside en existir sino en insistir.

Cuando entramos a una librería y nos topamos con ese océano de palabras, enseguida nos desalentamos y nos preguntamos para qué carajos escribir, qué razón o necesidad podría haber para hacerlo. Es desesperante, ciertamente, de esos momentos en que el de por sí pisoteado ego de los escritores termina por hacerse papilla. Sin embargo, se trata de una falsa desesperación, de una desesperación fuera de lugar, digamos. Y los escritores lo saben, pues no tardan en olvidarla y ponerse a escribir. Y es que a la literatura no la mueve la lógica de la acumulación, sino la de la insistencia. Lo único que justifica la presencia de un poema, lo único que le otorga derecho a ser, es su grado de insistencia.

Algo de lo que Daniel Groisman, al ser inmunodeficiente a la insistencia, podría dar buena fe. El hombre ya ni siquiera puede leer de corrido: “ahora no disfruto de leer”, escribe, “cuando empiezo a disfrutar, y sobre todo a entender, tengo que venir a escribir, a practicar esta otra forma de la desaparición. Como si escribir fuera el modo de evitar la consumación de una lectura”.

Finalmente, quisiera reconocer que no había llegado a imaginar a Daniel Groisman tal como lo hice, es decir como un sujeto de la insistencia, hasta toparme con un texto suyo dedicado al peronismo.

erfecto, me dije, ahora sí. Este libro inteligente, sutil, lleno de humor, es un libro atravesado por la insistencia, que es igual a decir, atravesado por el peronismo. Les leo un texto, está buenísimo. Dice así: “al pie del cerro Uritorco creo que podría escribir un ensayo que se titule del siguiente modo: ‘Ni inducción, ni deducción… abducción. Hacia una lógica perovnista’. Es innegable que muchos gobernadores peronistas necesitan un viaje en Ovni para recordar lo que significa la justicia social. O, mejor, para olvidarse de todo lo que aprendieron durante su tránsito por el partido. Si un Ovni provoca el olvido de quienes viajan en él, el perovnismo es, para muchos, la única posibilidad de la renovación”.

Tratándose de un peronista en Córdoba, no es de extrañar que Groisman se sienta más cómodo reflexionando al pie del Uritorco, con los compañeros extraterrestres, que en cualquier otro lugar. Algo similar debe sucederle al rosarino Rafael Bielsa para definir al peronismo como un objeto político no identificado. Y es que cuando se pertenece a comarcas tan gorilas, resulta inevitable sentir que la justicia social es cosa de otro planeta.

18 Junio 2019
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