Apagón y después: Zombies y Cyborgs

Cultura y Tecnología | Por Darío Sandrone

I

El domingo, 50 millones de humanos quedaron desorientados sobre unos miles de kilómetros cuadrados de tierra, que durante unas horas únicamente iluminó el sol. Apenas ha pasado un siglo y medio desde que algunos de ellos han tendido la primera red eléctrica, y ya han desarrollado un sistema planetario de artefactos y dispositivos electrónicos entre los que habitan. Han creado un ecosistema eléctrico al que han acoplado el funcionamiento de sus vidas. La percepción, la planificación, los deseos, los placeres, el ocio, la protección, la comunicación, todo se ha estructurado alrededor de la circulación controlada de electrones. Incluso, por momentos, pareciera que la supervivencia de toda la especie depende de este sistema. El domingo, ese hábitat eléctrico se esfumó de repente, en todas partes, al mismo tiempo.

II

Durante el enorme apagón del domingo, muchas personas bromeaban sobre el apocalipsis zombie en las redes sociales, que aún funcionaban con la energía almacenada en el litio de cientos de miles de celulares. El apocalipsis zombie es un escenario literario y cinematográfico en el que los humanos vivos son atacados masivamente por humanos muertos que recobran la vida por causas extraordinarias. La fórmula se repite en historietas, novelas, películas y series. En muchas de ellas, la invasión comienza con un enorme apagón generalizado. Algunos críticos sostienen que el género no es sólo una representación fantástica de un mundo ficticio, sino la expresión narrativa del miedo real de algunos humanos a ser atacados por otros. En clave política, el apocalipsis zombie es una alegoría del miedo de los sectores medios de la sociedad a “los otros”. ¿Quiénes son “los otros”? Toman muchas formas: los inmigrantes, los extranjeros, los marginados, los terroristas, los irracionales, los pobres. Los excluidos que salen de su exclusión de manera violenta, los que estaban muertos y vienen a matar. ¿Por qué en el imaginario popular el ataque de “los otros” está contenido por el sistema eléctrico? ¿Por qué sentimos que nos protege? ¿De qué o de quién pensamos que nos protege? ¿Cómo imaginamos a los zombies en una Latinoamérica a oscuras?

III

El lunes, aprovechando que había cargado el celular, le escribí a algunos colegas y amigos sobre este asunto. La filósofa cordobesa, Andrea Torrano, que ha estudiado el tema de la monstruosidad como categoría política, me contó que el término “zombi” apareció escrito por primera vez en 1792, mucho antes de que la luz eléctrica fuera una posibilidad. También me dijo que lo escribió el francés Moreau de Saint-Méry, para referirse a los haitianos coloniales que, según creía, mediante poderes mágicos y sobrenaturales del vudú “podían hacer que en la oscuridad de la noche, las personas aparecieran vivas y muertas al mismo tiempo”. En el imaginario colonial, “el zombie era una fuerza maligna y demoníaca, un esclavo sin voluntad ni autonomía sumido en la profundidad de la noche”. El zombie que imaginamos en nuestros días, al igual que el zombie colonial, “surge en la oscuridad de la noche, en la que desata su violencia, y amenaza a la humanidad con su incontrolable multiplicación y aceleración. Si la noche -o ausencia de luz- del zombi colonial evocaba el conflicto entre el orden tradicional esclavo y el moderno sistema capitalista, el zombie contemporáneo alude a los límites de una civilización capitalista que se concebía en continua expansión”. Cuando ya estaba comenzando a inquietarme, Andrea remató su respuesta: “La cultura zombie nos revela la oscuridad de un orden capitalista, neocolonial y militarista. El apocalipsis zombie -del zombie contemporáneo- revela la inoperancia de las instituciones estatales para la protección y aseguramiento de la vida y la desconfianza en la solidaridad humana. El apocalipsis zombie exhibe un nihilismo hacia la civilización”.
En ese momento, llegó un mensaje de otro filósofo cordobés al que había consultado, Emmanuel Biset, quien yacía en su cama producto de una reciente operación de rodilla que le impediría escapar de un eventual ataque zombie. Pensé que esa condición lo obligaría a darme una mirada más optimista del asunto, pero no fue así: “Y el fin será solo la incertidumbre del resto. De un lado, la sensación de que en el Apocalipsis todo sigue igual. Contra la idea de acontecimiento, la tierra permanece, continúa. De otro lado, la extrema fragilidad que tenemos como especie: el preciso lugar de nuestra potencia, digamos la técnica, es también nuestra impotencia. El mundo ya no estaba y la tierra permanecía ahí”.

Recurrí entonces a los que conocen las letras y la literatura. Le escribí a Anahí Ré, investigadora en Letras Modernas quien, junto a su pareja, Juan Manuel Fernández, me sugirieron una hipótesis de lo más interesante: “Dependemos de la electricidad para la conservación de los alimentos, si eso colapsa no es difícil pensar en el canibalismo”. También me dijeron que ellos, en su casa de un pueblito serrano, no pensaron en zombies, sino en el aislamiento y sugirieron que el miedo a los zombies es un miedo citadino. Generalmente, en las películas los ataques tienen como escenario a las grandes urbes, aunque luego me señalaron cierta contradicción en esa idea: en el interior profundo, donde la gente está habituada a matar animales de corral con sus propias manos, es posible que sea más verosímil que se produzca el salto al canibalismo humano en una situación extrema.

Aliviado por vivir en el centro de Córdoba, debí quedarme con esa última especulación. Pero para mi desgracia, ya le había escrito a Guillermo Bawden, escritor cordobés erudito en materia de zombies, que en ese mismo momento me contestó, reforzando la idea inicial de Anahí y Juan: “Creo que los apagones son lo más cercano que estaremos a una situación apocalíptica en la vida rutinaria. Ese carácter revela lo frágil y dependiente que es nuestra vida cotidiana. Un apagón que se extienda por varios días complicaría el acceso al agua, a muchos alimentos, servicios. Nos pondría de rodillas en una búsqueda desesperada de consumo y no sólo de los de primera necesidad. De allí a la masa zombie en las calles hay sólo un juego de imágenes mentales”.

IV

Hace más de 30 años, la filósofa estadounidense Donna Haraway definía al ser humano bajo el signo de otro ser mítico: el cyborg, una criatura que es simultáneamente animal y máquina, que vive en mundos ambiguamente naturales y artificiales. Haraway vio a esta definición “como una ficción que abarca nuestra realidad social y corporal y como un recurso imaginativo sugerente”. No es tan descabellado, si tenemos en cuenta que, por ejemplo, “la medicina moderna está asimismo llena de cyborgs, de acoplamientos entre organismo y máquina”, como saben las familias angustiadas que el domingo debieron esperar el regreso de los electrones junto a un integrante electrodependiente, acoplado a algún equipo eléctrico que le permite sobrevivir. El Estado, que en muchos de estos casos garantiza la gratuidad de la electricidad, en otros tantos casos no puede garantizar su permanencia. En su manifiesto Cyborg, Haraway enfatiza que en nuestra era “las fronteras entre ciencia ficción y realidad social son una ilusión óptica.” Si los seres humanos nos hemos convertido en cyborgs, la ausencia de electricidad nos despoja de la condición humana. Nos podemos convertir en otra cosa, en algo medio vivo y medio muerto: en un zombie, tal vez. Esta tesis no solo tiene un alcance individual: nuestra sociedad también ha devenido cyborg. La ausencia de electricidad sugiere el caos, lo que significa que hemos diseñado y construido un orden social que está enchufado. Una maquinaria eléctrica que sostiene la estabilidad cotidiana, el funcionamiento de las ciudades, la producción de riquezas, la circulación de las personas, el encuentro con los afectos, la tranquilidad, la seguridad, la protección, el alimento, la vida.

18 Junio 2019
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