Post mortem

Laboratorio de Padres | Por Marcelo Lucero

Frente a los problemas económicos, familiares, de la escuela de los pibes, del trabajo y de salud que nos circundan cotidianamente como padres, desde esta columna hemos decidido no hacer nada al respecto y huir mentalmente. Por eso, en esta oportunidad divagaremos acerca de la relación que se establece entre los hijos y los padres cuando la soga de la vida se corta y nosotros (los padres) dejamos de ser personas que abrazan y retan, y pasamos a ser fotos en un celular, un olor que se cruza por ahí en la vida de los herederos, una frase, una sonrisa o un resumen injusto –a veces favorable, otras veces no- de nuestra personalidad, que empieza con “Mi papá era…”.

Palabras claves:
memoria, olvido, era tan bueno.

Como la película Coco nos enseñó, la única forma de lograr la vida eterna es a partir de los recuerdos que tienen de nosotros nuestros seres queridos. Y mientras más gente nos tenga presentes en su memoria, más ricos seremos en el más allá, porque, según entendí después de ver el film de Disney, del capitalismo no nos vamos a salvar ni muertos.

Por eso, hay que aprovechar para generar la mayor cantidad de recuerdos en las cabezas del más acá, para gozar de riquezas en el más allá. Mi abuela, vieja bicha, fue pionera en eso. Esto es así a punto tal que hoy yo no puedo probar unas buenas milanesas de pollo con mucho limón sin que se me cruce por la cabeza su cara y se me estruje el corazón.

La vieja también debe ganar mucho cada vez que limpio las zapatillas negras de cuerina de mi hija. Esta tarea sería una más de la acelerada rutina para llegar a tiempo al colegio, pero no lo es, porque mientras me acuerdo de sus brazos ir y venir con un cepillo sobre mis zapatos, esa acción automática se me vuelve inspiradora y hasta trato de copiar sus movimientos con una sonrisa.

Estas situaciones me generan la inquietud obvia: ¿Cómo será mi versión post mortem en los recuerdos de mi hija? Quizás aparezca cuando alguien le dé un beso y la pinche con la barba o cuando algo le haga muchas cosquillas. O a lo mejor estaré allí cuando pruebe una rica chocolatada o cuando alguien se suene la nariz fuerte. Nadie sabe.

Sin embargo, creo que a muchos nos gustaría volver como héroes bonachones a las memorias de nuestros hijos. Pero ¿qué ocurriría si volviéramos como villanos?¿Qué pasaría si nos recordaran como prohibidores o como los que descuidan, los que frustran? Nadie sabe de qué color teñirá el tiempo los recuerdos en la cabeza de los pequeños, ni cuándo o dónde volverán, ni tampoco para qué servirán.

Quizás el recuerdo de mis besos pinchudos la convierta en la incondicional amante de un novio que da besos pinchudos pero la maltrata (si es que siguen existiendo los novios), o mis estrictas penitencias la lleven matar a un policía (si es que existen los policías). La moneda puede caer cara o cruz en cualquier momento y no medirá nuestras intenciones.

Conclusión urgente:
Hagamos como mi abuela y dejemos recuerdos indiscutibles: una comida que nos salga rica, una rutina divertida, un buen viaje. Todo excepto tatuajes. “Obras reales, no sarasa” diría un presidente muy cínico, de quien nos serviremos su frase por su utilidad para esta ocasión. Lleva tiempo, pero queda para siempre. Más no podremos hacer.

17 Julio 2019
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