El cumpleaños de Hawthorne

LA CALLE DE LAS LIBRERIAS | Por Sebastián Menegaz

Cuando comenzó a suceder todavía no tenía los Diarios de Cheever en la mano. Más bien cogoteaba sobre una mesa gourmand sin mis anteojos de ver erguido. Quiero decir: me doblaba con la falacísima reverencia servil de un butler de Ronald Firbank. Lo que sólo se explica por mi estatura; y porque todavía no tenía ganas –en favor de mi dignidad– de sacar las manos de los bolsillos. O de buscar –para peor– los anteojos en la mochila. Siempre que la abro en esta librería se homenajea aquí mi paranoia con una distracción sospechosa. (Como si supieran que alguna vez llegué a pensarlo). La mano del librero –por cierto– me rozó la punta de la nariz: Joan Didion (Run River). «¿Una novela?... No, no le va a gustar. Últimamente no le gusta nada, está insoportable». El cliente (otro hombre maduro) hablaba de su padre. El librero especió el juicio con un bufido minucioso. El cumpleañero era amigo de la casa, los años que cumplía eran muchos, como los que solía cumplir hasta hace qué, ¿seis meses?, Jonas Mekas. Por el tenor de las alusiones lo imaginé acodado en la caja recreando el diálogo bíblico: «¿Bourbon?». «No, no soy tan exquisito. Entre el scotch y nada, acepto el scotch». ¿Qué escritores –en fin– podían ser Bourbon y Scotch? ¿El propio Faulkner y –digamos– Sherwood Anderson? Cheever y –de pronto tenía los Diarios en la mano– ¿Richard Yates? ¿Bernard Malamud? ¡Hace tantos años que le fallo a Malamud! Ni siquiera sé si se lo traduce –y con lo mucho que se echa de menos hoy por hoy a escritores así–. (Quiero decir: escritores a los que nadie extraña en las fiestas patronales). Oí la campanita pero no: no entró Rodrigo Fresan para acomodar los tantos. [Footnote: en esta misma librería no hace mucho oí la siguiente frase: «Todos los novelistas norteamericanos sobrios se me confunden».]

No obstante, la que sí había entrado era una clienta expansiva. Se fundió en un abrazo con el hijo del cumpleañero: «¡Hoy es el cumple de tu papá, Quique!». (Supongamos que dijo Quique). Había ido –qué sino– a comprarle un libro. A la noche había una reunión. (Me gustaba cada vez más ese lector irredento). «Mirá que lo que sea que le lleves no le va a gustar». ¡Inconcebible sin embargo regalarle otra cosa! (Alguien mencionó una bufanda y movió a risa). Con todo, había un atajo. Regalarle cualquier cosa. «Si después total lo va a cambiar». Por ejemplo: ¿un Houellebecq? ¡Algo con lo que uno no corriera el riesgo de sentirse herido! (Alguno de esos autores que uno compra sin exponerse, como si comprara un paracetamol.)

El oleaje de todos estos intercambios –en suma– conforme hojeaba los Diarios de Cheever. Que así le prestaba rostro al cumpleañero. «John Cheever está insoportable, muy negativo, todo le parece estúpido». Se me ocurrió perfeccionar el efecto con Hawthorne (la enunciación del deseo, en Cheever, hacía pensar en envoltorios adecuados). Esto solo porque Hawthorne podía ser el scotch de T.S. Eliot. (El bourbon: Henry James). «James ha tomado el sentido fantasmal de Hawthorne y le ha dado sustancia. Al mismo tiempo, hace la tragedia mucho más etérea». Eliot compara El sentido del pasado con La casa de los siete altillos. O Roderick Hudson con El fauno de mármol: «James en Roderick Hudson hace con Roma algo apenas mejor que Hawthorne, y como confiesa en un prefacio tardío, más bien fracasa con Northampton». Cosa curiosa: es el propio James quien le atribuye a Hawthorne el mismo adjetivo que Faulkner asocia con el bourbon: «los exquisitos provincianos». (El otro era Emerson, y esa provincia fugaz, New Hampshire). Leon Edel tiene un pasaje muy bonito en su biografía cautelar de James: «En Concord pasó [James, a su regreso de Cambridge, en 1870] un par de días con el señor Emerson […] Hacía seis años que había muerto Hawthorne, Thoreau ocho. Era como si aún vivieran, como si aún no hubiera pasado el gran momento en la historia del pueblo».

En los Cuadernos norteamericanos (La Compañía, 2016) Hawthorne, el ermitaño hombre de familia, anota una de sus ideas para un cuento como si jugara al paroxismo con los lugares más comunes de la posteridad: «Un ermitaño, como yo, o quizás un prisionero, mide el paso del tiempo por la progresión de la luz en el interior de su celda». Eso son básicamente los Cuadernos. Esa celda –paradójicamente– es su abstracción maniática. Y por eso James se pregunta –como recuerda Eduardo Berti en el prólogo– si en toda la literatura universal existe algo comparable a estos American notebooks. (Que por momentos parecen contenerla en una mueca talmúdica). En 1837 (esto es: apenas unos meses después de aquella anotación –y de algunas otras–) Hawthorne le escribió a Longfellow: «Me he recluido, sin el menor propósito de hacerlo, sin la menor sospecha de que eso iba a ocurrirme. Me he convertido en un prisionero, me he encerrado en un calabozo». (¿No es acá donde pareciera tirar la caña Borges cuando piensa que Hawthorne, como hijo de puritanos, no dejó nunca de sentir que la tarea del escritor era frívola, o lo que es peor, culpable?)

Cuando los pormenores de la celebración del cumpleaños de nuestro lector del No ya habían empezado a hacerme sentir intruso, Hawthorne anotó una cosa más: «Un baile de disfraces al que acuden los más importantes escritores norteamericanos disfrazados como sus propios personajes». ¡Henry James como Christina Light! Con su perro, su gran estilo, sus estados de ánimo cambiantes. (¿Se imaginaría Hawthorne sin asistir, disfrazado de Wakefield?) Paul Auster –supongo que para calefaccionar la recepción de la lectura performática que hace del propio Wakefield y de Fanshawe en La habitación cerrada (La trilogía de Nueva York, últimamente en Seix Barral)– titula Hawthorne en familia a un ensayo muy concurrido a la hora de recordar que Nathaniel Hawthorne siempre es algo más –más leve, más amoral, más vivo– que el corpus que le asegura su gárgola en el canon. George Parsons Lathrop –su primer biógrafo–, era su yerno. Lo digo porque cuando me fui (Hawthorne en bolsa) había entrado un yerno del cumpleañero y se había hecho envolver Serotonina.

Después sí, calle arriba valió la pena pensar en Néstor Sánchez. En la mano izquierda con la que escribió Diario de Manhattan (otro calabozo portátil). En los noventa, Sudamericana contrató a Sánchez como lector. Sus informes de lectura (acaso el sueño de un editor en el mismo estado) actualmente están perdidos. Alguien que los leyó alguna vez me dijo: «Nunca le gustaba nada».

18 Julio 2019
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