A vuelta de correo

La calle de las librerías | Por Sebastián Menegáz

Cruzarse con el cartero en la puerta no significó nada –se me ocurre: ha de haber quedado apenas balizado, su estereotipo, en algún plano no disuelto de mi atención como un banco de arena– hasta que una vez frente al anaquel menos pensado (es lo que mejor me atrapa de esta librería: sus criterios de clasificación son emboscadas), con mis brazos levemente abiertos, apenas separados del torso, y la palma de mis manos asimismo abiertas, extendidas hacia el entrepiso –y una vez balbuceada aquella peroración que desenfundo cuando llevo prisa: «Vamos, ahora o nunca»–; de pronto así (aunque por cierto: no siempre funciona) en el estante ganó espesor un lomo. ¡Como si se vasodilatara imaginándome! ¿Pepe Bianco?... (¡Valía la pena sacar las manos de los bolsillos como Dermot Trellis!)

El Epistolario estaba encajado entre una (otra) novela declinante de Julian Barnes y El día feliz de Charlie Feiling. (Con abrir el volumen al azar el cartero de la puerta volvió a salir del local y el carrillón aturdió mi memoria anterógrada). «Estimado amigo: Me da pereza escribir a México o a cualquier parte del mundo desde la Argentina porque tengo la impresión de que las cartas no llegan o que demoran tanto que es como si no llegaran». Leí el encabezado (por si estaba escrito mi nombre). No. Estaba escrito el de Enrique Krauze. Probé otra vez. «Anoche fui a lo de Bioy. Seríamos veinte personas, pero me pareció que la casa estaba llena de gente y que entre esa gente estaban nuestros fantasmas de otra época. Al lado de la Silvina actual había otra Silvina, o mejor dicho varias Silvinas de hace 18, 15, 10 años […] Y al lado de Pepe Bianco había diversos Pepes Bianco que lo escoltaban, menos decrépitos y más agradables […] también nos escoltaban personas que no estaban anoche pero que en otros años frecuentaron la casa, creando corrientes de simpatía, de afecto, de celos, hasta de odio; por ejemplo, un muchacho a quien no veo, porque no está en la Argentina, y con quien me une de nuevo una excelente amistad, pero que en cierta época llegué a aborrecer su presencia en lo de Bioy». Ese muchacho –por cierto– parece haber sido “Johnny” Wilcock. De quien Bianco solía decir (a quien supiera mal interpretar su modo alevoso de escatimar) que se había tenido que ir del país por un crimen. (Nota mental: ¿releer Los Donguis?) El encabezado en este caso –¡ah, mexicanos de París!–: Elena Garro. (Septiembre 10, 1951)

Revolví alguna que otra antología esencial del cuento argentino y latinoamericano pero no. La carta (la última en este volumen) que Bianco le escribe a Garro a mediados de los años setenta, no figura en ninguna. Es una distracción gravosa. Aunque consecuente con un género amablemente recalcitrante. La carta de “Pepe” es una trufa y el bosque está lleno de robles y de ruiseñores y le basta para ser leída como un cuento el hecho de estar equipada para llegar eventualmente demasiado tarde al lugar equivocado. «Hoy, 13 de diciembre, era el cumpleaños de mamá». Desde la catálisis de este íncipit, cada inflexión de su materia cava un recinto. Conforme el tiempo (el siglo) se desperfila sobre un doble contraluz: Proust y Léataud. Bianco tararea a su madre con un staccato del detalle acabado. Jabots de encaje, mitones, partituras, manos encremadas. Después hace alarde de Cambray: «Esta tarde, sentado en el suelo, metido como cualquiera de tus gatos en uno de los armarios donde terminan las estanterías de mi biblioteca, me puse a buscar los apuntes de unas conferencias que di hace mucho tiempo. Aparece un paquete muy atado. Lo retiro. Se rompe el papel y salen infinidad de cartas; voy reconociendo de quién son por la letra de los sobres». (Una de esas cartas, por supuesto, es de Elena Garro). «Hablas del paso del tiempo –escribe Bianco–. ¡Y la carta es de 1955! Me haces reproches porque no termino mi novela […] Mi novela, qué vergüenza. Qué vergüenza haberla publicado y sobre todo que la hayas leído vos que escribís con esa levedad, con esa gracia». La pérdida del reino es un sismo de baja intensidad que recorre todo el Epistolario, y del que esta carta bien puede representar su epicentro en el samsara. «Ahora no sé bien a qué carta contesto –escribe Bianco–, si a la de 1955, o a la que recibí hace una semana». De fisuras así, tan mínimas y a la vez, de tal modo incalculables, se suele descascarar la poesía.

«¿Qué le habría parecido mi novela a mamá?». La pregunta parece ser de Garro (el volumen no incorpora las respuestas) y Bianco la revuelve como un terrón. «Habría reconocido su cuarto de baño […] Pero ella no se analizaba la orina. Ésa era su hermana menor». La ficción es una foto movida en un portarretratos movido. (En el camarote de un vapor, en un mar revuelto, frente a los ojos de un pasajero afectado por el mal del navegante, que sostiene una copa de Don Perignon, vacía…) «En España, ponte a escribir. Termina de una vez por todas Mariana». La simetría de este reproche cierra un círculo con pantógrafo: Testimonios sobre Mariana (el romain a clef de Elena Garro) es también un contracampo (¿un quark?) de La pérdida del reino: mismo período, misma geografía, mismos hechos, mismos nombres debajo de otras máscaras. La posguerra, París, Europa, la propia Garro y el propio Bianco, Octavio Paz, Adolfito, Silvina. Fantasmas. «Me regocija que hagas una cosa cruel porque saldrá una cosa cruel pero refulgente», le escribe Bianco a Garro, y en parte esa crueldad se manifiesta, en efecto, como una proeza de insolación y estilo: hacer escribir a Bioy (el amante) mejor que Bioy, pero en una tradición que Bioy abomina. Subrogar esa primera persona y solventar (privándola de su neceser: el desapego y la oficiosidad chic) un melodrama holístico. Un espectáculo de hipnosis que acaba con el voluntario convertido en Tennessee Williams. «Me aferré a sus fotografías y a su zapato con la decisión de un maniático». O bien con un patetismo todavía más díscolo: «¿Estás loca? ¡Mariana, dime que te da ese hombre que destruye en un minuto lo que yo logro con meses de lágrimas! ¡Dímelo! Ese hombre es un maldito…». Es este Bioy, hipnotizado y en pleno uso de sus facultades melodramáticas, quien pinta a ese hombre (Paz, el marido) como el machirulo parvenu que no obstante Garro elige preservar con el ataque ad hominem. (Se me ocurre: le deja –cosa que a Bioy no– su obra como eucaristía.)

Octavio Paz en Garro es un cognomen: Augusto (Gaius Octavius, Imperator Caesar Divi filius Augustus). En Bianco es Horacio, el protegido de Augusto, el poeta que le enseña a las élites (en otras epístolas) que el clasicismo es la conducta del poder. «¿El doctor Fukase?», escribe Bianco. «El médico que trajo los kimonos, tonto», responde Laura. «¿Elizabeth es la mujer encargada?», escribe Garro. «¡Tonto! Elizabeth es una condesa muy elegante», responde Mariana. Ese latiguillo parece orbitar en el tiempo como la última morada de lo que seremos.

 

 

 

08 Agosto 2019
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