Esa gran fiesta que es votar

Un cacho de cultura | Por Leandro Calle

Hace exactamente veinte años, un grupo de jóvenes inauguraba una especie de “cruzada patriótica” que se dio en llamar: 501. Desde Buenos Aires, se dirigían a Sierra de la Ventana a 501 kilómetros para no estar obligados a ejercer el sufragio. Efectivamente, en el inciso B del artículo 12, del capítulo 1 del Código electoral, puede leerse: “Quedan exentos: Los que el día de la elección se encuentren a más de quinientos (500) kilómetros del lugar donde deban votar y justifiquen que el alejamiento obedece a motivos razonables”.

Para ese entonces, estaba en Buenos Aires. Corría el año 1999. Presidencia de Carlos Saúl Menem. Dos años antes de la crisis de 2001. Mucha gente estaba asqueada con la democracia. “Los de siempre” que tenían nostalgia de los tiempos oscuros y podía escuchárseles la frasecita: “esto con los militares no pasaba” y un grupo más bien juvenil y lisonjero que generacionalmente estaba más cerca del último ácido a la moda para bailar toda la noche en una fiesta electrónica. Los de mi generación la llamamos (probablemente de manera injusta: los noventa o la generación del noventa). Los ochentosos, veníamos de una bisagra especial. No habíamos vivido la dictadura como jóvenes sino como niños y nuestra adolescencia había despertado con aquello de “con la democracia se come, se cura y se educa”. Estábamos orgullosos de los juicios a la Junta militar, leíamos con avidez los informes de la Conadep, escuchábamos a Charly y devorábamos los libros de Galeano, García Márquez y Cortázar. Pero los noventa fueron otra cosa.

Primero la hiperinflación del ’89, después el “les pido un sacrificio” de Menem y el alto índice de desocupación, la inflación, las relaciones carnales con Estados Unidos, los atentados a la Embajada de Israel, y un largo etcétera. Caminando por la avenida Callao, mis propios ojos y sobre todo mis oídos, vieron y escucharon ese grupo que en un colectivo y con pancartas gritaba: quinientos uno, quinientos uno, en señal de que se irían hasta Sierra de la Ventana para no votar. ¿Qué sentí? Tristeza, muchísima tristeza. ¿Quién prefiere volver a la oscuridad, aquellos años donde la ciudad era gris, y triste y lamentable? De todos modos, el “colectivo 501” esgrimía algunas razones. La más fuerte: casi dos millones de personas no habían participado en la última elección o habían impugnado o votado en blanco. Pasó el año electoral, pasó el 501 y llegó la crisis del 2001. Robo al bolsillo de la clase media como nunca se vio, muertos en la plaza de mayo, policía montada acorralando a ancianas que se acercaban a observar con la bolsa de las compras en la mano. Un gobierno inútil y nefasto, inmóvil y balbuceante. Un ministro del interior con más de treinta muertos (¿se acuerda?)en síntesis, un país en llamas con el redoble popular de los cacerolazos de fondo. Pasaron dieciocho años. Después de 2001, nació una juventud maravillosa que enarbola la democracia con orgullo. Juventud radical, peronista, de izquierda, de derecha. Da lo mismo ahora. Sería insólito un resurgir del colectivo 501. Algún loco suelto tal vez, pero de un tiempo a esta parte el crecimiento de la participación ciudadana de los y las jóvenes no solo es real sino que llega a meterse en la misma dirigencia y militancia política.

“Juventud, divino tesoro” diría el poeta. Hoy, esta juventud, sea del partido que sea, inunda las mesas electorales. Fiscalizan acá y allá, traban discusiones con los más viejos que todavía se creen dueños de la política, usan llamativos tatuajes, sonríen con amor, son desenfadados, hasta soberbios, están llenos de luz, han tomado (y sobre todo ellas) el toro por las astas. Se animan a llevar una camiseta que diga vote a tal o vote a cual. Usan pañuelos verdes, violetas, naranjas, celestes, de todos los colores. Cuando pasan por la las calles es la vida que pasa y uno se siente un poco viejo y vive en ellos aquello de otros tiempos. En mi caso, los años ochenta, la vuelta de la democracia. Entre aquellos años y estos últimos, los noventa fueron una meseta olvidable y fulera, ni vale la pena recordarla. Por eso, cada vez que hay que votar me levanto temprano, tomo unos mates, y con una alegría inusitada, agarro a mi hijo de la mano y voy hasta la ENET nº 4 en Barrio Observatorio a ejercer mi sufragio con la certeza de que mi voto vale. Que también vale ir con los hijos para que ellos vean de pequeños esa gran fiesta que es votar. Una vez hubo un tiempo en que las urnas estaban guardadas. La última dictadura, fue una época oscura, dolorosa, sanguinaria. Cuidar la democracia, ejercerla, es un deber de todos y de todas o de todes como se dice ahora.

09 Agosto 2019
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