Ana Llurba, “La puerta del cielo”

El centinela ciego | Por Leandro Calle

“La metamorfosis” de Kafka; “1984” de Orwell; y la novela argentina ganadora del Premio Clarín “Cadáver Exquisito” de Agustina Bazterrica podrían ser tres buenos ejemplos de novelas distópicas. Opuestas al concepto de utopía cristalizado por Tomás Moro, la distopía en literatura suele aparecer como subgénero de la ciencia ficción. Un mundo cerrado asfixiante y poderoso que genera un sistema que todo tiene que ver con la libertad o mejor dicho con la falta de ella. El sistema presenta, más allá de su asfixia, algunas grietas, por estas grietas los héroes y heroínas literarios tratan de hacer estallar el sistema.

Ana Llurba, construye en “La puerta del cielo” una magnífica novela distópica donde la calidad de la escritura deja completamente de lado cualquier conato de subirse a la ola del momento y las modas literarias. Llurba crea un ambiente asfixiante y casi en su totalidad femenino pero donde al igual que “La casa de Bernarda Alba”, los hombres, sin estar, están más presentes que nunca. En este sentido, la novela tiene fuertes connotaciones antipatriarcales pero no desde un discurso panfletario sino desde un inteligente armado literario. Ya en los primeros capítulos se plantea la situación de un puñado de mujeres, especies de monjas de un siglo híper moderno: “Perturbado por la interrupción repentina de aquel cometa, el Comandante lo señaló con la punta del dedo índice y miró a los Padres creadores. Entonces le contaron que planeaban un segundo retorno a la Tierra en esa bola de fuego incandescente. Su choque contra la superficie terrestre provocaría un reseteo universal, una venganza cósmica, la Catástrofe definitiva de la que solo sobrevivirían un Comandante y un minúsculo grupo de vírgenes, que él protegería de la hecatombe. Esa era su misión, él sería ese Comandante que aguardaría en una nave bajo la superficie. Al igual que Noé, esperaría el momento en que vinieran a rescatarlo para llevárselo con ellos hasta Betelgeuse, la estrella más brillante de la constelación de Orión, hasta La Puerta del Cielo”.

Este breve párrafo del segundo capítulo es un argumento perfecto de toda la novela. Como podrá observar el lector, al clima distópico se le agregan dos condimentos que se mantendrán a lo largo de todo el texto: por un lado el elemento religioso y por el otro, el elemento espacial. En cuanto al religioso, Llurba con una gran ironía e inteligencia, desarrolla una verdadera jerarcología eclesial donde la base más lejana y olvidada es ese grupo de vírgenes encerradas en una nave espacial. Sí, porque toda la novela o casi toda transcurre dentro de una nave con algunas esporádicas visitas del Comandante y otras intromisiones de carácter más violento. Esta “comunidad” femenina nada tiene de sororidad, al contrario, hay una estricta regla que cumplir y todas son comandadas por la hermana Valentina que atada al mandato y la promesa alimenta lo más perverso del autoritarismo. Estrella, la protagonista, al igual que en muchas novelas de aventuras, será esa especie de rebelde y heroína. Entre Valentina y Estrella, hay varios personajes que alimentan la tensión o adhieren ya a una o a otra concepción de la libertad y de la vida. Este elemento religioso o mejor dicho de estructura religiosa está a su vez sostenido por lo espacial, el mundo espacial. Se habla de llegar a la estrella Betelgeuse, se menciona al primer Astronauta, algo así como el Cristo de esos tiempos. De algún modo podríamos decir que Ana Llurba estructura el debajo de la novela con la organización de una comunidad religiosa femenina y estructura el arriba de la novela con el mundo de la astronomía. Pone magistralmente estos dos mundos en relación y genera una tensión que, capítulo a capítulo el lector no quiere dejar de leer. Hay una primera lectura que no ofrece resistencia y que lleva al lector de principio a fin. Es altamente celebrable este tipo de novelas que no tienen callejones sin salida. La novela está al alcance de cualquier lector. Eso sí, cuando afinamos la puntería, cada párrafo revela una precisión de relojería y entonces, un lector más avisado reconoce guiños que provienen del ambiente religioso, astronómico y literario. El acierto de Llurba está dado en que los guiños no son esenciales para el seguimiento de la lectura. Por ejemplo, cuando se nombra al “hermano Gagarino”, es probable que los lectores de menos de treinta años tomen el nombre como un nombre cualquiera mientras que para algunos lectores más viejitos, la mente se dispare directamente hacia el cosmonauta soviético Yuri Gagarin, primer ser humano que viajo por el espacio. Cuando leemos la novela, saber o no saber quién fue Yuri Gagarin, no impide entrar en esta fabulosa distopía de Ana Llurba.

Escrita con agilidad y sencillez, podemos decir que es un texto inquietante que se sostiene desde la primera hasta la última página. Ojalá vengan más novelas de Llurba. Si le gusta la ciencia ficción, corra ya a comprarla, no quedará defraudado/a.

15 Agosto 2019
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