Gladis y las elecciones

Miradas | José Emilio Ortega

Gladis ya no habla. Una cruel enfermedad le fue comiendo de a poco muchas de sus capacidades. Con todo, su lucidez persiste unas cuantas horas al día, alojada en centinelas de una personalidad inquebrantable: su mirada, antes marcial, hoy es lo suficientemente expresiva para comunicar un amplio abanico de estados e interrogantes.

Al acercarse, empujada en su silla de ruedas por una asistente, percibo su aflicción. Le pregunto si está bien y demoro en acertar a las causas de su angustia, hasta que me percato de que por cinco días -qué difícil estimarlos desde su lugar- no he ido a visitarla. Asiente y le cuento las razones. Tras describir una dura fajina de varias jornadas acoto al final: “Y el domingo tuvimos elecciones de presidente, y como siempre fui fiscal”.

Repaso por un momento la sala en la que nos encontramos. Los amplios ventanales y el confort de los muebles no alcanzan a camuflar la virtual clínica para pacientes terminales en la que mi mamá, espero, transite segura lo mucho o poco que le quede por delante. A nuestro alrededor, no parece que sus compañeras de residencia tengan mayor interés en los sucesos del domingo. Algunas se entretienen con la televisión. Otras prolongan su siesta, probablemente sin mayor oportunidad de alternativas. Hay pocas visitas -es día de semana-. Las enfermeras hacen su tarea, sigilosas. Sé que la frase impactará y Gladis recupera brillo: años y años sirviendo a la causa radical, acompañando a históricos dirigentes que hoy ya no están. Y tengo que decírselo: “Vieja, perdió Macri. Por paliza.”

Gladis, en mejores condiciones por entonces, siguió de cerca las elecciones de 2015, y advierto que su disco duro aún mantiene información. Su afasia no logra comprimir el signo de extrañeza. “Te lo vengo diciendo vieja, el gobierno es un desastre. La clase media no los bancó más.” Le explico que los radicales acompañaron otra vez esa alianza, aunque el candidato a vicepresidente fue un senador peronista. Se esfuerza en atender: confío en que, hasta aquí, me comprende, aunque sus implacables ojos claros exudan extrañeza ante la información que le brindo.

Y me cuesta mucho más explicarle quién ganó. Empiezo por Cristina, pero le aclaro que no era la candidata a presidenta, sino la segunda en la fórmula. Gladis mantiene la concentración, pero empiezo a dudar de mi aptitud como comunicador. Más complejo resulta presentarle al candidato triunfador. Lo vinculo a Néstor Kirchner, pero le indico que en 2015, como Massa y otros, era opositor, sumándose todos a una reciente coalición que promete trabajar en conjunto. Como sé lo que está pensando le digo que no parece tener demasiado que ver con la historia de Cámpora en 1973, pero soy prudente al respecto. Alcanzo a interpretar su curiosidad por saber si fiscalicé esa lista: pero le digo que el peronismo provincial optó por presentar una boleta propia de candidatos a diputados nacionales, que competía con las otras: “Nuestro candidato era De la Sota, y está muerto”, murmuro, y sus ojos, esta vez, son el consuelo.

Le cuento que el dólar se fue a las nubes y me arrepiento. Advierto que se asusta. Le pido que se quede tranquila, que va a estar todo bien. Quizá me lo estoy diciendo a mi mismo mientras cambio de tema, me dejo acariciar por su única mano hábil y me digo que nunca es tarde para dejarse mimar unos segundos por la mamá.

Después de todo, como dicen los psicólogos, jamás se deja de ser hijo.

20 Agosto 2019
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