La herencia. Cap. II

Magazine | Laboratorio de padres

Por Gringo Ramia

Hablábamos en la columna anterior acerca de algo que nos obsesiona mucho (¿quizás de más? ¿quizás de menos?) como padres: la herencia. Claro está que no hablamos en términos de bienes económicos sino de aquello que queremos/creemos dejarle a nuestros hijos ahora y cuando ya no estemos. Ya sabemos, esto es un laboratorio, y como tal, el motor de su funcionamiento -la generación del conocimiento- es la pregunta, la duda. Y las afirmaciones, si llegan algún día, se sienten como un atardecer, sentado en una reposera, con un termo de mate y los relojes suspendidos. El conocimiento dura lo que dura el sol en irse; después vienen nuevas preguntas, nuevas dudas y todo vuelve a foja cero.

Palabras claves:

a herencia – lo que se quiere dejar – lo que finalmente queda

En las palabras claves están los dos ejes de la cuestión: ¿qué se quiere dejar? (la intención) y ¿qué es lo que finalmente se deja? (lo que queda) Veo a mi hijo crecer y me pregunto si a él le van a llegar mis pensamientos, mis acciones, mis alegrías y dolores de esta época. ¿Qué voy a ser para él? ¿Un puñado de anécdotas? ¿Mi carácter, mi personalidad del final, la de viejo? No, por favor no.

En los caminos del conocimiento es importante darle bolilla a todas las señales. Hace unos días leía un cuento de un excelente escritor cordobés del ‘under’ literario: “Apoyado en el marco de la puerta, miro a mi hijo con ternura. Se rasca la cabeza y con su dedo se hace un rulito en el pelo de la nuca. Yo hacía lo mismo. ¿Cómo funciona la herencia? ¿Por qué mi hijo repite las conductas que nunca me vio hacer? ¿En qué cosas me pareceré a mi viejo? ¿Me habrá visto él, desde la entrada del living de mi infancia, jugar, hacerme un rulito con el pelo?” Suspiro. No soy el único padre que se pregunta lo mismo. Supongo que habrá cosas que son de herencia genética: la voz, la forma de caminar, la misma tos o el rulito en el pelo. Pero también está lo otro, lo que queremos dejar de uno.

Algo de eso nos preguntábamos una tarde, con otro amigo/padre, mientras el sol caía en la lejana Neuquén. Habíamos viajado miles de kilómetros para ver a Belgrano, dejando un montón de cosas de lado, estando al límite de que me echaran del trabajo. Con el resultado consumado (ganamos, pero qué importaba) yo le preguntaba eso a mi amigo: ¿Qué de todo esto –Belgrano, la locura- le quiero dejar a mi hijo? El sol patagónico nos pegaba en la cara. Mi amigo tomaba sorbos cortos de fernet y asentía, como preguntándose lo mismo. Creo que él tampoco sabía qué responder.

Belgrano o cualquier cosa: pescar, coleccionar estampillas, pintar, tocar la batería, es lo mismo. ¿Qué de todo lo que somos queremos/podemos intentar heredarles?
Desde que Pedro nació decidimos escribirle un diario. Las palabras ya son algo importante para dejarle. Cada tanto me siento y le escribo, le cuento de mí, de su madre, de él y de su hermano, del país, de la vida y de Belgrano, de nuestros miedos y nuestras certezas, del limonero que plantamos y que nos va a sobrevivir, de los días de lluvias y de los atardeceres, esos con sol, reposeras, mate y preguntas.

21 Agosto 2019
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