La construcción de la historia

Manhattan Follies | Por Esteban Maturin

Lo más parecido a la Sociedad Histórica de Manhattan que he visto en el mundo es el Museo Rocsen, en Nono, Córdoba: una inverosímil y casi infinita colección de naderías, de pequeñas y medianas piezas misceláneas que, en su conjunto, consiguen reflejar una sociedad, una cultura, un territorio y una época. Eso dicen que quisieron hacer, precisamente, los “once ciudadanos notables” de Nueva York (entre los que se contaba incluso el alcalde DeWitt Clinton), que según la historia mítica se reunieron a instancias de uno de ellos, John Pintard, un helado 20 de noviembre de 1804 para fundarla. Pintard era hombre de múltiples preocupaciones: las bellas artes, la historia, la educación pública, los bancos para pequeños ahorristas… y algo de ese interés multifacético logró impregnar a esta, su obra cumbre, el primer museo de una ciudad llena de museos.

El nombre de este museo y su biblioteca anexa, mantienen en inglés el guion arcaico en la designación de la ciudad: New-York (se utilizó así, en forma práctica, durante los siglos XVII y XVIII, pero después de la década de 1840 ya había caído en desuso), y es toda una declaración de principios; es como decir: “venga, adelante, aquí preservamos cosas viejas”. Y el enorme edificio neoclásico, como un panteón romano blanco e inmaculado, es un reservorio de objetos comunes que pintan las épocas y los intereses que han movido, desde Manhattan, a toda la nación. El ecléctico panteón romano se alza a la vera del Central Park, en la barriada del Upper West Side, en la esquina de la 77th Street y Central Park West.

Según su primer catálogo, The New-York Historical Society de John Pintard y sus once conciudadanos había reunido, para 1813, 4.265 libros, 234 documentos y 134 mapas. Unos números por demás discretos, similares a una buena y poblada biblioteca privada. Inclusive los europeos que llegaban a Manhattan en los primeros años del nuevo siglo no entendían que hubiese semejante edificio para una sumatoria de cosas menores. Paul Morand escribe en su “New York”, de 1929: “este museo, sostenido no por cuenta del contribuyente sino con donativos particulares, contiene viejos anuncios, antiguas carrozas, platos de estaño de la época colonial o banderas de los regimientos disueltos; en él se encuentra, en grabados, estampas, cuadros y libros, la historia de Manhattan, los primeros mapas geográficos de la isla, un plano del duque de York, planchas de aguafuertes donde están grabadas calles del siglo XVIII, con unos árboles más altos que las casas, un Wall Street de tiempo de Balzac…”

Pero la necesidad de construir una historia en una tierra nueva, sumada al énfasis de las clases altas ilustradas, que vieron en la Sociedad Histórica el repositorio de sus propias tradiciones familiares, disparó las donaciones. Hoy los fondos del museo más antiguo de la ciudad de Nueva York superan los tres millones de libros y el millón y medio de obras. Son especialmente destacables las colecciones de pinturas de la Escuela del Río Hudson, con las mayores obras de artistas como Thomas Cole, Frederic Edwin Church, William Sidney Mount, Eastman Johnson, Rembrand Peale, o Gilbert Stuart, el retratista de Washington. Y los retratos aún son superados por las 435 acuarelas (todas las que se conocen) de los pájaros de América pintados, al natural, por John James Audubon.

Aún así, la mayor superficie de la Sociedad Histórica no la ocupan sus colecciones de pinturas, sino las misceláneas: el arte popular, las pequeñas esculturas decorativas, los muebles, los candelabros, las colchas, las alfombras, los tapices, toneladas de papel con todos los periódicos editados durante el XVIII y el XIX, las cerámicas, los juguetes, los mapas y atlas, las partituras y las fotografías. Como en el Rocsen.

Cada uno tiene sus preferencias: cuando pasábamos por Nueva York con mi padre, veníamos a la Sociedad Histórica a ver, en la biblioteca, los documentos firmados por Napoleón con la autorización para la compra de la Louisiana (de 1803); o la página con los términos de la rendición de los confederados en la guerra civil, redactada de puño y letra por el general Ulysses S. Grant para ser entregada al “yanquee” vencedor, el general Robert E. Lee, en 1885. Cuando veníamos con mi abuela, en cambio, nos pasábamos las tardes admirando lámparas: aquí está la mayor colección de Tiffanys de todo el mundo, incluyendo la azulada lámpara “Dragonfly”, la gran creación de Louis Comfort Tiffany y epítome del art nouveau.

22 Agosto 2019
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