Palacio para dos

La calle de las librerias | Por Sebastián Menegaz

Como el librero estaba más bronceado de lo habitual –yo por cierto que no había notado ninguna diferencia–, la clienta le preguntó si había estado podando un árbol. ¡La respuesta fue todavía más desconcertante! “Sí, claro, el domingo”. Ese tono contingente (creo saber que el librero vive arriba de la librería) me sustrajo: ¿por qué yo no había estado haciendo lo mismo? O bien: ¿qué se suponía que había estado haciendo yo el domingo mientras no podaba un árbol? Cierto: durante una buena parte al menos, leyendo a Aira (La vida nueva) en el estacionamiento del Dino Mami.

La clienta en cambio le había preguntado al librero por Daniel Guebel. “Porque no he leído nada de Guebel –dijo–, y ahora veo que le están dando mucha manija en los medios”. (Guebel había ganado un premio prestigioso y el librero –¡le dolerían los brazos!– había estado lento de reflejos: en la mesa no había ni uno). “¿Qué escribe? –preguntó la señora–, ¿es kirchnerista?”. “Novelas”, le respondió el librero, acuclillado en una estantería mal formulada. Si hubiéramos estado en La Librería Argentina, Libertella (¡Héctor Cudemo!) podría haber sacado al librero de apuros. Un apuro que por cierto: no se traducía sino en la perfección de su displicencia. Por lo demás dio la casualidad que yo tenía ese libro en la mano (Alción, 2003). En realidad siempre lo tengo en la mano en esta librería: lo uso como pararrayos. (Antes de irme lo dejo siempre en un lugar distinto de donde lo encontré, y a la vez siguiente ahí lo encuentro). Me paré al lado de la clienta y leí en silencio (suelo hacerlo también) gritando por dentro como un convencido. “En ciertos ¿sus más ciertos? momentos, la literatura no parece la comunicación generalizada entre yo y mi público, o entre yo y los hábitos de lectura de mi público, sino apenas la práctica del cuchicheo de dos en un palacio; el diálogo cortés entre un escritor y las expectativas sintácticas y dispositivas de quien deseó amoldarse a él. Ese molde deseante –llámese Mamá, Mecenas, Papa, Rey, Papá, Cacique, Editor, Emperador– viene a dar con otra forma de escribir totalmente ignorante de las ansiedades que genera el mercado, ésas que obligan a muchos escritores a comportarse como shvitzers. […] En el tumulto de voces, personajes, aventuras y cuerpos, esta obra [la de Daniel Guebel] dirá todas estas cosas tan de cerca como lo permita el molde cerrado de la frase perfecta en el caracol de una oreja”.

Shvitzers –por cierto– es una palabra que viene del idish, y que al parecer quiere decir transpiradores. La nota al pie me representó un ripio que no supe destilar: cuando la leí –al final del fragmento y no antes– la clienta ya no estaba. Cosa curiosa: pegado a ese fragmento, en la impar anterior, Libertella acababa de referirse a Aira. (Esto lo leí enfrascado en un silencio elitista): “Moderna podría ser cierta forma de asumir la tradición, ya muy delgada y delicada o aérea, en todo el ciclo sureño o el cielo rural de las novelas de César Aira que lleva retroactivamente desde La liebre a aquel Moreira de 1975”. Quiero decir: curiosa porque había estado buena parte del domingo ante la presencia infrarroja que representa Moreira (la primera novela de Aira) en La vida nueva. Novela, ésta última, en la que Aira narra los pormenores de la publicación de aquella –la figura se me impuso– como si podara un ombú en la pampa, insolándose (el sol nocivo, vertical de la memoria) hasta que uno nota que empieza a despelecharse –¡hasta que sucumbe, Aira, a la adicción de quitarse los pedacitos de piel con la punta de los dedos, ya sin poder concentrarse en casi ninguna otra cosa!–, y a salir como empastado (ilegítimo, empuñando un clericó) en las fotos.

La autoficción –parece preguntarse Aira, sobre todo porque La vida nueva parece rellenar la cavidad de la respuesta con alguna clase de material liviano, para que la pregunta despliegue su forma sin caer por su propio peso–, ¿sólo es reconocible como mala conducta poética cuando existe una relación establecida entre los hábitos de lectura de un público y un yo que los generaliza? (Se me ocurre: Aira en torno a La vida nueva, 2006, 2005, y retroactivamente hasta Varamo –El mago, Cumpleaños, Un sueño cumplido, cierto umbral, acaso, en el que el mercado ya ha empezado a producir en serie esa marca de origen: el escritor de culto–). ¿Es por esto que los reseñistas, como electrones libres del mercado, la ven por todas partes? ¿Cómo haría una autoficción, que al mismo tiempo fuera una primera novela, para evitar ser leída como no ficción, o lo que es peor, como documento? ¿Cómo se desentendería de las lecturas vanamente profundas? ¿Es postulable –en todo caso– el summum de la autoficción anónima? ¿O esa postulación –podría hacérsele decir a La vida nueva– implica necesariamente reescribir la Historia anticipándose a los hechos? (Del malestar en el mercado, si algo ha aprendido Aira de los schvitzers, lo más noble que se puede esperar no son arengas ni fatalismos esmaltados, sino una perniciosa, insufrible veleidad de princesa.)

Ahora bien, como otro librero, por cierto que más pálido, me había dicho que Ricardo Strafacce había publicado un catálogo de las cien novelas de Aira, compuesto a su vez por pequeños fragmentos de cada una de ellas, un libro –dijo– que le había volado de las manos pero que iba a reponer (esos cinco ejemplares) de un momento a otro, yo andaba a la pesca de alguno que me permitiera descartar una especulación que desde el domingo me venía haciendo sentir un cisne. A grandes rasgos, que la primera novela de César Aira, no había sido, como se cree, Moreira, la misma que cualquier lector informado (aireano o con teléfono) se figura de inmediato en La vida nueva (donde por cierto: no se menciona ese título ni ningún otro) sino una novela que en efecto, Horacio Achával, el editor plenipotenciario de Achával Solo, no había publicado nunca, como efecto último, definitivo, de una serie de postergaciones inminentes que en la novela recrean en el tiempo una progresión de Fibonacci. De manera tal que Moreira había sido, en términos históricos, una segunda novela, simultánea, que Achával, en el fuera de campo de lo que se narra en La vida nueva, sí conseguiría publicar, y que a partir de estos elementos, en suma, de esta biomasa, Aira había escrito lo que había escrito, imaginando qué podría pasar si Horacio Achával nunca conseguía editar ninguna de las dos novelas. Un dispositivo de ocultamiento con el que Aira parecía invocar (al darlo a imprenta en una transición sugestiva de su posición como escritor dentro del mercado) algo que ya había escrito en su libro sobre Copi (Beatriz Viterbo, 1991) cuando recuerda que “Genet habla más de una vez, por ejemplo en Les Negrès, de la conveniencia de ocultarse en el follaje de la proliferación poética del lenguaje; sus personajes, y él mismo, tienen motivos eróticos, sociales, políticos y raciales para preferir este ocultamiento. A Copi no le faltan motivos, pero elige ocultarse en un máximo de visibilidad”. Máximo de visibilidad que en La vida nueva es supremo, y en el que Aira, al imaginar que la primera novela de Aira aún no ha sido publicada, que no hay trayectoria ni indexación posible, que la última bien podrá haber sido la primera o incluso, estar todavía a tiempo de ser escrita, oculta en verdad que su primera novela se llamó La vida nueva, que fue escrita allá, “en la inocencia de mis veinte años», y que «en esa adivinación consistió al fin de cuentas, como se verá, toda mi carrera literaria”. (Esa fecha, por lo demás, 30 de julio de 2006, no es más que un eco sci-fi.)
Por cierto: a falta del Catálogo de Strafacce compré –supongo que porque me distraje– Autorretrato en el estudio. “Sus maneras son maneras y gestos de la nada, pantomimas y danzas de circo que, como cualquier pantomima, contienen un elemento iniciático, son misterio en el sentido puramente teatral del término”. (Más allá del tic de citar a Agamben: no recuerdo ahora si alguien asoció alguna vez a Aira con Robert Walser.)

22 Agosto 2019
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