La Córdoba vieja, lecho de olorientos ríos cloacales

Lectura de viernes | Leandro Calle

La semana pasada caminaba con un amigo por la calle Belgrano bajando hacia el río y al llegar a la calle 27 de abril, nos encontramos con una corriente fétida de color mate amargo, que corría hacia el este de la ciudad, si mal no recuerdo. Es habitual que en la intersección de las calles Belgrano y 27 de abril, ante cualquier tormentita de verano, la boca de tormenta estalle y queden expuestas las interioridades que los ciudadanos afanosamente han disimulado.

Lo cierto es que no estamos en verano y no hay tormentas ni lluvias. ¿Podemos seguir viviendo en una ciudad cuyas cloacas y desagües revientan a troche y moche cuando se les da la gana? ¿Llegará un día apocalíptico en el que el debajo de la ciudad se revelará (y rebelará también)? ¿Cabe alguna interpretación posible ante la aparición de los excrementos? ¿Se trata acaso de la manifestación de una parte oculta de nuestra identidad? ¿Inconsciente citadino que puja por salir?

El primer ataque y mucho antes que el visual, aparece por el olor. Recuerdo que el gran teólogo salvadoreño-catalán, Jon Sobrino, en una conferencia en esta ciudad dijo que el tema de la pobreza, su profundidad, su desesperada aparición, se medía por el olor. Pero aquí no se trata de pobreza sino de servicios públicos, mantenimiento de la ciudad e idoneidad y administración de la gestión pública.

Es necesario preguntarnos qué ciudad queremos: para pensarla es necesario antes verla, olerla, sentirla, escucharla, gustarla

Pero el olor es algo que penetra de una manera muy particular. Recordé a Sontag, sí, a Susan Sontag, la joven terrible de la intelectualidad neoyorquina de los años 60. Recordé precisamente un texto mientras mi amigo observaba fijamente el río oloroso de color mate amargo y se tapaba con asco la nariz. En 1964 Sontag publicó “Contra la interpretación”. El artículo salió en Evergreen Review, una revista cultural. En ese entonces Sontag había sido contratada por William Phillips para la Partisan Review, y luego de la buena acogida escribió también para el Time Magazine, Vogue y Life. En “Contra la interpretación”, Sontag hace un análisis del mundo del arte y de la sociedad a partir de los conceptos platónicos y aristotélicos y pone en jaque a la crítica: “La actual es una de esas épocas en que la actitud interpretativa es en gran parte reaccionaria, asfixiante. La efusión de interpretaciones del arte envenena hoy nuestras sensibilidades, tanto como los gases de los automóviles y de la industria pesada enrarecen la atmósfera urbana. En una cultura cuyo ya clásico dilema es la hipertrofia del intelecto a expensas de la energía y la capacidad sensorial, la interpretación es la venganza que se toma el intelecto sobre el arte”. En realidad, Sontag no tiene nada en contra de la interpretación, sí en contra del exceso por encima de la capacidad de percibir con los sentidos.

El remate final de su artículo sigue dando que hablar, y es un remate perfecto para aquellos locos años 60: “Antes que una hermenéutica, necesitamos una erótica del arte”. Y es cierto: cuando el aguzamiento intelectual se vuelve estéril y comienza a girar sobre su misma roldana de manera narcisista, la obra de arte deja de ser mirada, escuchada, sentida y pasa a ser interpretada casi sin ser tenida en cuenta. Y aquí está el meollo del asunto porque una ciudad es una obra de arte. En este sentido, al igual que un cuadro, que una obra musical, la ciudad nos habla y nosotros los ciudadanos a veces tenemos los sentidos atrofiados, secos y tapados.

Oler, que es uno de los sentidos más vinculados con el mundo animal, es algo olvidado. La infancia aparece muchas veces en los recuerdos a través del aroma. Esto no significa en modo alguno que no podamos luego interpretar.

Es completamente necesario preguntarnos como sociedad qué ciudad queremos. Pensar la ciudad. Pero, para pensar la ciudad es necesario antes verla, olerla, sentirla, escucharla, tocarla, gustarla. ¿Qué nos pasa como ciudadanos que ya naturalizamos hasta los estímulos más fuertes? En pleno centro de Córdoba es habitual y común que las cloacas se manifiesten. Si no somos capaces de sentir, la interpretación que hagamos de la ciudad no va a servir para mucho, consistirá en un juego intelectual sin saber a ciencia cierta cuáles son las necesidades reales de los ciudadanos. Esta manifestación cloacaria no solamente habla de los problemas de una ciudad, sino que revela, al mismo tiempo, nuestra propia desidia: parecemos ya habituados a que la ciudad se convierta en un retrete al aire libre.

23 Agosto 2019
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