Imágenes del amor y el espanto

22° Aniversario Hoy Día Córdoba | Cine

Martín Iparraguirre
De nuestra redacción

Hablar del cine cordobés en 2019 es hablar de un estado de producción crítico: a la paralización del financiamiento del Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (Incaa), se suma la compleja situación que vive la economía nacional, con tasas inflacionarias que lícuan los pocos créditos otorgados en años anteriores por el organismo de fomento.

Si estos últimos se llegan a ejecutar (pues el Incaa ostenta una alta tasa de subejecución del presupuesto destinado al fomento cinematográfico, su razón de ser), los fondos llegan además fuera de tiempo, con meses de retraso que reducen drásticamente su valor y su funcionalidad. Las encomiables políticas de fomento de los gobiernos provincial (con el Polo Audiovisual) y municipal (con el Fondo Estímulo al Desarrollo Audiovisual), que se han vuelto escenciales para las producciones locales, no alcanzan para cubrir una demanda que se ha expandido rápidamente en la última década y queda trunca ante la ausencia del Incaa, que a esta altura del año no designó a su Consejo Asesor (órgano de co-gobierno del instituto, encargado de controlar sus acciones) ni realizó la mayoría de las convocatorias para el otorgamientos de nuevos créditos para producción nacional, regional y de óperas primas, según reveló esta semana la Mesa de Directores de Cine (entidad que nuclea a organizaciones de directores, técnicos y actores de todo el país).

Tal el escenario objetivo en el que los realizadores cordobeses deben moverse para llevar adelante sus películas, pues la realidad confirma que han sabido aguzar su ingenio para conseguir fuentes alternativas de financiamiento y hacer rendir al máximo los pocos recursos que cuentan. Recorrer ministerios, instituciones estatales, organismos de la sociedad civil, museos, festivales, programas de escuelas, universidades locales y del exterior en busca de becas y subsidios se ha vuelto un arte en sí mismo, donde los productores locales muestran un capacidad sorprendente para mantener sus proyectos a flote.
Porque, aún en este contexto, el cine cordobés viene sosteniendo una presencia destacada en el escenario local y regional que no ha menguado en los últimos años, con una presencia sostenida en los festivales más importantes del país que confirma la materia prima que cuenta nuestra Provincia.

De hecho, algunas de las películas más destacadas del último año fueron hechas enteramente a pulmón, como el caso de “Construcciones”, del jóven director Fernando Restelli, aún estudiante de la Facultad de Artes de la UNC. El dato no es menor pues Restelli dedica su primer largometraje a filmar una dimensión en principio extraña para ese universo etáreo: el trabajo de un sereno de edificios. “Construcciones” sigue la vida de Pedro, un padre soltero de avanzada edad que vive junto a su hijo Juampi, de alrededor de diez años, en una precaria casa de La Calera. La vida de ambos está determinada por el oficio del protagonista, quien dedica sus noches y gran parte de sus días a proteger bienes ajenos, en detrimento del cuidado de su hijo y su relación mutua. Ese universo mínimo, que podría parecer poco atractivo para una película, se vuelve fascinante en la mirada de Restelli, que consigue una intimidad inusitada con sus protagonistas y consigue transmitir la dimensión extraordinaria de dos vidas que deben defender su diginidad a fuerza de esfuerzo compartido y cariño mutuo.

Ocurre que, pese a dedicar la mayor parte de su tiempo al trabajo, Pedro subsiste con lo mínimo, como sugiere uno de los primeros planos del filme, donde se lo puede ver armando juguetes con alambre y tapas de gaseosa para su hijo. La propia crianza de Juampi, tema central de la película, es compartida con un tío y su novia, que ofician de cuidadores mientras Pedro se encuentra fuera de casa. Esas ausencias son suplidas por el evidente amor que se prodigan todos los protagonistas, momentos que Restelli filma con un gran respeto a partir de una puesta en escena cuidadísima que se preocupa por captar la belleza escondida de sus espacios vitales. Es un gesto de justicia poética para esas vidas marcadas por la escases, el sacrificio y la entrega al trabajo, que son reivindicadas desde una puesta en escena que resalta la belleza del entorno y empatiza con Pedro y Juampi, en cuya relación prima el amor mutuo hasta en los momentos más conflictivos. Plena de humanidad, dueña de una vitalidad ausente en la mayoría de las ficciones cordobesas, “Construcciones” tiene además uno de los finales más bellos que haya dado el cine local en toda su historia.

Diametralmente opuestas son las relaciones filiales que revisa “El hijo del cazador”, de Germán Scelso y Federico Robles, una de las películas de mayor intensidad política de los últimos años. Ocurre que ambos realizadores abordan aquí la figura de Luis Quijano, hijo del gendarme Luis Alberto Cayetano Quijano, uno de los represores más duros del centro de detención clandestino La Perla en la última dictadura militar. Película incómoda por demás, Quijano narra aquí, en primera persona, su tormentosa historia de vida, marcada a fuego por la influencia paterna, que lo obligó a participar de los operativos del Destacamento de Inteligencia 141 del Ejército desde sus 15 años, acompañando los secuestros de personas, torturas y allanamientos de los llamados “grupos de tareas”. Si bien Quijano se convirtió en uno de los principales testigos del histórico juicio de la megacausa La Perla, declarando en contra de su propio padre (que fue condenado por una lista de 416 delitos, entre secuestros, torturas y asesinatos), se trata asimismo de una una figura compleja, que rompe los paradigmas políticos que tenemos para leer la historia: un hombre que reniega de la dictadura y de su herencia paterna pero que al mismo tiempo comparte una mirada afin al ideario militar de entonces, que irrumpe en comentarios urticantes para cualquier espectador.

La clave de la película está por eso mismo en su modo de abordar la figura de Quijano desde un formato más bien clásico de entrevistas frente a cámara, intercaladas con algún material de archivo que recorre su pasado (por ejemplo, su viaje a Rusia, donde conocería a su actual esposa) y fragmentos de su vida actual, pero cuidando de develar paulatinamente la complejidad del personaje, que narra sin filtros los crímenes que observó pero también los traumas y las alegrías de su existencia, produciendo momentos de una inquietante identificación. Es gracias a esa intimidad que los directores consiguen algo genial: capturar en primer plano la transformación íntima de una persona a partir de la toma de conciencia de los crímenes que vió y las consecuencias históricas que implicaron. Pero el filme tiene además una dimensión testimonial inédita para el cine que revisó los crímenes de la dictadura: muestra la perspectiva de los hijos de los genocidas, con todas las contradicciones que puede llegar a tener.

Pocas películas de ficción alcanzaron la intensidad vital o política de estas obras, aunque “Julia y el zorro”, de María Inés Barrionuevo, supo revisar con lucidez y gracia una institución tabú en nuestras sociedades como es la maternidad, deconstruida aquí como imperativo colectivo. La historia se estructura alrededor de la reconstrucción personal que debe enfrentar una reconocida actriz junto a su hija, aún niña, tras el fallecimiento de su marido, aunque lo mejor de la película se encuentra en cómo traduce ese estado existencial en una propuesta estética. Julia (Umbra Colombo) y su hija Emma (Victoria Castelo Arzubialde) llegan a una vieja casona familiar en las sierras, que encuentran abandonada, sucia y vandalizada. Las primeras escenas las muestran como fantasmas, con la bella imposición de la luz y el polvo del aire sobre sus cuerpos: efectivamente están atravesando un duelo aunque de fondo se mueven estructuras mucho más profundas en ambas. Lo que ha caído es un modelo familiar, una identidad personal que las enfrenta al vacío del sinsentido y sobre todo a un mandato para Julia, quien a lo largo de la película irá encarando el desafío de reconstruirse como mujer, aunque el proceso implique tomar decisiones radicales y dolorosas.

Ese periplo dramático es acompañado por una puesta en escena preciosista, en la que Barrionuevo ofrece una composición de los planos que, con la colaboración de Ezequiel Salinas desde la fotografía, constituyen verdaderas obras pictóricas, donde los colores y la luz se convierten en la expresión más sutil del dilema que atraviesan estas mujeres arrojadas al vacío de la existencia.

09 Septiembre 2019
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