La paternidad y los sueños truncos

LABORATORIO DE PADRES | Marcelo Lucero

Podríamos haber sido prestigiosos investigadores con muchas maestrías y doctorados, astros del fútbol que no saben leer el número de euros en sus cuentas bancarias, hippies que viajan por todo el mundo y provocan envidia entre sus seguidores de Instagram. Pero no, estamos acá, con estos mocosos que no nos dan bola, aquellas otras que siempre nos discuten todo y estos sueldos que ya no se preocupan por llegar a fin de mes.

La pregunta maldita, censurada hasta en la ebriedad, sobre qué hubiéramos sido si no fuésemos padres, surge muchas veces como reacción a los malos momentos que afectan a esta práctica sin manuales. Y las respuestas a este válido pero viciado interrogante, siempre arrojan conclusiones demasiado optimistas, fantásticas y hollywoodenses.
Además, en algún lugar cifrado con contraseña de ocho caracteres con números, mayúsculas, minúsculas y símbolos especiales, se esconde la frase: “Yo podría ser mejor, pero elegí estar con ustedes”. Cuánto altruismo, la pucha.

Palabras clave:
universos paralelos, delirios de grandeza, realidad alternativa

Son las 19:23 del miércoles en la plaza Rivadavia de barrio Alta Córdoba. Allí vemos a un mexicano cuarentón con una cerveza Quilmes de tapa ancha en la mano. El hermano latinoamericano llegó en 2010 a esta ciudad en busca de unas vacaciones con aventuras y descontrol. Ahora lo tenés acá, gritándole a su hija de tres años que se tire “bien” por el tobogán porque si no se puede hacer daño. “¡Hija, déjame relajarme un rato, por favor, que es el único momento que tengo!”, le suplica a la cruel déspota, como si a ella le importara más esa botella marrón en la mano del padre, que la adrenalina de tirarse boca abajo por el tobogán.

En ese momento, el cerebro del papá, que ya se nacionalizó y es capaz de oler claramente una crisis, advierte el riesgo de colapso y usa las reservas del Banco Central de Memoria para evitar una corrida de estrés que podría terminar en un default de tensión o un accidente cerebrovascular.

Para ello, el sistema nervioso manda cositos de tristeza y deprime levemente a nuestro héroe. Luego, aprovecha ese instante de bajón y envía un shock de memoria con un recuerdo feliz de su época de soltería: un poco inventado, un poco real –la necesidad no distingue mentiras de verdades -, el papá viaja a los labios de esa chica que le encantaba y que sólo vio una vez, cuando se dijeron cosas lindas -casi cochinas-, se amaron, desayunaron y se despidieron hasta siempre, para luego stalkearse en Facebook.

Una vez logrado el shock, el cerebro permite el libre mercado de emociones. Así, el papá llega a preguntarse, aunque no cree en dios, “¿por qué dios, por qué?”, si justo cuando nació su hija su carrera de músico comenzaba a despegar –según él-. Además, se mira la panza, la pelada, la hernia de disco, recuerda las deudas y lo mucho que hace que no sale a romper la noche. Todas las variables están en rojo. A continuación, se miente descaradamente, pero no lo sabe: cree que todo sería bonanza si no fuera padre. Piensa, literalmente: “En el tiempo que cuido a mi hija podría…”, y completa con alguna pavada.

Re depente, el llanto de la culpable de todo lo hace entrar con un clavado en la pileta del presente, que siempre termina por empaparlo todo: la nena se tiró por el tobogán y cayó de jeta en el piso. Tiene toda la cara embarrada por las lágrimas y la saliva. El padre va corriendo a donde está la niña, la levanta, la abraza, la limpia y le dice: “Hijita ¿viste?, yo te dije, no me hacés caso, te quiero mucho, discúlpame, ¿estás bien?, ahora te compro un helado”. Se va y se olvida la cerveza.

Conclusión:
un hijo puede ser una elegante excusa para no animarse a cumplir sueños y tener algo que reprochar el día de mañana.



11 Septiembre 2019
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