Porqué no leeré “El hombre que amaba a los perros”

Libros, por Alejandro Jallaza (Especial para HDC)

I
Cuando días atrás escuche al Director de HOY DÍA CÓRDOBA, Nelson Specchia, decir en un teatro del centro de nuestra ciudad que el libro “El hombre que amaba los perros”, de Leonardo Padura, era una “obra mayor” de nuestro tiempo; miré hacia arriba esperando ver sentado el fornido fantasma de mi padre, canoso, con su ropa formal pero descuidada, que también cruzara la mirada conmigo con un gesto que a las claras significara “¿Qué te dije?”.
Y todo esto mientras no dejaba de atender a los discursos.
No se abrieron las preguntas para el público, donde, abusando de la paciencia de los presentes, hubiera podido contar sobre el libro, mi padre y yo.
Así que me lo cuento acá.

II
Fue el último libro que le regalé. El de letras grandes, por consideración con su edad, que en ese entonces tampoco parecía tanta. Y creo que el último que llegó a leer completo.
Ni me acuerdo cómo llegué al libro. Quizá leí de él en algún sitio de Internet. Sé que ninguno de mis habituales me lo recomendó.
El principal motivo de que se lo regalase fue la historia. Mi viejo, comunista un tanto laxo, me contó una tarde la emoción que le embargó al leer en “Diez días que conmovieron al mundo” que Trosky y Lenin hablaban ante los soviets.
-Te imaginas estar ahíii? - recuerdo que dijo, extendiendo el brazo, como si pintara la escena.
El segundo de los motivos era porque él mismo fue uno de los hombres que amaba a los perros. Pero en casa siempre tuvimos gatos.
En esa época viajábamos mucho, y era más fácil con gatos.
Teníamos un viejo Chevrolet, gigante. Íbamos mis padres, mis dos hermanos y yo, uno y hasta dos gatos y una cantidad no desdeñable de equipaje repartida de forma de aprovechar el espacio libre incluso cuando se resentía la comodidad de los pasajeros.
Viajábamos de día. Solíamos parar a almorzar en Tucumán o La Banda. Siempre hacía mucho calor. Una vez unas personas llegaron a preguntarnos si éramos de un circo y si teníamos otros animales.
Me acuerdo de un solo perro; pero se murió muy pronto, aún cachorro. Así que mi padre se quedó sin animal y vivió siempre con gatos, de los que se hacía enemigo cordial.
(Pasos que en mi propia familia estoy siguiendo yo, andá a saber porqué)

III
Le encantó. A pesar de tener como 600 hojas creo que en una quincena lo terminó. Por supuesto nos lo recomendó calurosamente a mi hermano y a mí; pero ambos declinamos. Yo porque estaba hasta las orejas de trabajo, prestaba poca atención a los libros, menos de esa longitud y con status no confirmado de “obra mayor”.
Recuerdo que quedó dando vuelta por su pieza, no lo subió al altísimo ropero donde iban a parar los libros ya leídos. En un par de comidas familiares me lo volvió a ofrecer. Podía ser muy insistente. También muy agradecido. Todas las veces reforzaba lo bien que conocía sus gustos.
El anterior libro que le presté fue “Silbido”, de James Jones. Me contó que lo hizo llorar porque su padre, el abuelo al que no conocí, había estado en combate.
Un par de semanas después, exacta la noche de mi cumpleaños, me llamó a las 2 de la mañana. Me pareció poco apropiado el horario para el saludo. Pero no. Se sentía muy mal. Necesitaba que lo llevara al hospital. Salí casi en pijama. Tuve bastantes problemas para hacer arrancar su auto. Quedó internado. Volví por mi casa y recogí mi mochila y un libro de P.D. Woodhouse, de la serie de Jeeves. A la tarde tuve que llevarle ropa así que pasé por su casa. Ya nos habíamos enterado de que el cáncer que él había descrito como “vuelto a despertarse” estaba ramificado.
Le busqué ropas, documentos y metí en el bolso el libro de Padura, que tenía una capa de polvo. Esa noche intenté leer pero no avanzaba. De repente estaba en el capítulo 2 pero no recordaba nada de lo anterior. Releí las primeras siete mínimo tres veces. De alguna forma más tonta que mágica quería leer el libro para que lo comentáramos cuando volviera a su casa.
Al segundo día entró en coma y en menos de dos semanas falleció sin recuperar el conocimiento. El certificado de defunción tiene errores de ortografía.
Cuando retiré el bolso del hospital ahí estaba el Padura, un poco maltratado. Parecía que alguien más lo había manipulado. No me decidí a tirarlo. En realidad no me decidí ni a tirar ni a vender ninguno de los muchos libros que infestan lo que era su casa. Ahí están. Esperando no sé bien qué.
Tanto el libro de Woodhouse como el de Padura quedaron sin leer. Al de Woodhouse, uno de tapas azules, cada tanto lo veo. El marcador está en la misma hoja y tiene anotado un teléfono. Creo que era de una ortopedia. “El Hombre Que Amaba A Los Perros” no tengo ni idea donde estará.

IV
Padura estuvo discretamente brillante. Apuesto que mi padre también hubiera venido. Seguro no juntos, cada uno por su lado. Apuesto que hubiera disfrutado los comentarios sobre Cuba. Apuesto que hubiera llevado su libro para firmar.
Ese sería un buen cierre por mi parte. Hacer firmar el libro. Leerlo. Pero ya dije que no tengo ni idea de dónde está, ni tampoco tanta confianza en el juicio del Director.

11 Septiembre 2018
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