Enero es el mes más cruel

Autoras, por Paula Giglio (Especial para HDC)

Hay autores que uno descubre tarde, o quizás en el momento justo. El universo de literatura que está a nuestro alcance parece volverse, afortunadamente, infinito, y siempre hay alguien que viene con un libro bajo el brazo diciendo: esto te va a encantar. La mayoría de las veces, uno sufre desilusiones, pero, cada tanto, una perla se nos presenta ante los ojos y la palabra que mejor describe ese momento es “alegría”. ¿A dónde estaba este libro, este autor, este título que, por ser una palabra tan dicha, ha cobrado un significado impresionante y nuevo en esta prosa?

Enero es la primera novela que escribió Sara Gallardo, escritora y periodista de Buenos Aires, que nació en 1931 y vivió hasta finales de los años ochenta. La novela fue publicada cuando Gallardo tenía apenas veintisiete años, dato que impresiona verdaderamente, dado que la madurez y la riqueza poética que tiene la novela le son más propias a lo que uno supondría una obra final en la carrera de la autora. Pero no: he aquí la prueba del talento de Sara Gallardo, que en pocas palabras logra contar una historia triste y, a la vez, hermosa.

Enero habla de la desesperación. Nefer es una joven adolescente de campo, que se debate todo el tiempo entre morir o vivir, y sus balanceos internos se vuelven una neurosis imposible de manejar. Su corazón late, sus piernas caminan –aunque arrastrando los pies-, sus oídos escuchan, pero podrían no hacerlo y Nefer es consciente de esto durante toda la novela.


¿Qué es el día, qué es el mundo cuando todo tiembla dentro de uno? El cielo se pone oscuro, las casas crecen, se juntan, se tambalean, las voces suben, aumentan, son solo una voz. ¡Basta! ¿Quién grita así? El alma está negra, el alma como el campo con tormenta, sin una luz, callada como un muerto bajo la tierra. Alguien le hace una pregunta y ella responde. Dice sí, lo mismo hubiera dicho no.

Leemos agotamiento físico y mental, pensamientos repetitivos y en espiral que conducen siempre a la misma conclusión: morir; más me valiera. Nefer está embarazada. Esto se anticipa en las primeras páginas del libro: Nefer piensa que hay bastante distancia entre la mesa y su cuerpo, pero que ha de llegar el momento en que le sea difícil pasar costeando el banco hasta su sitio. Es incomprendida por el resto de su familia, a sus hermanas les resulta indiferente, y el único que parece aportarle alguna ráfaga de calma es su padre.

La trampa de Nefer para querer seguir viva consiste en una sola imagen: (…) y cuando lo vio, con la pierna indolente cruzada en el recado y el cigarrillo en la boca, bajó los ojos. Desde ese momento en que la protagonista baja los ojos, los abre, en realidad, más grandes y en todo el trascurso de la novela solo tendrá en vista este amor absurdo, pueril, que despierta por el Negro Ramos. Es un amor adolescente, dramático y terrible, cuyo objeto de deseo es un hombre que Nefer apenas verá otra vez y con quien jamás buscará intercambiar palabra alguna. Nefer no habla de su embarazo; cada vez más débil, se deja llevar por lo cotidiano, aunque trata de rebuscárselas para pedir ayuda, pero sus agallas siempre resultan intentos a medias. La imagen del Negro la impulsa y entonces Nefer monta su caballo y galopa: tal vez, si galopo mucho, pero después la fantasía se diluye y en su mente aparece el Negro coqueteando con Delia, otra chica del pueblo, y entonces un deseo de que ese hijo fuera de él: Pero no es suyo…Sí, sí, es de él, de él… No, no es suyo.

No hay una sola escena en donde Gallardo no nos muestre cómo la angustia y la resignación van absorbiendo progresivamente a Nefer. Todo es hostil: ordeñar una vaca, comer los buñuelos que alguien acaba de cocinar, arrodillarse frente al confesionario, ir a comprar entrañas a la carnicería. Antes, cuando era alegre -ahora sabe que lo fue- su mirada corría lejos, iba de un monte, de un molino, a una tropilla lejana, a un sulky por el camino. Ahora no, los ojos se han vuelto pesados como el alma, y si le preguntaran qué ve diría mi mano, el tenedor, la rienda, el plato y nada más. Pero a decir verdad ni esto ve. Ni siquiera esto.

Los maltratos constantes de su madre se vuelven insoportables, así como la frialdad que recibe por parte de sus hermanas, de las cuales una se va a casar y, en la mente de Nefer, va a ser tan feliz como podrían serlo ella misma y el Negro. Todo tiembla a punto de estallar, hasta que el grito se hace oír y todos quedan petrificados frente a la gran noticia. ¡¿De quién es?!, le grita su madre; ella quisiera poder decir: del Negro, porque es del Negro, es del Negro, pero súbitamente la invade un pensamiento que es atisbo de un intento por abandonar la realidad torcida de su imaginación y poner los pies en la tierra, es decir en el barro: tal vez me muera.

Detrás de todo este barullo interno y del odio en el vidrio empañado de sus emociones -Mejor… mejor, mejor, que sepan, que sepan, que se joroben, que se avergüencen, que se joroben, que se mueran, que se mueran, que se mueran- Nefer, sin embargo, es fuerte y sabe que algo la guía. Como si de golpe recordara que hubo tiempo en el que no tenía náuseas y todo le parecía fresco y vibrante. Tantos meses hace que dirige la mirada hacia el Sur, que casi ha olvidado que el campo se extiende en las demás direcciones. Hay un momento de unión invisible con todo lo que la rodea y si bien el dolor persiste, empezamos a percibir una salvación no tan lejana. Después endereza el balde, lo fija en las rodillas y ordeña. Cuando levanta los ojos, las estrellas han variado de sitio y Nefer es el centro de ese cielo, que va girando alrededor de su cabeza como una pesada nave reluciente, víctima del tiempo, dócil a las horas con ella misma, y la angustia le cierra las manos sucias de tierra y de leche.

Su vida vuelve a tener sentido cada vez que piensa estrategias que puedan pasar desapercibidas en su día a día, para poder cruzárselo al Negro en el pueblo, para poder saber algo de él…

En la Iglesia, con toda su familia a los costados, mientras oyen la voz monótona del sacerdote, Nefer baja los párpados y una oleada de odio la invade. Pensar que tal vez el Negro la esté mirando… Pero el Negro está apoyado en la pared del fondo y observa las chispitas que, a cierto momento, surgen de los lentes del cura. Cuando termina la misa, entre la multitud lo ve alejarse en su caballo y ella siente que pierde fuerzas y que acabará tirada en el piso, pero solo atina a bajar los ojos como quien cierra un sagrario.

Deben solucionar el problema de su embarazo. La madre la lleva por la fuerza a un médico. El médico dice… No se sabe qué dice. El hincapié está siempre en la vergüenza que siente la joven cuando es hurgada por el doctor delante de su madre que observa con ojos de piedra. Nefer busca en su cabeza imágenes para apaciguarse. Piensa en un vestido con flores que usaba de niña, en su caballo comiendo pasto, muy tranquilo, pasto verde… Pero la humillación está latente. Nefer se encierra por unos instantes en el baño. Mira sus brazos flacos, el cuello oscuro y frágil, y, en puntas de pie, trata de verse reflejada entera, pero el espejo es chico y cuelga muy alto. Entonces baja las manos por sus costados y suspira (…) Preferiría quedarse en este baño fétido y caldeado. Los vaivenes internos comienzan nuevamente a funcionar y, una vez en su casa, Nefer piensa cómo pudo haberse querido quedar en ese baño.

Como una bocanada de aire fresco, aparece su padre que le habla desde buenas intenciones puestas en conceptos abstractos; mientras don Pedro tusa las crines desprolijas de un caballo, Nefer escucha y entonces siente que así la vida es fácil. Es casi fácil.

La novela comienza y termina hablando de las cosechas. La visión del principio es desoladora. La del final, nos deja un sabor neutro que quizás constituya el eco de un deseo que se ha materializado, aunque de forma imperfecta.

Gallardo pone en palabras, de una manera fina y perspicaz, cuán hondo puede llegar a ser el dolor en el pecho que siente una mujer cuando ama desde el encapsulamiento, desde un lugar idílico que sabe es imposible, pero que, de a ratos, la mantiene a salvo.

12 Septiembre 2018
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