La caja de herramientas

Laboratorio de padres, por Doctor Ricardo Martínez (Especial para HDC)

Mucho se opina sobre el tema de la paternidad, pero no existe una materia de la currícula escolar que persiga el objetivo de formarnos como buenos padres. La educación formal ni siquiera nos ofrece pistas acerca de cómo ser un papá mediocre que no vaya en cana por negligencia. En ese vacío, es la vida la que se encarga de educarnos en el ámbito de la crianza.

Este trabajo analiza, a partir de fragmentos de una entrevista en profundidad, el caso de un papá primerizo treintañero con una hija recién nacida, que reflexiona sobre los procesos y materiales pedagógicos que su entorno le brindó para formarlo como padre.

Palabras clave: caja de herramientas, sueño, upa, lo mejor para un hijo.

El sujeto de estudio arranca por resaltar su desconcierto frente a su nuevo rol: “Si la educación es, como suele decirse, una caja de herramientas para la vida, cuando fui papá y abrí mi caja, la misma estaba vacía. Yo había sido educado para ser un profesional de clase media con estudios universitarios y ahora estaba acá con sueño, un bebé a upa y mi carrera inconclusa”.

Acerca de los productos culturales que consumió a lo largo de su vida y la utilidad de los mismos para aplicar en su flamante paternidad, el entrevistado detalla: “Todas las canciones que escuché, los libros que leí y las películas que vi mostraban padres seguros, heterosexuales, ejemplos de vida (o villanos ausentes). Esos papás con bigote volvían del trabajo, besaban a su mujer, acariciaban la cabeza de su hijo varón, le daban un beso en la mejilla a su princesita, cenaban y se iban a dormir. En mi caso, no tengo trabajo del cual volver porque laburo desde casa, estoy con esta personita que todavía no conozco muy bien, pero que ya me genera obligaciones legales, tuve tres novios varones antes de esta relación, no sé en dónde está mi mujer ni si es mía, y en mi vida nunca hice algo ejemplar”.

Con respecto al apoyo familiar que recibió, el sujeto dice: “Con mi papá no me hablaba desde hace cinco años. Cuando se enteró de que iba a ser abuelo, me llamó y no lo atendí. Después lo llamé yo, me reprochó que no lo había atendido y quedamos en juntarnos en una plaza. En el encuentro, me ofreció varios consejos con fecha de vencimiento de hace diez años. Entre otras cosas, me dijo que siempre le dé a mi hijo lo mejor que tenga, como él hizo conmigo. Yo le pregunté cómo saber qué es lo mejor para un hijo y él me respondió con un misterioso: `Ya te vas a dar cuenta, eso un padre lo sabe´. Recién nos entendimos cuando me dio plata. `Tomá plata para comprarle cosas al nene´, me dijo. Con esa plata fui y almorcé un lomito”.

Conclusión: Muchas veces es mejor tener una caja vacía y llenarla con herramientas a medida que las necesitamos, que contar con equipamiento oxidado e inútil.

 

12 Septiembre 2018
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