Broadway, the street that never ends / Broadway, la que nunca termina

Mahattan follies, por Esteban Maturin

De todas las arterias neoyorquinas (desde las anchísimas avenidas, las calles arboladas de la vera de los parques, y hasta las callejuelas tortuosas del Bronx), ninguna tiene más prensa, atención y “charme” que la estupenda Broadway Street. La larga calle (unos 21 kilómetros a través de toda la isla de Manhattan) funciona como un reflejo de la misma ciudad: es bulliciosa, siempre está llena de gente, siempre moviéndose, y no parece terminar nunca.

Si se llega por primera vez a Nueva York, las guías turísticas recomiendan comenzar el recorrido de Broadway en Battery, un lugar y un nombre que se remontan a la artillería de defensa montada allí hacia el siglo XVII, para proteger a la pequeña colonia de la bahía; y este recorrido típico asciende por Bowling Green, Trinity Church, St. Paul’s Chapel, Sun Building, el Flatiron, y Shubert Alley, ya en Times Square. Y es un buen recorrido.

Pero en segundas o terceras visitas (o en primeras con más tiempo, cuando ya se ha hecho una pasada de reconocimiento por los “highligts” de la ciudad) se puede descubrir aún más Broadway que aquella que aparece en las guías al uso. Algo así es lo que ha intentado el profesor Fran Leadon, académico del City College, un enamorado de la historia y la arquitectura de este ombligo del mundo. Tomando como referencia el clásico libro “On Broadway”, de David W. Dunlap de los años ’90, el profesor Leadon ha publicado una nueva reseña sobre la mítica calle: “Broadway: A History of New York City in Thirteen Miles”, donde desvela secretos, esquinas y recodos que quedan fuera del tradicional circuito central por la avenida.

La investigación de arqueología urbana de Leadon se detiene especialmente en las cuadras menos transitadas, como la parte donde Broadway se fusiona con Riverside Drive y Dyckman Street. Allí puede verse, por ejemplo, lo que alguna vez fue una de las esquinas centrales en la “Golden Age”, en Inwood, donde Broadway se encuentra rodeada de sitios históricos idiosincrásicos, opacados por el trajín comercial de las veredas. Uno de estos sitios es la Granja (y museo) Dyckman: una casa colonial flamenca superviviente de los tiempos de Nueva Ámsterdam. En la misma dirección, unos metros más al Norte, la Granja Benedetto, el último solar que funcionó efectivamente como granja -con pollos, patos y gansos- en Manhattan, hasta mediados de los ’50 del siglo pasado. Hay que saber rascar la superficie: la Dyckman está acorralada por una estación de servicio bastante ordinaria, y la Benedetto por un almacencito barato.

Otras rarezas: en el lado Oeste de Broadway, hacia 212nd St. está el Isham Park, alguna vez una villa italiana propiedad del comerciante de pieles William B. Isham, en un promontorio con amplias vistas hacia el río Hudson. Y aún más raro: en el taller mecánico que hoy está entre las calles 215th y 218th, hay una réplica exacta, y en mármol, del Arco del Triunfo. Sí, el de verdad, el de París. El “Arc de Trionphe” descoloca en una primera mirada, ¿estamos en un hotel de Las Vegas, acaso? Pero luego, al mirar con detenimiento los graffitis y las diversas cicatrices de las piedras, queda en evidencia una vez más la desmesura neoyorquina, que hacia 1855 alzó todo un Arco del Triunfo como portón de entrada a otra granja, la de John F. Seaman. Un constructor excéntrico, como su mismo origen: era bisnieto del más célebre de los piratas, “sir” Francis Drake.

Y el descendiente del pirata hizo escuela: otro vecino lo imitó y reprodujo (hoy a la altura de la 215th St.) la monumental escalera de 110 escalones de Montmartre. También en mármol, la escala que evoca la calle Foyatier de París conecta Broadway con Park Terrace East, y desde allí al predio donde, según la leyenda, los holandeses le compraron Manhattan a los indios, por 24 dólares: Inwood Hill Park.

Broadway, en todo caso, recibió su nombre porque comenzó en las extensas murallas del siglo XVII de Fort Ámsterdam, en una colina que bajaba hasta Bowling Green; antes, en las sucesivas épocas holandeses, también se llamó Heere Staat, luego High Street, luego Brede Wegh, luego Broad Way... Con cualquier nombre, lo cierto es que la primera mitad de la arteria fue el motor económico de la ciudad primigenia. Y hoy sigue siendo, si no el corazón, sí la columna vertebral: la línea que divide -o que une- el centro, el rico costado Oeste, y el (en otro tiempo) más barato lado Este; y en Washington Heights, los judíos al Oeste y los latinoamericanos al Este.

11 Octubre 2018
Whatsapp
© 1997 - 2018 Todos los derechos reservados. Diseñado y desarrollado por HoyDia.com.ar