El gótico institucional

Trópico de piscis, por Cezary Novek

El antecedente más visible podría estar representado en el protagonista de Bartleby, el escribiente, de Herman Melville. Si quisiéramos hilar más fino, nos remontaríamos a los monjes copistas de la edad media. Pero sería una muestra falaz, ya que esos monjes eran artistas artesanos anónimos además de burócratas.

El personaje de Bartleby era un oficinista que un día se planta y prefiere no hacer nada. Se convierte en parte del mobiliario, primero, y cuando la oficina se traslada termina erigiéndose como metáfora de la nada misma.

Hay otros representantes del género, como los personajes de casi toda la obra de Kafka o la anciana señorita Trixie de La conjura de los necios, que sólo sabe quejarse porque no la dejan jubilar y ya no recuerda qué clase de tarea hacía.

Pero no estamos hablando de literatura, sino de una expresión artística trasladada a ese teatro borroso donde conviven una humanidad casi inexistente junto con la voluntad de convertir el recurso humano en abstracción. Es decir, el ámbito institucional.

La fauna del gótico institucional está representada en cualquier tipo de ser humano que se mimetiza con su praxis diaria al punto de modificar su fisonomía, color y hasta respiración en pos de una causa o –a falta de esta, la mayoría de las veces– un reglamento. La imagen más extrema sería la de una gárgola, aunque esto no sería del todo exacto: la gárgola es un desagüe disfrazado de ornamento. Cumple una función. La gárgola institucional no cumple ninguna y, cuando la cumple, es simbólica o inútil. Ejemplos al alcance de la mano serían los guardias del palacio de Buckingham, el regimiento de Granaderos, cierta clase de serenos en lugares en los que no sucede nada, etcétera.

Hay gárgolas institucionales que alguna vez tuvieron una función e, incluso, una vida. Pero los años de erosión mental bajo un estricto y obsoleto reglamento los convierten a largo plazo en seres que no pertenecen al reino de los seres bióticos ni abióticos.

Un bibliotecario mal gestado de piel gris, que sólo emite gruñidos, atiende de mala gana a los escasos visitantes y nunca facilita nada. Un docente con tareas pasivas que cumple horario. Un legislador. El cuidador de una fábrica abandonada.

¿Qué tiene de gótico esta tipología de seres que apenas respiran? Que alguna vez tuvieron vida, proyectos, aspiraciones, vocación y, tal vez, familia. Siempre esconden una historia trágica de frustración o tragedia. Alguna sanción injusta que truncó una carrera, una muerte en la familia que los dejó sin expresión, o la misma rutina que los deshumanizó hasta convertirlos en vegetales ambulantes. Ese pasado trágico los convierte en ruinas fascinantes, cuando no siniestras.

Hay instituciones que mantienen con vida una o dos gárgolas, por lo general, arrinconadas en una oficina pequeña, sin nada que hacer. Pero hay otras que albergan colonias enteras. En esas instituciones uno siente que camina por un zoológico de Dementores, esos espantajos de Harry Potter cuya sola proximidad quitaban energía, salud y ganas de vivir hasta provocar la muerte por exposición prolongada.

Un guardián de cementerio, el cuidador de una casa, un contador de una empresa venida a menos. A la falta de expresión y de trabajo pendiente se les suma un desgano crónico que les provoca irritación ante cualquier tarea inesperada o interacción espontánea. Después de años hojeando catálogos de Amodil o secciones deportivas del diario, perdieron total interés por el mundo exterior y se asemejan cada vez más a los inmortales del cuento de Borges, que vivían abstraídos mientras los pájaros construían nidos en sus cabezas.

Muchos de ellos estudiaron carreras universitarias y hasta se esforzaron por completar un legajo que los calificara para el puesto. Una vez alcanzado, después de tanto luchar, las deudas contraídas en el camino se convirtieron en la única razón para seguir cumpliendo horario. Mientras tanto, los hijos se fueron, la pareja se murió, los amigos envejecieron y los sueños se desvanecieron en la tiniebla de los días hábiles. Son tan atroces los fines de semana largos que al siguiente día laborable se puede leer en sus rostros el particular mal humor de quien se pasó los días libres mirando el revolver o la soga con cariño.

Las nuevas tendencias de las instituciones públicas buscan adoptar algunos aspectos del ámbito privado para evitar la proliferación de momias antifuncionales: se elevan los mecanismos de monitoreo y castigo, se activan descuentos leoninos ante la mínima falta y se aplican de forma draconiana los incisos más irrelevantes del reglamento. Pero cuando mueren o se jubilan las gárgolas, otros empleados ya ocuparon su lugar. El cambio es sutil. La persona que se institucionaliza comienza a reír menos, a hablar menos porque no puede confiar en nadie, se enferma cada vez más seguido y es castigada por esto, lo cual genera más licencias médicas, más descuentos, más créditos, en un círculo vicioso sin fin. En algún momento, el tirano de turno se jubila o se traslada, llega otro y ya no le presta atención, lo deja ser. El daño es irreversible.

A mitad de camino en la metamorfosis entre el ser humano y la gárgola queda el elemento más intrínsecamente gótico de la tradición institucional: la interminable crónica que se teje colectivamente en base a intrigas, traiciones, enfrentamientos, cambios de bandos, intereses cruzados, delaciones, odios acérrimos que duran décadas y una compleja red de espionaje, contrainformación y chismes que vuelan en todas direcciones como un enjambre desquiciado de flechas venenosas que van matando espíritus y voluntades a su paso sin aportar beneficio a nadie.

Pero esa es otra historia, acaso invisible, que sólo podría ser narrada por edificios y muebles gastados por los años de manoseo, rutina y conversaciones que componen la atávica y eterna coreografía del simulacro laboral.

11 Octubre 2018
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