Diego Massimini, lo que trae el río

El centinela ciego, por Leandro Calle

Hace pocos días, Diego Massimini acaba de presentar en la ciudad de Córdoba, en el marco del ciclo Disco es cultura, su nuevo material discográfico: “Lo que trae el río”. Massimini, es entrerriano, propiamente paranaense, y vivió muchos años en Europa. Hoy, reside en Córdoba. Como hombre del litoral, vamos a encontrar en su música un acento preferencial de la música litoraleña: chamamé, rasguido doble, chamarrita, etcétera. Pero Diego Massimini, que no sólo interpreta sino que compone la música y la letra, tiene la capacidad de abarcar todo el espectro de eso que llamamos el folklore argentino. En este nuevo material, hay chayas, zambas, chacareras y milongas. Hay un cuidado especial en el armado del disco en donde pasamos de un tema al otro sin sobresaltos. De algún modo, la temática del río, tan entrañable para Massimini, se trasluce en el armado del disco donde uno encuentra recodos, remansos, crecientes y camalotes. Me refiero metafóricamente a cómo se pasa de un aire de chacarera a una litoraleña o de una zamba a una chamarrita, de un modo natural y bello. Todo está muy bien cuidado, y el que escucha, viaja de alguna manera como el río en su curso, por distintos paisajes. Y cada paisaje tiene su música, su poesía y sus imágenes.

El disco de Massimini podría sintetizarse con dos versos de su propia poesía vertida en el tema “Viejo chamamé”: “la humilde canción que flota en el agua” y “las cosas simples que nunca se acaban”. Sí, de eso nos habla este disco. No hay aspavientos ni grandilocuencia. No hay, por suerte, estrépito ni velocidad exagerada, características que lamentablemente el “mundo del espectáculo” ha convalidado para el folklore argentino. Encontramos una serenidad madura, el punto justo donde música y poesía se unen y se dicen de manera bella, sin gritar, sin forzar nada; simplemente como el río que pasa. Ya desde hace algunos años, el litoral viene expresando un folklore nuevo, tanto en sus letras como en su música. Creo que Diego Massimini, es parte también, de los autores que han logrado quebrar, o el tradicionalismo retrógrado con letras sumamente anacrónicas o envejecidas o cierta modernidad que parecería estar dada solamente por la velocidad y el aumento de volumen. El litoral, en la música como en la poesía de sus canciones, viene renovando el folklore desde hace ya muchos años. Pensemos en autores como Tarrago Ross (hijo), Pocho Roch, Teresa Parodi, El Chango Spasiuk, Raúl Barboza. Diego Massimini, creo que pertenece a esta corriente, renovadora, que escapa del ruido, recoge lo mejor del folklore tradicional porque no esquiva sus raíces, pero canta desde el “hoy” de la historia.

Otro aspecto del disco que me parece importante es la vinculación con la poesía. Todas las letras están humedecidas con la palabra poética. No hay rima fácil ni métrica forzada. Y además, aparecen composiciones con varios poetas como Hugo Rivella con las canciones: “Taficeñita” (zamba), “Payogasteñita” (zamba), “Gato arisco” (gato) y Carlos “Piro” Garro: “Nombres” (retumbo) entre otros escritores de la misma talla.

Como dice Juan Falú en el librito que acompaña al CD: “…Estamos ante un disco que vale la pena tener y escuchar”. El objeto disco, por otra parte, está sumamente cuidado a nivel estético y encontraremos allí todas las letras con sus autores correspondientes y los intérpretes que acompañan al autor en cada una de las versiones. Es interesante notar que en la presentación pasada en nuestra ciudad, Massimini, presentó el disco en el Paseo del Buen pastor, con su voz y su guitarra, y nada más. Sin embargo, cuando escuchamos la voz y la guitarra de Massimini, ya sea solo o muy bien acompañados por los músicos del disco, caemos en la cuenta de que la buena música es buena más allá de los formatos. Creo que ahí reside cierto profesionalismo, cierto compromiso con el canto que en Córdoba puede verse en muchos otros músicos e intérpretes como Horacio Burgos, Mario Díaz, Mery Murúa o Silvia Lallana entre otros. Lamentablemente, el mercado y los medios ponen en el candelero, en más de una ocasión, “espectacularidades” que son producto del mercado no del profesionalismo y el amor por la música, sino que vienen de algo “armado para vender” y que lamentablemente muchas veces compramos. Haga el lector un ejercicio: sáquele a algunas de esas bandas espectaculares en sonidos, luces (y sombras) todo. Sí, sáquele todo y déjelo (imaginariamente) al intérprete con su voz, una guitarra y la letra. ¿Qué nos queda? En algunos casos, algo horroroso y bastante lejano a lo que podríamos llamar música. Por eso reitero, la “sencillez fluvial y profunda” del disco “Lo que trae el río” es como dice Juan Falú algo que vale la pena tener y escuchar. Yo agregaría, también leer. Como muestra, aquí va el poema que da título al disco:

Nada de lo que te diga
es lo que parece.
Se nos pasa el día
como el agua viva
debajo del puente.
Y cada uno tiene, vida,
una imagen distinta,
un crepúsculo largo,
un cuarto creciente,
un torrente de aguas,
una luz…
y el río que baja,
el río que baja,
el río que baja.
que va.

Y cuando la noche muere
y deja paso al día
yo le vierto al alba
toda el alma mía,
que se ha vuelto tierra
sólo por querer tenerte:
lo que lleva el río
como el río crece.
Y el agua madura
va sembrando vida
yo me siento río
cuando tú me miras.

11 Octubre 2018
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