Hablando de amor

Apuntes De Clase, por David Voloj

A veces, mientras acomodamos los libros en la biblioteca de la escuela, pinta la charla.
–Hablemos de amor, profe.
–Bueno, dale.
–¿Vos cuándo te separaste?
–¿Qué?
–Que cuándo te separaste de tu esposa.
–Mmmm… Hace un tiempo… ¿Y cómo saben que me separé?
–Obvio, si te sacaste el anillo.
No importa que estés cargando una caja con libros donados ni que en las manos haya restos de tiza y marcas de fibrón. Tampoco llama la atención que luzcas un par de tatuajes en los brazos. Ese grupo de chicos con los que laburás hace algunos años hace foco en el dedo anular de tu mano izquierda y te encara con preguntas.
–Pero ahora tenés novia, ¿no?
–No, no tengo.
–Sí, sí tenés… -¿Por qué no nos querés decir?

Quienes iniciamos nuestra trayectoria educativa en la década del 80 no solíamos hacerles preguntas personales a los docentes. A riesgo de equivocarme, diría que nuestros padres y abuelos tampoco lo hacían. Los maestros, en especial en las grandes ciudades, eran asexuados.

Desde su origen, la escuela tuvo algo así como un carácter insular, tan separado de la realidad como está Hogwarts en el universo de Harry Potter. Nada que tuviera que ver con la vida privada de los adultos encargados de la enseñanza (ni mucho menos con su sexualidad) se visibilizaba en el contexto escolar. Sin embargo, algunos queríamos saber. Y no solo queríamos saber cuando la curiosidad infantil nos impulsaba a preguntar, sino también durante la adolescencia. Por eso, en la secundaria, la vida privada de los profesores se reconstruía en nuestra imaginación a partir de especulaciones que corroborábamos con el mínimo dato. Veíamos a la de Inglés, por ejemplo, que era joven y linda, y no tardábamos en asegurar que andaba con el de Física, que estaba bueno y le gustaba a todas. La de Psicología, en cambio, era una vieja imbancable y debía ser solterona. ¿Por qué, de pronto, la de Biología se pintaba los labios? ¿No se había separado? Y el de Química, ¿no era gay? Y si era gay, ¿qué profe le gustaba?

Cada suposición que hacíamos estaba atravesada por estereotipos culturales nefastos, que convertían a los docentes en algo así como playmobiles de nuestros prejuicios de género.

La verdad es que no tengo idea de por qué nos interesaba conjeturar acerca de las relaciones amorosas de maestras y profesores. Probablemente nos resultase más atractivo que analizar oraciones, memorizar fechas históricas o que resolver ecuaciones con fórmulas que olvidaríamos al terminar el año.

La cuestión es que ahora, cuando los alumnos me hacen preguntas personales, demoro en responder. ¿Debería hablar de estos temas?
–En realidad, no tengo novia porque me gustan las chicas con un ojo de cada color.
–¡Qué mentiroso! No existen las chicas así.
–Sí, existen. Algunos perros también tienen un ojo de cada color.
–¿Como los siberianos?
–Claro.
–No sé, profe, no sé. Yo nunca vi a nadie con un ojo de cada color.
–Yo tampoco. Por eso no estoy de novio.
–Ah… Bueno, pero… ¿Y si se tiñe?

El interés por el amor, por las relaciones sentimentales y el descubrimiento de la sexualidad pueden ser el principio para desarrollar aprendizajes en distintas materias, por no decir en todas. En el caso particular de la literatura, las obras invitan constantemente a repensar los vínculos, los estereotipos y mandatos. Nivel Medio de Sergio Gaiteri, por ejemplo, es una novela que exhibe las dificultades de un profesor al entrar en la docencia y cómo los avatares de la vida personal pueden condicionar las prácticas.
Otra novela que trata el tema de las tensiones sentimentales y la sexualidad es Adentro tampoco hay luz, donde la escritora Leila Sucari narra la historia de tres generaciones de mujeres –una niña, su madre y su abuela– que padecen los mandatos, se rebelan, y padecen esa rebeldía.

Obras de literatura para niños y jóvenes como El vestido de mamá de Dani Umpi, La historia de Julia, la niña que tenía sombra de chico de Christian Bruel, o Me enamoré de una vegetariana de Patricia Kolesnicov, abordan temáticas como la diversidad de género con seriedad, humor y ternura. Del mismo modo, las fábulas clásicas y los relatos tradicionales también contribuyen a explorar en el amor, en su idealización, en los roles asignados para cada género. Reflexionar sobre estos textos contribuye a desandar los paradigmas románticos signado por la tragedia o la promesa de la felicidad eterna. Así, el amor se humaniza, entra al aula y puede encontrarnos pensándolo juntos a docentes y estudiantes.

–Profe, ¿antes de casarte tenías novia?
–Sí, antes sí.
–¿Y todas tomaban mate como vos?
–No. Ellas tomaban cerveza. Pero yo les convidaba y ellas también me convidaban a mí.
–¿Cómo que se convidaban?
–Con la baba, cuando nos dábamos besos.
–¡Qué asco! Se convidan con la baba.
–Pero si es rica la baba…
–No, profe, es asqueroso eso. Mejor hablemos de otra cosa.
–¿Y de qué querés hablar?
–No sé, de algo sin baba… Pero de amor.

06 Noviembre 2018
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